Moisés ora en la cima del monte

Cuenta la Biblia que, durante su travesía por el desierto, Israel sufrió el ataque de los amalecitas, que intentaban cortarle el paso (Exodo 17,8). Amalec simboliza en la Escritura las fuerzas del mal en su estado químicamente puro, el odio sordo y gratuito contra Dios, su pueblo y contra todo lo que Dios significa. Son las fuerzas oscuras que han buscado el genocidio del pueblo judío a lo largo de la historia asesinando a un pueblo entero, mujeres y niños.
Ante aquel peligro inminente, Moisés diseñó su estrategia de defensa. Ordenó a Josué que eligiera a unos hombres para salir al combate, pero el propio Moisés no participó en la pelea, sino que subió al monte con dos de sus compañeros, y allí se puso a orar.
Podríamos pensar que Moisés fue un cobarde que huyó de la refriega buscando un lugar más seguro. Muchas veces se acusa a los contemplativos de que son parásitos sociales, que huyen de los compromisos para refugiarse en un claustro. Sin embargo, la Biblia no piensa así. Nos dice que precisamente mientras Moisés oraba en el monte con sus manos levantadas, el ejército ganaba la batalla.
Pero hubo un momento en el que moisés empezó a cansarse de mantener sus manos alzadas. Es realmente difícil perseverar en la oración. Muchas veces nos aburrimos de estar allí inmóviles, pasivos, aparentemente ajenos a ese mundo donde parece jugarse el destino de la humanidad, y preferiríamos cualquier otra actividad. También Moisés se canso y bajó los brazos. “Mientras Moisés tenía las manos alzadas, prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec” (Ex 17,11).
“Se le cansaron las manos a Moisés y entonces (sus dos compañeros) tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó en ella mientras Aarón y Jur le sostenían la manos, uno a un lado y el otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol” (Ex17,12). Por eso es importante no orar solo. Moisés subió al monte acompañado, porque para perseverar en la oración necesitamos el apoyo de una comunidad orante que nos sostenga cuando nuestras fuerzas comienzan a flaquear.
Esas manos alzadas son como antenas en lo alto del monte que captan las ondas, o como parararrayos que atraen la carga eléctrica de las nubes. Al orar estamos captando la energía del Espíritu de Dios, no sólo a favor nuestro, sino a favor de todo el pueblo.
Por eso la oración no es una tarea que en la Iglesia se deja en manos de los personajes secundarios, sino responsabilidad de los dirigentes. Dicen los hechos de los Apóstoles que en una ocasión los doce se vieron abrumados por tanto trabajo y decidieron delegar en otros las actividades asistenciales y administrativas, reservandose para sí la oración y el ministerio de la palabra. (Hechos 6,4). Ninguna actividad, por urgente que parezca, puede eximir a los responsables de la Iglesia de dedicar un amplio espacio a la oración para acompañar con ella sus trabajos pastorales.
Lo mismo que Moisés dos mil años antes, los apóstoles sabían que los protagonistas de la historia no son los que luchan en el campo de batalla, sino los que captan la energía positiva del espíritu, que es la verdadera fuerza del pueblo en todas sus luchas.
¿Quiénes son los protagonistas de la historia? Aparentemente las personalidades que deciden los destinos de la humanidad son los Bushes, los Zapatero, los Putins. Pero la Biblia nos muestra que en realidad nuestro mundo es tridimensional. Tiene dos planos: el de abajo y el de arriba. El plano de abajo es donde josué pelea con los amalecitas y el plano de arriba el monte donde Moisés ora con sus manos levantadas. Las verdaderas batallas se juegan no abajo, en el campo de combate, sino arriba en el monte…
Los verdaderos protagonistas de la historia son personas desconocidas para los medios de comunicación: la carmelita de clausura que ora en un claustro o el enfermo que agoniza en un hospital ofreciendo a Dios su sufrimiento. En este mundo, en el que solo se valora la eficacia, hay que proclamar que la oración no es una pérdida de tiempo, sino el lugar donde se gesta la solución a los grandes problemas de nuestra vida y de la historia.