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Mensaje: El Sacrificio de la Misa

  1. #1
    Fecha de Ingreso
    Nov 1998
    Edad
    45
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    12.182

    Por Defecto El Sacrificio de la Misa

    Hola a todos.
    Me he encontrado el siguiente artículo en una web de apologetica evangélica anti-católica ( http://www.sobreestapiedra.com/artic...rificio_de.htm )

    EL SACRIFICIO DE LA MISA



    Perspectiva Católica:

    (1) La Iglesia Romana enseña que en la misa se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio y al ofrecerse éste no es otra cosa que darnos a Cristo para que lo comamos.

    (2) Con las palabras, "Haced esto en mi memoria" instituyó Cristo sacerdotes a los apóstoles y los ordenó para que ellos y los demás sacerdotes. ofreciesen su cuerpo y su sangre.

    (3) No es el sacrificio de la misa sólo sacrificio de alabanza y acción de gracias, que no es un mero recuerdo del sacrificio consumado en la cruz sino es propiciatorio; que no sólo aprovecha al que lo recibe sino que debe ofrecerse por los vivos, por los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades.

    (4) Por el sacrificio de la misa no se comete blasfemia contra el santísimo sacrificio que Cristo consumó en la cruz ni por aquél se deroga a éste (Concilio Tridentino, sesión JXII, cánones 1-4).

    (5) La misa es un sacrificio venerable, tremendo, vivo, santo, excelente, incruento e, insanguíneo (Varias liturgias).



    Perspectiva Evangélica/protestante:

    (1) Los evangélicos contestamos que si en la cena Cristo verdaderamente se ofreció a si mismo por nosotros, ¿por qué repitió Jesús el sacrificio en la cruz? Esto no es otra cosa que mantener que la base de nuestra salvación es la cena y no la cruz y que Cristo nos redimió antes de su muerte en nuestro lugar.

    (2) Si en la cena Cristo verdaderamente se ofreció a sí mismo por nosotros y así salvó a la humanidad, ¿por qué la agonía, los ruegos, las súplicas, el gran clamor y lágrimas de Getsemaní, cuando tres veces oró: "Padre, si es posible, que pase de mí esta copa"?

    (3) Si en la cena Cristo verdaderamente se ofreció a sí mismo por nosotros, su muerte en la cruz fue innecesaria, sin razón, y superflua.



    Una comparación de perspectivas:

    La Iglesia Romana enseña que la misa es algo dado a Dios por nosotros.

    Los evangélicos sabemos que esto es inversión, pues en la Cena del Señor, Dios da algo a nosotros.

    La Iglesia Romana enseña que Cristo baja del cielo cada vez que dicen las palabras de consagración.

    Los evangélicos contestamos que en Hebreos 10:12 dice que "este hombre, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, está sentado a la diestra de Dios, esperando... hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies", y de acuerdo con esto, en el cap. 1:13 dice la misma cosa; San Pedro en Hech. 2:33-35 insiste en lo mismo y en 3:21 dice, "A Jesucristo, de cierto, es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas" ¿Quién tiene razón? ¿Dios, quien dice que Cristo permanecerá a su diestra hasta su segunda venida, cuando triunfaría sobre sus enemigos y restauraría todas las cosas? o el sacerdote que dice que Cristo baja miles y miles de veces en el año al capricho de un hombre, es decir de los sacerdotes?

    Para que el sacrificio de la misa valga, es preciso que Cristo muera cada vez que se dice misa. (Es decir, millones de veces al alío).

    La Palabra de Dios en Romanos 6:9 dice, "Cristo ya no muere más, la muerte ya no tiene señoría sobre él". ¿Tiene razón Dios, que dice: "Cristo NO muere más, o la Iglesia Romana que representa que él muere millones de veces al año?



    La Iglesia Romana mantiene: que el llamado, sacrificio de la misa es incruento e insanguíneo.

    (1) Los evangélicos sostenemos que un sacrificio propiciatorio requiere la muerte de la víctima, el derramamiento de sangre y el Apóstol cita expresamente el dicho divino que "sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados" (Hebreos 9:22). Por lo tanto la misa que se dice un sacrificio incruento e insanguíneo no es un sacrificio propiciatorio.

    (2) En los capítulos 7, 8, 9 y 10 de la epístola de los Hebreos se repite a lo menos siete veces que el sacrificio de Cristo fue hecho una vez por todas. En estos capítulos se hace hincapié en la gran superioridad del sacrificio UNICO de Cristo sobre los repetidos sacrificios del Antiguo Testamento. Estos fueron repetidos precisamente por su ineficacia, pues no pudieron perfeccionar a los que así se acercaban a Dios, porque de otra manera cesarían de ser ofrecidos (Heb. 10:1, 2). Se puede calcular que cada año se dicen 20 millones de misas en la Iglesia Romana, es decir, se afirma que los sacerdotes sacrifican a Cristo 20 millones de veces cada año, pero la Biblia dice (Heb. 9:25), con toda claridad que Cristo NO TIENE NECESIDAD DE OFRECERSE MUCHAS VECES, que la UNICÁ VEZ en el Calvario fue suficiente, pues por ella "Cristo obtuvo para nosotros eterna redención" (Heb. 9:12). Otra vez hay conflicto. Dios dice que Cristo fue ofrecido una vez y no tiene necesidad de ofrecerse de nuevo. La Iglesia Romana dice que es necesario ofrecerlo millones y millones de veces. ¿Quién tiene razón?

    (3) El sacrificio de la misa está basado en la doctrina de la transubstanciación (pues se enseña que es el sacrificio Incruento e insanguíneo del verdadero cuerpo y sangre de Jesús). En el artículo sobre la "Transubstanciación" se manifestará lo falso de esta doctrina. Por consecuencia el sacerdote no puede sacrificar el verdadero cuerpo y sangre de Jesús, si no existen en la misa.

    (4) En oposición terminante a las pretensiones romanas de que la misa es un sacrificio propiciatorio, los evangélicos levantamos la bandera bíblica blasonada por los siguientes textos, que son dos proclamaciones terminantes: una, esa exclamación triunfal que los labios del Señor Jesucristo pronunciaron en el momento de entregar su espíritu a Dios Padre, concluido ya el sacrificio propiciatorio: "CONSUMADO ES", y la otra, la declaración del Espíritu Santo atestiguando que el sacrificio de Cristo era tan perfecto, tan completo y tan adecuado en todos sentidos a nuestra condición y necesidades que NO HAY MAS SACRIFICIO POR EL PECADO" (Juan 19:30 y Hebreos 10:18). ¿Para qué, pues, los pretendidos millones de sacrificios adicionales, esos sacrificios incruentos e insanguíneos (por los cuales si la Biblia dice la verdad, no se hace remisión de pecados, ni hay posibilidad de perdón) si la obra de Cristo en la cruz consumé nuestra expiación tan cumplidamente que Dios dice que ya no hay más sacrificio por el pecado?

    (5) Los evangélicos sostenemos que el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en la cruz es el sacrificio único y es suficiente para la expiación del pecado, mientras la Iglesia Romana enseña que cada misa es un verdadero sacrificio adicional, el cual expía los pecados de los vivos y de los muertos, pero si el sacrificio de Cristo en la cruz quita todos nuestros pecados, ¡ya no quedan pecados para ser quitados por el sacrificio de la misa! Decir que el sacrificio de la misa es necesario, después de haberse ofrecido el de la cruz, es decir, que éste no es suficiente, es ineficaz. y que necesita el auxilio de aquél. Al igualar así los dos sacrificios se denigra el honor de Cristo, se menosprecia su sangre y se blasfema contra su cruz.



    La Iglesia Romana alega: que las palabras "Haced esto en mi memoria", quiere decir "0s constituyo sacerdotes para sacrificar mi cuerpo y mi sangre para la remisión de pecados de los vivos y de los muertos".

    (1) Los evangélicos contestamos que esto es hacer una violencia injustificada a las palabras.

    (2) Para ofrecer un sacrificio propiciatorio es menester que haya un sacerdocio apto y válido. "Nadie toma para sí la honra", dice la Palabra de Dios (Hebreos 5:4), "sino que es llamado de Dios". Pero en el Nuevo Testamento jamás se da el título de "sacerdotes sacrificadores" a los ministros del evangelio, ni se llama "sacrificio propiciatorio" la Cena del Señor. Se habla de todos los creyentes como reyes y sacerdotes (1 Pedro 2:5, 9; Apoc. 1:6) para ofrecer sacrificios espirituales de acción de gracias, de alabanzas, etc. (Hebreos 13:15, 16).

    (3) Nos dice Dios en Hebreos 7:25 que Cristo, porque permanece siempre, tiene un sacerdocio inmutable, intransferible. incomunicable y que por eso "puede salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos". Luego no hay lugar ni necesidad del sacerdocio romano. Tenemos todo lo que podemos necesitar en el sacerdocio glorioso y perfecto de nuestro Salvador y Sumo Sacerdote el Señor Jesucristo.

    La Iglesia Romana enseña que el sacrificio de la misa es incruento, es decir, Cristo no padece en el sacrificio de la misa.

    Los evangélicos, contestamos que en Hebreos 9:24-26 el Apóstol nos asegura que no era necesario que Cristo se ofreciese muchas veces porque entonces habría de sufrir muchas veces. Si Cristo no sufre muchas veces no es ofrecido muchas veces y la misa es una fábula y una mentira.

    La Iglesia Romana. enseña que el objeto del sacrificio de la misa es conseguir eterna redención para nosotros.

    Los evangélicos contestamos que en Hebreos 9:12 se nos dice que Cristo por su propia sangre entró una vez por todas en el lugar santo HABIENDO ALCANZADO YA eterna redención.

    La Iglesia Romana enseña que el sacrificio de la cruz y de la misa son idénticos, que éste es una repetición de aquél, aunque fue cruento y sanguíneo y éste incruento e insanguíneo.

    Los evangélicos contestamos: ¿No es un absurdo decir que dos cosas contrarias y diferentes son iguales e idénticas?

    COMENTARIO

    La palabra "misa" no se encuentra en el Nuevo Testamento. Ahí la fiesta de conmemoración se llama "Cena del Señor", "Mesa del Señor", "Partimiento del Pan" (1 Cor. 11:20: 10:21; Hech. 2:42, etc.), y el acto es "una comunión de la sangre y del cuerpo de Cristo" (1 Cor. 10:10). Jamás se refiere a ella como "un sacrificio". El altar de Heb. 13:10 es la cruz del Calvario donde Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros" (1 Cor. 5:7).

    En el siglo 2º Justino Mártir ignoraba la existencia de un sacrificio expiatorio de la misa, pues da una descripción muy detallada del culto del día Domingo que prueba que el sacrificio de la .misa era completamente desconocido.

    Los evangélicos afirmarnos que la Cena del Señor debe celebrarse con la senci1lez que se vio en el aposento alto, cuando Jesús tomó el pan y lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo "Tomad, comed, éste es mi cuerpo. Haced esto en memoria de Mí, hasta que yo venga" (1 Cor. 11:23-26) y que no es lícito modificar o alterar lo que mandó nuestro Señor Jesucristo.

    Como el sacrificio de la misa es el centro del sistema romano (pues el sacerdote no es nada, sin un sacrificio, se cae todo ello al caer el llamado "sacrificio de la misa"
    Mis preguntas a los foristas evangélicos son las siguientes:
    - ¿creéis que ese artículo define correctamente la doctrina católica sobre la misa y las razones de su rechazo por los evangélicos?
    - ¿tenéis interés en debatir este tema conociendo de antemano la explicación de lo que significa la misa por parte de un católico que ha escrito un artículo muy extenso sobre el tema?

    Paz a todos
    “Cualquier otra carga te oprime y te abruma, mas la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias el peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás como vuela”
    San Agustín, Serm. 126, 12.

  2. #2
    Fecha de Ingreso
    Jun 1999
    Edad
    54
    Respuestas
    19.994

    Por Defecto

    Luis Fernando:

    A mi me importa un bledo lo que se diga en esa web evangélica, o lo que diga el extenso artículo que nos quieres poner.

    Lo que sé es que la gente SE MUERE SIN CRISTO, y hay millones de católicos que creen que con comer la hostia cada domingo ya tienen algo de la salvación, pues así se les enseña; y si la enseñanza es más profunda y hay que ser de otra manera y no sólo participar de la Misa, la mayoría de católicos lo interpretan a su manera (y eso me consta). Es lo mismo que el "siempre salvo" de los evangélicos, del cual no se puede abusar, sin hacer énfasis que no basta solo con creer en Jesucristo; sino que Él ha de ser Señor de nuestras vidas, y que día a día hemos de renovar ese compromiso con Él.

    Conozco lo que dice el Catecismo, por cierto en algunos artículos bastante ambiguo (como siempre). Pero NO ME INTERESA TANTO EL CATECISMO, NI LO QUE DIGAN OTROS, MUCHO MÁS QUE LO QUE REALMENTE IMPORTA, LA PALABRA DE DIOS.

    En el Catecismo se dice por un lado que el sacrificio de Cristo es único (1362), sin embargo en el 1365 dice: "Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio". ¿en qué quedamos? (este doble lenguaje no ofrece ninguna claridad). Luego dice que es un memorial, que es la forma de entenderlo entre el pueblo evangélico; en fin, amalgama de ideas para quitar la diafanidad del evangelio y adaptarlo a las complicadas ideas catolicas sobre la consecución de la salvación. Lamentable.

    La Palabra de Dios dice:

    pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios (Hebreos 10:12)

    De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.(Hebreos 9:26)



    Luis, NO ME INTERESAN grandes peroratas; me interesa que la gente vea la sencillez del evangelio y entregue sus vidas a Cristo, no que se conviertan en religiosos contumaces y aficcionados a prácticas litúrgicas, cuyo origen y significado se ignora o se solapa.

    Te recuerdo Luis:

    LA GENTE SE MUERE SIN CRISTO Y CON MUCHA RELIGIOSIDAD.


    De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.(Mateo 18:3)

    En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.(Lucas 10:21)



    El Evangelio es tan claro, que los niños lo entienden; las enseñanzas e interpretaciones de la IC son tan complicadas y rebuscadas, con tantas leyes y normas, que ni los propios católicos profundizan en ellas, sin volverse "tarumbas" ; simplemente se creen lo que les dicen, porque así ha sido siempre; es muy fácil ser llamado cristiano, sin tener un verdadero compromiso con Cristo; tan sólo hay que hacer unos cuantos ritos, y si algo falla está el Purgatorio.Además, como Dios es Amor.........olvidando que Él es Justo Juez y "no dará por inocente al culpable"


    Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. (Juan 4:23-24)


    Bendiciones


    Maripaz

  3. #3
    Fecha de Ingreso
    Nov 1998
    Edad
    45
    Respuestas
    12.182

    Por Defecto

    Traducción de un artículo de Steve Ray, ex-evangélico convertido al catolicismo a mediados de los 90.

    El Sacrificio de la Misa:
    ¿qué enseña la Escritura?

    Reflexiones bíblicas sobre el misterio de la Eucaristía.

    Steve Ray / Tradujo Juan Francisco Cañones, España


    Querido amigo protestante:

    Me preguntas porqué los católicos re-sacrifican a Jesucristo continuamente en la Misa. Te voy a contestar esta pregunta pero no en dos o tres líneas. Si estás verdaderamente interesado en lo que la Iglesia Católica enseña, y creo que lo estás, te trataré como a un amado hermano en Cristo e intentaré una explicación más profunda. La cuestión será respondida a su debido momento, una vez que te haya dado un pantallazo sobre asuntos más de fondo. Usaré desde el primer momento las Escrituras y la historia. Me gustaría antes de nada definir algunos términos y fuentes de autoridad en este campo antes que comencemos.

    Cuando lleguemos al momento de la respuesta, si bien tal vez no estés de acuerdo conmigo, sin embargo podrás ver que los católicos tienen una montaña de evidencia bíblica para hablar de la Misa. La de los católicos es una posición que ciertamente se puede mantener no sólo con evidencia bíblica, sino también histórica, y se enmarca muy bien en la visión global de salvación, según lo ha revelado Dios. Y si no llegamos a coincidir en todo, entonces quedará claro que en los textos bíblicos no todo es claro y evidente, y gente que se acerca a la Biblia honestamente puede tener desacuerdos. Nosotros leemos la Biblia - tu y yo - a través del cristal de la tradición, yo de una tradición que lleva dos mil años, tu a través de una que lleva quinientos.

    Según entiendo, tu pregunta se puede resumir así: ¿Cómo puede ser la Misa, es decir, el ofrecimiento incruento de Cristo, un verdadero sacrificio, mientras que a la vez los católicos niegan que sea un re-sacrificar a Jesucristo? Si en verdad es un sacrificio, ¿no es eso negar y contradecir directamente las Escrituras, que nos enseñan que Jesucristo se sacrificó de una vez y para siempre? ¿No es suficiente aquel sacrificio de Cristo? ¿Porqué debemos acudir a otros repetidos sacrificios? ¿Cómo podemos llamar al sacrificio de Cristo “ofrenda”, y al mismo tiempo llamar “ofrenda” a la Misa? ¿No hacen injuria a Cristo los católicos celebrando “sacrificios”?


    Presupuestos necesarios antes de entrar en tema

    Antes que profundicemos sobre el sacrificio de la Misa, debemos preguntarnos con qué autoridad, es decir, a partir de cuáles fuentes autoritativas sabemos nosotros qué cosa es la Eucaristía, qué cosa representa, y como la debemos celebrar. Como un buen protestante que era, yo consideré siempre la Cena del Señor o Comunión como un rito que celebrábamos una vez al mes para recordar mentalmente qué cosa el Señor hizo por nosotros. Así de simple. Sin embargo, la Iglesia Católica hoy, y la Iglesia de los primero siglos, entendieron la Eucaristía como mucho más que eso. Entonces, ¿es la Eucaristía algo más que un simple recuerdo? ¿Cómo lo podemos saber? Y antes que nada, el Nuevo Testamento ¿enseña todo lo que la Eucaristía es y significa? De hecho, tenemos en las Escrituras pocos detalles de esa celebración[1]. Los detalles fueron dados a los creyentes por Pablo y los Apóstoles en persona, mientras vivían y establecían sus tradiciones en las Iglesias (2Tes 2,15; 3,6; 1Cor 11,2). Los escritos del Nuevo Testamento no tenían la intención de ser manuales sobre “Cómo celebrar la Cena del Señor”. Más bien, esa información había sido ya entregada a las iglesias y confiadas a los “superintendentes” (obispos). Las cartas consiguientes fueron instrumentos correctivos, para enderezar abusos en lo que ya había sido enseñado con anterioridad.

    El sentido de estas líneas, antes de pasar a explicar qué cosa sea la Eucaristía, es demostrarte que uno no puede ir a la Biblia presuponiendo que todos los detalles y explicaciones sobre todas las cosas estarán allí claramente expresadas, como si fuese un “divino manual” de cómo celebrar la Cena del Señor, a modo de “guía para la celebración”. Las cosas no son así[2]. El hecho que los Reformadores, reunidos en Marburg (Alemania) en 1529 no llegaron ni remotamente a un acuerdo sobre el tema de la Cena del Señor, creo que es algo muy significativo. Cuando visité Marburg en 1983, buscando mis raíces protestantes, vi con interés el mural que los representa, sentados, debatiendo hasta los menores detalles, pero sin poder llegar a una conclusión unánime sobre el significado de las Escrituras con respecto al tema. Si la evidencia bíblica es tan clara, como algunos dicen, no entiendo porqué incluso aquellos grandes “reformadores” de la Iglesia, y todos sus 28.000 grupos protestantes herederos de ese pensar, tengan tantas diferencias al respecto, llegando algunos a negar que la Eucaristía (y también el Bautismo) tenga ningún valor en el plan actual de salvación (con “plan actual de salvación” traducimos aquí lo que los anglófonos llaman “dispensation”, “dispensación”; en la teología católica eso se llama “economía de la salvación&#8221 . ¿Te das cuenta que hubo una sola doctrina sobre la Eucaristía por mil quinientos años, desde el primer siglo de la historia de la Iglesia? Cuando los “reformadores” abrieron las compuertas de las confusión, causada por la libre interpretación y el juicio privado, la misma tomó forma de distintas escuelas dogmáticas. No habían pasado aún cincuenta años desde las “95 tesis” de Lutero, se publicó un libro en alemán que llevaba por título: “Doscientas definiciones de las palabras ‘Esto es mi Cuerpo’ ”

    Desde la perspectiva de Lutero, desanimado por las facciones que ya comenzaban a formarse, escribió: “Hay casi tantas sectas y creencias como cabezas; este no admite el Bautismo; aquel rechaza el Sacramento del altar; un tercero dice que hay un mundo intermedio entre el presente y el día del juicio; no falta quién enseña que Jesucristo no es Dios. No hay nadie, sin embargo, por más bufón que sea, que no afirme que él está inspirado por el Espíritu Santo, y que no considere como profecías sus sueños y desvaríos” (citado en Leslie Rumble, Bible Quizzes to a Street Preacher [Rockford, IL: TAN Books, 1976], 22).

    Desde la perspectiva de la Iglesia primitiva, la celebración de la Eucaristía fue entregada en herencia a la Iglesia por los mismos Apóstoles, y no por medio de “manuales”, y ni siquiera por cartas apostólicas, que vendrían luego. La Iglesia era la depositaria de esta información y de esta práctica, la depositaria de la enseñanza apostólica. Fue ella la que entregó a las futuras generaciones la enseñanza y la práctica que había recibido. Es en este sentido que la Iglesia habla de la “Sagrada Tradición” que en ella se preserva. Por eso considero que los Padres Apostólicos y los demás Padres de la Iglesia son muy importantes, pues ellos son testigos auténticos de la Tradición Apostólica “depositada en la Iglesia, al modo como un hombre rico deposita su dinero en un banco” (San Ireneo). Esta era, de hecho, la primera y primordial fuente de instrucción durante los primeros siglos. El principio de la Sola Scriptura simplemente no existía; es más, los Padres rebatían a aquellos que proponían doctrinas supuestamente bíblicas que no contaban con el apoyo de la enseñanza y Tradición Apostólica constantes. Era la Iglesia la que trasmitía la verdad. Ella era “la columna y fundamento de la verdad” (1Tim 3,15). Martín Lutero escribe: “Esto sí debemos concederles (a los católicos) como verdadero, a saber, que el Papado tiene la Palabra de Dios y el oficio de los Apóstoles, y que nosotros hemos recibido las Sagradas Escrituras, el Bautismo, el Sacramento y el púlpito de ellos. ¿Qué sabríamos de estas cosas si no fuera por ellos? (Sermons on the Gospel of John, Chap. 14-16, 1537, en el volumen 24 de Luther’s Works, St. Louis, Missouri: Concordia Publi. House, 1961, 304).

    De modo que no contestaré a tu pregunta recurriendo solamente a la Biblia, aunque por cierto haré eso también; consultaré también a los Padres de la Iglesia, porque respeto el modo cómo ellos interpretaron los textos y las enseñanzas. Ireneo que Clemente, “vio a los santos Apóstoles y conversó con ellos, sonándole aún en sus oídos sus predicaciones, y teniendo las autenticas tradiciones ante sus propios ojos. Y él (Clemente) no era el único; vivían aún muchos que habían sido instruidos por los Apóstoles... En el mismo orden y con la misma sucesión la auténtica tradición recibida de parte de los Apóstoles y entregada por la Iglesia, y la predicación de la verdad, han sido confiadas a nosotros”. (Adversus Haereses, 3.3.2s). Yo respeto sus enseñanzas - debo admitirlo - más de lo que lo hacen los evangélicos de hoy en día, que han tirado por la borda y contradicho quince siglos de presencia y guía del Espíritu Santo en su Iglesia. Encuentro particularmente curioso cuánto aprecian, muchos evangélicos, a sus profesores y maestros actuales, y a la vez cuánta ignorancia tienen de aquellos primeros maestros, maestros ciertamente extraordinarios.

    ¿Qué es la Misa?

    Con este breve trasfondo, vayamos un poco más adelante. Preguntas qué significa la palabra “Misa”. En sí misma la palabra es insignificante. Viene de la conclusión latina de la celebración, cuando el sacerdote despide la asamblea con las palabras: Ite, Missa est, que literalmente significa: “Id, es ya el final”. El uso prolongado de este saludo final hizo que la palabra “Misa” significase toda la celebración.

    La Misa es una liturgia o servicio muy amplio y profundo, que contiene misterio y tipología. Incorpora la belleza y el poder de la Pasión de Cristo, recreándola frente a nuestros ojos. Es simbólica y es real, de lenguaje simple y a la vez tipológico. Es paradojal y a la vez simple. Contiene toda la dignidad, profundidad, simbolismo, hondura y realidad espiritual que se esperaría del acto de culto central de la Iglesia fundada por Jesucristo y los Apóstoles. Incorpora toda la tipología del Antiguo Testamento, que era su sombra. La Misa fue profetizada por Malaquías (Mal 1,11), como lo entendió la Iglesia primitiva (lo veremos más adelante). “Misa” es simplemente otro título del servicio divino, de la liturgia, del compartir el Cuerpo de Cristo en la Cena del Señor.

    La Misa como sacrificio: el Altar

    ¿Significa la Misa un verdadero sacrificio? Si, de varios modos. Describo el más sencillo en primer lugar. En el Antiguo Testamento, un sacrificio comenzaba con una ofrenda, algo que era llevado solemnemente ante la presencia de Dios, y allí ofrecido a Él. Este es el primer sentido de “oferta” o “sacrificio” en la Misa. El pueblo de Dios se reúne alrededor de la mesa del Señor (es decir, del altar, el lugar del sacrificio; Mal 1; 1 Cor 10,21). A los Israelitas Dios les manda que traigan las primicias de la tierra para ser puestas en el altar y ofrecer así su adoración. “ ‘Y ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, Señor’. Y lo dejarás delante del Señor tu Dios, y adorarás delante de Señor, tu Dios” (Dt 26,10).

    La Iglesia siempre ha considerado esto, en la Misa, como profundamente significativo. Cuando nos reunimos, cada uno desde su propio lugar, para adorar a Dios, traemos nuestros dones para ofrecerle. En un cierto sentido, estos son depositados sobre el altar como una ofrenda. ¿Qué ofrecemos a Dios? Muchas cosas: a nosotros mismos (Rm 12,12), nuestras alabanzas (Heb 13,15) y nuestros dones (1Cor 16,2), etc. El ofertorio, durante la celebración, es la manera de ofrecer estas cosas a Dios de modo real y a la vez simbólico. Dicho sea de paso, “símbolo” no es una mala palabra... Tengo un amigo que dice que el Evangelio ya no encierra más simbolismos. Tiene razón, ahora se revela mediante símbolos. Lo más extraño, es que este amigo mío celebra “la Cena del Señor” y dice que es solamente ... ¡un símbolo! A mi modo de ver, esto es una contradicción con sus principios. Los símbolos, de hecho, son necesarios, y corresponden perfectamente con el modo humano que nuestra mente tiene de entender. Usamos símbolo para todas las cosas. También para protestantes, el Bautismo y la Comunión son “símbolos”, al igual que las cruces en las iglesias, los altares de madera, las banderas cristianas, los anillos de boda, inclinar nuestras cabezas o hacer gestos con las manos, arrodillarnos, cerrar los ojos para rezar, tener “la Palabra de Dios en alto” cuando predicamos desde el púlpito, imponer manos, etc. Todas estas cosas son símbolos. (Para más sobre este tema, ver el excelente libro de Thomas Howard Evangelical Is Not Enough, publicado por Ignatius Press.)

    Durante el ofertorio, traemos dos cosas para depositar en el altar. Pero antes que nada, ¿es el “altar” un concepto del Nuevo Testamento, o es resabia perimida del Antiguo? La Iglesia Católica tiene un altar (Heb 13,10; 1 Cor 10,21; etc). Ignacio de Antioquia (35-107 d.C.) y los primeros creyentes cristianos coinciden: “Asegúrense, por lo tanto, de que todos celebren una común Eucaristía; porque hay uno sólo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y una sola copa de unión con su Sangre, y un solo altar del sacrificio, del mismo modo como hay también un solo obispo, con su clero y mis compañeros servidores, los diáconos. Esto asegurará que todo lo que hagáis estará de acuerdo con la voluntad de Dios” (Carta a los de Filadelfia 4, escrito alrededor del 106 d.C.). Nota las cuatro palabras claves que constantemente aparecen: cuerpo, sangre, altar y sacrificio. El estudioso protestante J. N. D. Delly comenta sobre esta última cita: “La referencia de Ignacio a ‘un solo altar, del mismo modo como hay también un solo obispo’ nos revela que él también pensaba [en la Eucaristía] con términos de sacrificio”.

    También hay un altar en el Cielo, de oro (Is 6,6; Ap 6,9; 8,3.5; 9,13; 11,1; 14,18; 16,7). Da la impresión que no podemos escapar de los altares..., comenzando con las ofertas sacrificiales de los hijos de Adán, pasando por Abraham, y llegando a la Cruz y la Mesa del Señor, el altar al que se refería el autor de la carta a los Hebreos; e incluso al final mismo del texto inspirado vemos que Dios no nos dispensó de los altares en esta nueva “era espiritual” en los cielos, sino que vemos que tiene un altar “de oro” frente a su trono, y el Cordero del sacrificio eternamente ante sus ojos. Impresionante. Los católicos tienen altares que representa tanto la Cruz del Señor como su Última Cena (en realidad una misma cosa); los protestantes tienen una mesa delante en sus templos que no es para nada un altar. De todos modos, aún conservan los así llamados “altar calls”, es decir, los llamados al altar, cuando invitan a la gente a venir adelante y recibir a Cristo. Es muy irónico ver cómo usan todos los símbolos de los católicos pero vacíos de su auténtico y original contenido. Retomaremos este tema más adelante.

    En la Iglesia, después de la Liturgia de la Palabra y de la Oración de los Fieles, tenemos lo que llamamos “Ofertorio”. Aquí entregamos nuestros dones al Señor. También damos algo de nuestro dinero a Dios y a la Iglesia, para lo que haga falta. Esto correspondería a las ofrendas y diezmos del Antiguo Testamento. Se trata de una ofrenda en el sentido bíblico, es decir, algo entregado libremente, ofrecido al Señor.

    Estos dones, reales y simbólicos, son traídos ante la presencia del trono de Dios; ellos representan a los creyentes, nosotros, que ofrecemos sobre el altar no solamente dones, sino también - y principalmente - a nosotros mismos, nuestras familias, todo lo que somos y tenemos. Cuando veo una familia, en la celebración dominical, llevando al altar los dones de pan y vino, me veo a mí mismo y a todo lo que poseo siendo recibido por el sacerdote y depositado sobre el altar. Me entrego a la Cruz, renuevo mi entrega a Dios, entrego mi vida como Él entregó la suya, me entrego a la voluntad de Dios, soy nuevamente ofrecido a Dios como sacrificio viviente y santo. Él toma lo poco que le puedo ofrecer, y lo convierte en el mismo Cristo. Todo lo que soy es consumido por el Padre, no ya en llamas de inmolación como sucedía en el Antiguo Testamento, sino en como una ofrenda y una bendición de acción de gracias y de aceptación. Me da la impresión que los católicos, frecuentemente, no se dan cuenta de la belleza de la Misa, como probablemente tú cuando eras un joven católico; esto sucede porque no leemos lo suficiente, no estudiamos, no rezamos, no practicamos suficientemente estos misterios tremendos. Es una verdadera lástima cuando estos riquísimos misterios están delante de nuestros ojos y nosotros no los advertimos. Jesús regañaba a sus seguidores, como lo hace aún hoy, diciéndoles ”Tienen ojos y no ven...” (Mc 8,18).

    Llevamos al altar el vino y el pan, frutos de la tierra, dones de Dios, elaborados por las manos del hombre. Tomamos algo que Él nos dio, lo convertimos en pan y en vino, y le devolvemos parte de sus dones. Damos gracias a Dios por sus dones, por la vida, por los frutos de la tierra. “¡Bendigo seas por siempre, Señor!”.


    ¿Presencia Real o simbólica?

    Ahora bien, el pan y el vino están sobre el altar. ¿Qué sucede luego? Sabemos que Jesús no dijo que el pan y el vino “representaban” su Cuerpo y su Sangre (aunque si en arameo existen las palabras para “representar”, que bien hubiese Él podido usar, si hubiese tenido esa intención), sino que dijo que el pan y el vino son su Cuerpo y su Sangre. De hecho algunos estudioso piensa que la palabra “cuerpo” en griego estaría traduciendo la palabra “carne” en arameo (la lengua que usó Jesús), ya que no hay una palabra más exacta para significar “cuerpo” en arameo que la palabra “carne”. De modo que Jesús estaría diciendo “Esta es mi carne”. ¿Suena bastante católico, verdad?

    La Presencia Real de Jesús en la Eucaristía no fue jamás negada en la Iglesia primitiva, excepto por los gnósticos. ¿Porqué negarían los gnósticos la Presencia Real? Porque ellos consideran a Jesús como sólo un hombre, y Cristo sería un espíritu que vino sobre Jesús, es decir, serían Jesús y Cristo dos entidades distintas. Cristo no tuvo, según esta doctrina, un cuerpo real, y por lo tanto no puede existir tal cosa como Presencia Real del Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía. Los Padres de la Iglesia, curiosamente, argumentaban en el sentido opuesto: dado que se da una Presencia Real en la Eucaristía, luego Jesús tiene que haber tenido un cuerpo real cuando vivió en la tierra. Un argumento más que interesante, ¿verdad? ¿No te resulta llamativo que los Protestantes sigan ahora el razonar del gnosticismo, en vez de acordar con las enseñanzas y prácticas de los primeros cristianos? No hubo otro modo de pensar en la Iglesia de los primeros siglos hasta bien llegado el siglo IX; y recién en el siglo XIV surgieron enseñanzas que negaban la Presencia Real del Señor en la Eucaristía, interpretando las palabras del Señor de un modo simbólico, en vez de literal. (¡Y pensar que son los Protestantes los que deben interpretar todo más literalmente!)

    Imagínate por un momento a Jesús siendo interrumpido por Santiago o por Juan, mientras dice “Esto es mi Cuerpo”... Juan se apresura a corregirlo: “No, no es tu cuerpo, sólo simboliza tu cuerpo”. Y Jesús que lo mira con atención y le dice: “¿Qué has dicho?”. Como veremos, fue eso lo que le hizo perder la fe a Judas; fue precisamente en aquel momento de fe en la Eucaristía, que Satanás entró en él.

    Dejaremos de un lado, por el momento, la cuestión de la Presencia Real, aunque en mi libro escribiré sobre el tema con lujo de detalles, y se estudiando el Antiguo como el Nuevo Testamento, la Iglesia primitiva, la Reforma y los tiempos modernos. También incluí en mi libro Crossing the Tiber una “Breve Historia de la Resistencia”; de esta resistencia - como sabes - tú eres (y yo era) descendiente.

    Volviendo a la cuestión del Sacrificio: las palabras de Jesús en la institución de la Cena del Señor están cargadas de sentido sacrificial. De hecho toma lo que era un sacrificio (la Pascua) y lo transforma con nueva simbología y con nueva realidad. Aquello que los judíos comían cada año - y ellos tenían que comer el cordero del sacrificio, de lo contrario no tendría ningún efecto - simbolizaba al Cordero que habría de venir. Pero ahora que el verdadero Cordero se había ofrecido, debían también comer el Cordero, no de modo simbólico, sino real. Corderos temporales - Cordero Eterno. Los primeros eran símbolos, el segundo - Realidad. Los judíos previamente comían el símbolo, mientras que el nuevo Pueblo de Dios come la Realidad. ”Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”.¡Palabras por cierto extrañas! Cuando vemos estos pasajes en el original griego, y a la luz de la cultura judía - cosa que haremos enseguida - descubrimos que hay un uso extenso de terminología sacrificial.


    Leyendo la Biblia en su contexto vital

    Pero antes de entrar a ver la naturaleza sacrificial de la Eucaristía, recordemos algunos pasajes importantes de la Escritura: “Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos... Entonces Jesús dijo: -Haced recostar a la gente. Había mucha hierba en aquel lugar. Se recostaron, pues, como cinco mil hombres. Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban recostados... Cuando fueron saciados, dijo a sus discípulos: -Recoged los pedazos que han quedado... Entonces, cuando los hombres vieron la señal que Jesús había hecho, decían: --¡Verdaderamente, éste es el profeta que ha de venir al mundo!” (Jn 6,4.10-14).

    La palabra griega para “gracias” es “eucaristeo”, de donde proviene nuestro uso de la palabra “Eucaristía”. Juan, intencionalmente, repite esta palabra en el versículo 23, donde debe ser vista como una alusión a la intención eucarística del pasaje. Esta conclusión se justifica aún más si consideramos que el evangelio fue escrito al final del primer siglo, cuando la Cena del Señor era llamada, técnicamente, Eucaristía, como queda claro de las cartas de San Ignacio de Antioquia, discípulo de Juan (ver por ejemplo su carta a los Efesios 13, a los de Filadelfia 4, a los de Esmirna 7), y tantos otros. El estudioso protestante Oscar Cullman escribe: “El largo discurso de Jesús en el evangelio de Juan... ha sido considerado desde tiempos antiguos por la mayoría de los exegetas un discurso sobre la Eucaristía... Aquí el autor hace que el mismo Jesús establezca la separación entre el milagro de la multiplicación material del pan material y el milagro del Sacramento” (Early Christian Worship, traducido por A. Stewart Todd and James B. Torrance, Philadelphia, Westminster Press, 1953, p. 93).

    Este es el único milagro obrado por Jesús en su ministerio terreno que ha sido registrado por los cuatro evangelistas, demostrando así la importancia del evento. Jesús establece el escenario para el discurso del “Pan de Vida”, que “ha bajado del cielo”. Con la multiplicación de los panes Jesús demuestra su poder para proveer de pan a todos, preparando una mesa en el “desierto”, que es un modo velado de hablar del mundo. Pronto veremos que Jesús explica que el pan que él ofrece, en la Eucaristía, es su carne, que “es ciertamente comida” que será suministrada a través de su Iglesia a todos los hombres, en todos los lugares, de todos los tiempos.

    El tono sacrificial usado por los evangelistas en los evangelios sinópticos sugiere que los primitivos cristianos asociaban ya desde antiguo el milagro de los panes con la Eucaristía, teniendo en cuenta que los evangelios fueron escritos en la segunda mitad del primer siglo. El histórico protestante y anti-católico Philip Schaff escribe: “Aquí el más profundo misterio del cristianismo toma cuerpo una y otra vez, y la historia de la Cruz se reproduce ante nuestros ojos. Aquí la alimentación milagrosa de los cinco mil se perpetua espiritualmente... Aquí Cristo... da su propio cuerpo y sangre, sacrificados por nosotros... como comida espiritual, como el verdadero pan que baja del cielo” (History of the Church, Grand Rapids, MI, Eerdmans, 1980, 1:473).

    En esta narrativa, Juan nos da una hermosa descripción de la Iglesia: “toda la gente” que hacían cinco mil personas (sin contar mujeres y niños) representan la Iglesia universal, reunida en “pequeños grupos” de cincuenta y de cien, que representan a las iglesias locales, todas alimentadas por Cristo, el gran Sumo Sacerdote, que distribuye “el pan” a todos, a través de las manos de sus sacerdotes, los Apóstoles. Más adelante, en el mismo capítulo, Jesús explica que el pan es su carne, que debe ser comida, así como debía comerse la carne del Cordero Pascual. Esta poniendo de este modo el fundamento para la futura enseñanza apostólica y para los sacramentos de la Iglesia.

    Después de la multiplicación de los panes, Jesús dice: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré por la vida del mundo es mi carne. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Y Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: -¿Queréis acaso iros vosotros también? Le respondió Simón Pedro: -Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 51-55, 66-68).

    ¿Cómo aceptarían los primeros destinatarios del evangelio de Juan? No olvidemos que este evangelio fue escrito entre el 90 y el 100 d.C. Según George Beasley-Murray, tal vez el exegeta bautista más importante en estos tiempos, “no es necesario interpretar el texto exclusivamente en el sentido del cuerpo y sangre de la última cena del Señor; sin embargo, es evidente que ni el evangelista ni sus lectores cristianos pudieron haber escrito o leído estos dichos de Jesús sin una referencia conciente a la Eucaristía; por lo menos hay que decir que ellos reconocieron el evento de la cena del Señor como el cumplimiento más perfecto (de lo dicho en el discurso del Pan de Vida)”. Ver George Beasley-Murray, John, vol. 36 del Word Biblical Commentary, Waco, TX, Word Books, 1987, p. 95).

    En este discurso parecería como si Jesús se decide hablar de un modo particularmente difícil, deseando asustar a sus discípulos innecesariamente... Les habló palabras duras de entender, invitándolos, aparentemente, a ser caníbales; como resultado, muchos se escandalizaron y se alejaron definitivamente de él. La palabra griega que Juan usa para “comer”, no es la que se usa habitualmente para describir una delicada cena: es la expresión griega que significa “morder”, “comer ruidosamente”, y se podría traducir como “masticar” su carne (ver Raymond Brown, The Gospel according to John I-XII [New York, NY: Doubleday, 1966], 283). “Este escándalo – dice Cullman – pertenece ahora al Sacramento, del mismo modo que el escándalo contra el cuerpo humano pertenece al divino Logos” (Oscar Cullman, Early Christian Worship, 100). Y los Protestantes de tradición Anabaptista y Zwingliana sí se escandalizan por la Eucaristía. Este es el único caso (en el evangelio), al menos que haya sido registrado, de discípulos que se alejan de Jesús por una cuestión doctrinal. Como Protestante, yo también me había escandalizado y alejado del significado real de estas palabras. ¿Porqué Jesús no detuvo la desbandada de los discípulos? El hubiese podido, con facilidad, decirles: “Esperen, ¿no ven que estoy hablando de un modo simbólico? Retornad, pues les estaba hablando de modo figurativo”. Como no lo hizo, muchos de sus discípulos se alejaron de él. Pero los Doce permanecieron con él: se dieron cuenta que sus palabras eran palabras de vida eterna.

    Este pasaje fue entendido, desde los primeros días de la Iglesia, como una explicación que anticipa la Eucaristía. San Basilio Magno (330-379 d.C.) escribió en su epístola Al patricio Coesaria, sobre la Comunión: “Es bueno y saludable comulgar todos los días, y participar así del santo cuerpo y sangre de Cristo. Porque él lo dice con gran claridad: el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (The Nicene and Post-Nicene Fathers, 2d. series, 8:179). Según Raymond Brown, “hay dos grandes indicaciones que nos llevan a pensar que aquí (en Juan 6) se está hablando de la Eucaristía. La primera indicación es la insistencia de Jesús sobre la necesidad de comer y alimentarse de su cuerpo y su sangre: no podemos tomar estas palabras como una simple metáfora que nos hablaría de “aceptar su revelación”... De modo que si queremos atribuir a las palabras de Jesús en Juan 6,53 un sentido positivo, debemos referirlas a la Eucaristía: ‘Tomad, comed: esto es mi cuerpo; ... bebed ... esta es mi sangre’. La segunda indicación que se refiere a la Eucaristía es la fórmula que encontramos en Juan 6,51, donde Juan nos habla de ‘carne’, mientras los evangelios sinópticos, contando la Última Cena del Señor, nos hablan de su ‘cuerpo’. Sin embargo, hay que saber que no hay una palabra hebrea o aramea para ‘cuerpo’, como entendemos nosotros esta palabra; por este motivo, muchos estudiosos mantienen que en la Última Cena lo que Jesús verdaderamente dijo fue el equivalente arameo de ‘Esto es mi carne’.” (The Gospel According to John I-XII, 284-285). Debemos recordar una vez más que Juan escribió su evangelio entre el 90 y el 100 d.C.; de este período se conservan documentos que demuestran que la Eucaristía era claramente celebrada por la Iglesia Católica, en todo el Imperio Romano, como la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo literalmente. Si la Eucaristía debía tomarse en sentido simbólico, y cualquier otra práctica se hubiese visto como idolatría, Juan hubiese podido aclarar fácilmente la doctrina, como de hecho le gustaba aclarar en su evangelio (ver Jn 1,42; 21,19). Hubiese podido aclarar a sus lectores que se trataba de un modo simbólico de hablar, y no significaba lo que los primeros cristianos pensaban que significaba. Pero Juan escribió un evangelio sacramental, y sabía exactamente lo que estaba escribiendo, y porqué.


    El marco del discurso: la Pascua y el traidor

    Luego leemos las palabras de Jesús a Judas en el mismo contexto de Juan 6: “Jesús les respondió: ¿No os escogí yo a vosotros, los doce, y sin embargo uno de vosotros es un diablo? Y Él se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste, uno de los doce, le iba a entregar” (Jn 6,70-71).

    El contexto del pasaje es siempre importante para su interpretación. Mientras se lee la Biblia, hay que preguntarse siempre cosas como ¿porqué pone el autor este evento en este lugar, y no en aquel otro? O bien ¿qué conclusión espera de nosotros el autor al poner estas palabras en este contexto? En nuestro pasaje, nos parece contextualmente significativo que Juan mencione la traición de Judas en este lugar de su narración. ¿Dónde encontramos nuevamente, en los evangelios, el evento de la traición de Judas? En cada uno de los evangelios la mención de Satanás que entra en Judas se menciona en el contexto de la Última Cena. Cada evangelio comienza el relato con el aviso que era la Pascua, y termina con la aserción de que Satanás entró en Judas – exactamente como en Juan 6. Y esto se explica porque Juan enmarca su discurso eucarístico en el capítulo 6 de tal modo que el lector vea el claro paralelo con los relatos sinópticos de la Cena del Señor. El primer versículo de Juan 6 dice que Jesús dio su discurso sobre la necesidad de “comer su carne” durante la Pascua. La mención que luego hace de Judas parecería totalmente fuera de lugar aquí, excepto si se entiende dentro del marco “eucarístico” de todo el capítulo. ¡Qué maravillosa es la Biblia!


    La institución de la Eucaristía

    Pasemos ahora a ver la institución de la Eucaristía, según la trae el evangelio de Marcos (escrito en la última parte del primer siglo). Marcos escribió: “Y mientras comían, tomó pan, y habiéndolo bendecido lo partió, se lo dio a ellos, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando una copa, después de dar gracias, se la dio a ellos, y todos bebieron de ella. Y les dijo: Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos.” (Mc 14,22-24). Parece que Jesús, intencionalmente, usa terminología de Exodo 24,8: “He aquí la sangre del pacto que el Señor hizo con vosotros, según todas estas palabras”. Es aquí, como notarán, que Jesús cumplió lo prometido en Juan 6: “Esto es mi cuerpo... esta es mi sangre”. ¿Qué palabras podrían ser más claras que estas? En ese momento Jesús y los Apóstoles estaban comiendo la cena de la Pascua, el cordero del sacrificio, que era la prefiguración del cuerpo del Señor, y ahora, sentados en esa misma mesa, Jesús levanta un pedazo de pan y dice: “Esto es mi cuerpo”.

    Es interesante notar que en el texto griego, el sustantivo “cuerpo” lleva un artículo definido que, según la gramática griega, hace que la expresión aparezca con particular fuerza, cosa que se pierde en la traducción al español. Literalmente podríamos traducirlo como “este aquí es mi cuerpo”; se está declarando que esto (el pan) es mi cuerpo. Jesús dijo estas palabras en arameo, la lengua que hablaban él y sus Apóstoles. Algunos estudiosos piensan que las palabras de Jesús aquí fueron “Esto es mi carne”, ya que no hay una palabra aramea para designar “cuerpo”, sino “carne”. Lo cual se entendería muy bien con aquello de Juan 6, cuando Jesús dice: “vosotros debéis comer mi carne y beber mi sangre”.

    Ahora vemos lo que nos dice Lucas en su evangelio: “Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa, y con Él los apóstoles, y les dijo: Intensamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que nunca más volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado una copa, después de haber dado gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios. Y habiendo tomado pan, después de haber dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De la misma manera tomó la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros.” (Lc 22,14ss).

    Pablo y Lucas agregan los elementos de “memoria”, “recuerdo” (griego “anamnesis&#8221 , que no incluye Marcos o los demás evangelios. Hay indicaciones de desarrollo litúrgico aún en el Nuevo Testamento mismo (ver The Study of Liturgy, ed. por Cheslyn Jones, Geoffrey Wainwright, Edward Yarnold, and Paul Bradshaw [New York, NY: Oxford Univ. Press; 1978, 1992], 204). La palabra “memoria” es un término sacrificial, y se usa en la versión griega de los Setenta (se llama la versión de “los Setenta” a la versión griega del Antiguo Testamento, que era ampliamente usada en los tiempos de Jesús). “En Lev. 24,7 la palabra anamnesis traduce el hebreo “azkarah”, que era una sacrificio memorial ... Este sacrificio particular (azkarah) era entendido como un recuerdo perpetuo de la alianza” (Dictionary of New Testament Theology, ed. por Colin Brown [Grand Rapids, MI: Zondervan Publ., 1979], 3:239). Anamnesis se usa en Números 10,10, donde nuevamente hace mención al sacrificio, por lo cual la expresión de Jesús en la Última Cena sin duda tenía para sus oyentes un carácter sacrificial. No podemos pensar que pasó inadvertido a Jesús, en aquel momento crucial de la Última Cena, el hecho que la palabra anamnesis (o su equivalente en arameo) tenía esa significación sacrificial... Más bien debemos pensar que lo que Jesús está haciendo es, precisamente, dar un contexto sacrificial a esa Eucaristía que instituye durante la celebración judía de la Pascua; Pablo, en 1 Corintios, parece que captó muy bien este aspecto.


    Lo reconocieron…

    Finalmente con respecto a Lucas, me gustaría comentar uno de los momentos más interesantes del Nuevo Testamento. Parece evidente que se está haciendo referencia en este pasaje a la Eucaristía, ya sea por el uso de la misma terminología, por el escenario de la historia, y por la fecha en que fue escrito el evangelio. Leemos en Lucas: “Y he aquí que aquel mismo día dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que estaba como a once kilómetros de Jerusalén. Y conversaban entre sí acerca de todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban velados para que no le reconocieran. Y Él les dijo: ¿Qué discusiones son estas que tenéis entre vosotros mientras vais andando? ... Entonces Jesús les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras. Se acercaron a la aldea adonde iban, y Él hizo como que iba más lejos. Y ellos le instaron, diciendo: Quédate con nosotros, porque está atardeciendo, y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que al sentarse a la mesa con ellos, tomó pan, y lo bendijo; y partiéndolo, les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos y le reconocieron; pero Él desapareció de la presencia de ellos. Y se dijeron el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras? Y levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén, y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos ... Y ellos contaban sus experiencias en el camino, y cómo le habían reconocido en el partir del pan.” (Lc 24,13-17.25-33.35).

    ¡Qué modo en verdad extraño que tienen estos viajeros de contar cómo y cuándo reconocieron que era Jesús! ¡Y qué modo extraño de concluir con la narración evangélica! Después de su resurrección, Jesús les estaba explicando las Escrituras, mientras caminaban juntos. “Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras”. Este tiene que haber sido uno de los sermones explicativos más hermosos de todos los tiempos, ¡predicado por el mismo Jesús! Sin embargo, aún siendo el mismo Jesús el que les explica las Escrituras, ellos no entendieron quién era Él. Pero, cuando Jesús tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se los dio “les fueron abiertos los ojos y le reconocieron”. Este es un paso muy interesante: los discípulos no presentan el “descubrir a Jesús” como consecuencia de una “predicación bíblica”, sino que más bien declaran que “le habían reconocido en el partir del pan” (Lc 24,35). Es de notar que Lucas emplea aquí las mismas palabras que Jesús usó unos capítulos antes, cuando instituyó la Eucaristía (tomó, bendijo, partió y dio). Las únicas veces que el Nuevo Testamento emplea estas palabras de esta manera son cuando el evangelista habla de la Eucaristía y... aquí en Lc 24. ¿Estaba Lucas tratando de decir algo, al cerrar su evangelio con este relato histórico? Raymond Brown escribe: “La insistencia que demuestra Lucas de explicar que los discípulos reconocieron a Jesús en el partir el pan, ha sido tomada comúnmente como una enseñanza eucarística, de modo de poder convencer a la comunidad de que también ellos podían encontrar a Jesús resucitado en el partir el pan eucarístico” (The Gospel according to John I-XII, 1100).


    La Eucaristía en la enseñanza de Pablo

    De cualquier modo que sea, vayamos ahora a las palabras de Pablo en 1 Corintios, sin perder de vista Malaquías 1,11. Pablo escribe: “Porque yo recibí del Señor lo mismo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que es para vosotros; haced esto en memoria de mí. De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto cuantas veces la bebáis en memoria de mí. Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga. De manera que el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor” (1Co 11,23-27).

    Pablo confirma aquí las palabras de Jesús y la tradición oral de la Iglesia, ya que estas cosas no se habían escrito aún en los evangelios. De hecho, si damos un vistazo a la cronología, 1 Corintios es probablemente la primera evidencia escrita de las palabras de Jesús en la Última Cena. Digamos un par de cosas sobre este pasaje, antes de seguir adelante.

    Las palabras “recibir” y “transmitir” son palabras técnicas usadas para la trasmisión de la tradición apostólica (ver también 1 Cor 15,3). Los corintios no aprendieron sobre la Cena del Señor leyendo el Nuevo Testamento. Lo aprendieron por la tradición entregada o transmitida por Pablo mediante enseñanza oral y ejemplos (2 Cor 11,2; 2 Tes 2,15; 3,6), tradición que Pablo, a su vez, recibió directamente del Señor, o tal vez directamente de los Doce Apóstoles (Gal 1,18, etc). Las cartas del Nuevo Testamento no tuvieron nunca la intención de reemplazar la tradición enseñada por los Apóstoles, Palabra Viva de Dios entregada personalmente (1 Tes 2,13). Las cartas de Pablo no se enviaban ni eran vistas como “manuales de iglesia” con instrucciones completas sobre la Cena del Señor, ya que los de Corinto ya habían sido instruidos convenientemente por el mismo Pablo, en persona. Sus cartas tenían como finalidad corregir abusos y prácticas defectuosas que se habían introducido en la práctica religiosa de los fieles de Corinto. La fe había sido entregada oralmente, por la instrucción hecha por parte de los apóstoles a los santos (Judas 3), es decir, a la Iglesia. Las cartas fueron enviadas mucho más tarde para alentar y exhortar las iglesias en lo que ellas ya sabían por tradición (1 Cor 4,17; 2 Pe 3,1-2).

    Con respecto a la palabra “memoria”, debo hacer algunos comentarios. Según Thomas Howard, en su libro Evangelical Is Not Enough (San Francisco, Ignatius Press, 1984), la palabra “memoria” no expresa el contenido último de la palabra griega “anamnesis”, que es usada en el momento de la institución de la Eucaristía. “La palabra sugiere una memoria que, a la vez, significa un ‘hacer presente’ (106). El Theological Dictionary of the New Testament usa la palabra re-presentación y “el hacer presente por parte de la comunidad, al Señor que instituyó la Cena” (1:348). “Este re-llamar o re-presentar significa que algo ‘pasado’ se hace ‘presente’, algo que, aquí y ahora, nos afecta vital y profundamente. En otras palabras, la Eucaristía es el hacer presente al verdadero Cordero Pascual, que es Cristo… De este modo, desde los primeros días, la Iglesia entendió la Eucaristía como el ‘re-presentar’ del sacrificio de Cristo, con su poder salvador actual. Todas las antiguas liturgias dejan claro que en el culto eucarístico la Iglesia experimenta el poder del Salvador presente” (Olive Wyon, The Altar Fire, Londres, SCM Presss, 1956, 35-36). El autor protestante Max Thurian escribió: “Este memorial no es un simple acto de recogimiento subjetivo, es una acción litúrgica… que hace presente al Señor… que llama ante el Padre celestial, como un memorial, el único sacrificio del Hijo, y esto lo hace presente al Hijo en su memorial” (The Eucharistic Memorial, II, The New Testament, Ecumenical Studies in Worship, según se cita en el Dictionary of the New Testament, editado por Colin Brown, Gran Rapids, MI, Zondervan Publ. 1979, 3:244).

    Jesús dice que el Cáliz es la Sangre de la Nueva Alianza, haciendo clara referencia a las palabras de Moisés. Este modo de hablar y usar los términos, está sacado ciertamente del lenguaje sacrificial del Antiguo Testamento, y Ex 24,8 en particular: “Entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras.” Jesús nos está hablando de verdadera sangre, no de un vino simbólico que representa sangre. Haciendo referencia a las palabras de la alianza de sangre de Moisés, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza”, mientras entrega el cáliz a sus discípulos, ordenándoles que beban su sangre, de la cual Él les había hablado y explicado extensamente en su discurso de Juan 6.

    Finalmente, una palabra con respecto a profanar el Cuerpo del Señor: ser culpable “del cuerpo y la sangre” de alguien tenía en aquel tiempo el significado de “ser culpable de homicidio”. ¿Cómo podía ser alguien culpable de homicidio si el cuerpo (pan) es sólo un símbolo? La presencia real del Cuerpo de Cristo es necesaria para que se pueda cometer una ofensa contra el mismo. ¿Cómo puede alguien ser culpable “del cuerpo y sangre de Cristo” por comer un trozo de pan o beber un sorbo de vino? “Nadie es culpable de homicidio si comete violencia contra la imagen o la estatua de una persona sin tocar a esa persona físicamente. Las palabras de Pablo no tienen sentido sin el dogma de la Presencia Real” (Leslie Rumble and Charles M. Carty, Eucharist Quizzes to a Street Preacher [Rockford, IL.: TAN Books, 1976], 7-8).

    Me gustaría comentar un último pasaje de Pablo antes de considerar con más detalle el centro de la cuestión, es decir, el Sacrificio Eucarístico, y el hecho de que hay un solo sacrificio ocurrido en el tiempo, y que el sacrificio diario de la Misa es una re-presentación de aquél único y singular sacrificio, y no una re-crucifixión de Jesús. Tenme un poco de paciencia...

    Pablo continúa: “Os hablo como a sabios; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan. Considerad al pueblo de Israel: los que comen los sacrificios, ¿no participan del altar?... digo que lo que los gentiles sacrifican, lo sacrifican a los demonios y no a Dios; no quiero que seáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.” (1 Cor 10,15-18.20-21).

    ¿Qué significa, en este pasaje, la palabra “participación” (griego koinonía)? ¿Se trata de lenguaje simbólico? No, significa una participación real. San Agustín, queriendo describir lo que sucede en la Eucaristía, pone en boca de Jesús las siguientes palabras: “Tu no me vas a convertir en ti, como sucede con la comida corporal, sino más bien tu te convertirás en mí” (Confesiones, 7,10,16). Aún el Theological Dictionary of the New Testament de Gerhard Kittel enseña que “koinonia denota participación, comunión, con el sentido de cercanía profunda. Expresa una relación que es mutua. Significa participación, comunicación, comunión”.

    San Juan Crisóstomo dice: “Porque, ¿qué cosa es el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Y en qué cosa se convierten los que participan de él? En el Cuerpo de Cristo: no muchos cuerpos, sino en un solo cuerpo” (Homilía sobre 1 Corintios). No sólo participamos con un gesto simbólico, sino que, como lo dice claramente Pablo, participamos en verdad del cuerpo y sangre de Cristo. ¿Cómo podría ser eso así, si la participación es meramente simbólica? Los evangélicos fundamentalistas se atribuyen la cualidad de ser los que toman la Biblia en su sentido más literal: la Biblia dice lo que quiere decir, y quiere decir lo que dice. Sin embargo, como buen fundamentalista que era, no dudaba en dejar de lado el sentido literal de estos pasajes, como así también la interpretación de la Iglesia primitiva, para poder quedarme con la Biblia según la tradición fundamentalista en la que había sido instruido y la que había aceptado.

    La Eucaristía representa, también, la unidad del Cuerpo de Cristo, que los Protestantes han quebrado. No hay ejemplo más fuerte de la unidad del Cuerpo de Cristo que el ejemplo del pan y del vino. El pan está hecho de muchos granos separados, que son recogidos y triturados para obtener la harina, de la cual se amasa y hornea un solo pan. La uvas, originalmente separadas, son cosechadas y trituradas para obtener el fruto de la vid, el vino. Así como los muchos granos forman un solo pan, también nosotros, cuando comemos ese único pan, el Cuerpo de Cristo, nos transformamos en un solo cuerpo. Nos convertimos en su cuerpo de un modo muy real, al participar y comer su Carne y beber su Sangre. Recuerda que Pablo enseña que comemos de un solo pan, lo cual indica el cuerpo real de Cristo, ya que si nos atenemos al símbolo exterior, comemos panes separados, distintos. Los católicos comen de un solo pan, Cristo resucitado, el Pan de Vida.

    La Eucaristía es la cumbre y la fuente de la unidad, como lo enseña claramente el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es nuestro pan de cada día. El poder que encierra este manjar divino lo convierte en vínculo de unidad. Su efecto es la unidad, de tal modo que, transformados en su Cuerpo y hechos sus miembros, podamos convertirnos en aquello que recibimos” (2837, citando a San Agustín, Sermón 57,7)

    Pero nos podemos preguntar: ¿Pablo piensa en término sacrificiales? Demos un vistazo a las palabras que usa, y a los ejemplos que da. Recordemos que 1 Corintios no es un “manual” o “catecismo” de las doctrinas cristianas. Esa doctrina había sido ya trasmitida a los de Corinto mediante tradición oral (1 Cor 11,2), por Pablo personalmente. La carta tenía por intención ser una misiva de carácter correctivo, para hacerles recordar y profundizar el conocimiento y la práctica eucarística que ya poseían y practicaban. “El sentido sacramental del pan y el vino no solamente se presuponen en esta carta, sino que son la base de toda la presente argumentación... La bebida y la comida espiritual aparecen ahora, con mayor claridad, como el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y aunque la base última de esta definición será dada sólo más tarde (1 Cor 11, 23-26), Pablo la supone ya aquí como algo comúnmente compartido con sus lectores, que tiene la fuerza suficiente como para fundamentar la argumentación que sigue... Lo que los escritos del Nuevo Testamento presuponen ... es aún más importante de lo que de hecho dicen” (The Study of Liturgy, 191).

    Notemos algo interesante: Pablo compara tres diversos sacrificios. Para sus lectores, el sentido era claro. Cada sacrificio se ofrece sobre un altar (mesa del sacrificio): en primer lugar el sacrificio de los judíos (v. 18), luego el de los paganos (v. 19-21, ofrecido a los ídolos), y finalmente el de los cristianos, la Eucaristía. Mediante estas comparaciones, Pablo confirma el carácter sacrificial de la Eucaristía cristiana. La “mesa del Señor” es un término técnico común en el Antiguo Testamento que se refiere al altar del sacrificio (Lev 24,6.7; Ez 41,22; 44,15; Mal 1,7.12), de modo que los lectores de la carta habrían captado inmediatamente la correlación que Pablo estaba sugiriendo. En este sentido estoy sorprendido de que en mis primeros días como católico no había notado este importante detalle: la “mesa del Señor” en la Iglesia, a la cual se refiere Pablo, y que enraíza con la terminología y la práctica del Antiguo Testamento, es ahora el altar del nuevo sacrificio, del cual habla Malaquías (1,11). Observemos que la “mesa del Señor” se menciona dos veces en el primer capítulo de Malaquías, antes y después de la promesa de Dios de un sacrificio nuevo y universal ofrecido por los gentiles. La “mesa del Señor”, o sea el altar del sacrificio, será el lugar de esta ofrenda, que corresponde con la Eucaristía, ofrecida en la “mesa del Señor” de 1 Corintios 10,21.

    Permíteme que te haga esta pregunta: ¿sabías estas cosas cuando dejaste la Iglesia Católica? ¿Acaso el paralelismo no es impactante e inequívoco? Malaquías enmarca dos veces el “sacrificio sin mancha” de los gentiles con los términos sacrificiales de “mesa del Señor”.

    San Pablo entonces utiliza esta misma terminología para explicar el nuevo sacrificio ofrecido sobre “la mesa del Señor” en la Iglesia. El sacrificio de la Eucaristía sobre la “mesa del Señor” es comparado con los otros sacrificios ya sobradamente conocidos que se ofrecen sobre mesas de altares tanto paganos como judíos. Pablo, el más brillante discípulo del más lúcido rabí judío, Gamaliel, no está usando esta terminología del Antiguo Testamento a la ligera: es un alumno aventajado... Él sabe que sus lectores interpretan esta terminología sacrificial poniéndola en relación con la Eucaristía. ¿Se puede poner en duda que Pablo, el brillante maestro de la Torah, comprendió la Eucaristía en términos sacrificiales, interpretando la “mesa del Señor” como un cumplimiento de Malaquías 1:11?. “El paralelismo que Pablo dibuja entre la participación de judíos y paganos en sus sacrificios mediante la comida de la carne de las víctimas y el ágape cristiano en Cristo por medio de la Eucaristía nos demuestra que él considera la comida de la Eucaristía como una comida sacrificial y ello implica que la Eucaristía misma es un sacrificio” (Jerome Biblical Commentary, ed. by Raymond E. Brown, Joseph A. Fitzmyer, and Roland E. Murphy [Englewood Cliffs, NJ: Prentice*Hall, 1968], 269).

    A veces me he emocionado tanto con el Señor y la Iglesia que me he atascado al escribir. El Señor ha sido tan maravilloso.


    Respondiendo a tu pregunta

    Ahora podemos encarar al fin vuestra pregunta específica: ¿cómo puede ser la Misa un sacrificio real y no implicar un nuevo sacrificio de Cristo? En resumidas cuentas, y creo que he hecho esta aclaración en mi artículo de Ankerberg, hay sólo un único sacrificio, un sacrificio eterno, y nosotros estamos participando en él diariamente en las dimensiones del tiempo y del espacio, en el plano temporal. Los protestantes tienden a enredarse en el tiempo (lo sé, yo he pasado por ello) mientras que los católicos tienden a ver las cosas en términos de tiempo y de eternidad. Lo mismo sucede cuando discutimos acerca de la intercesión de los santos. Nos encontramos con protestantes que argumentan: ¿Dónde dice la Biblia que debamos rezar a los santos difuntos? El católico se sorprende y responde: ¿dónde dice la Biblia que los santos están muertos? Es simplemente cuestión de perspectiva. Los protestantes tienden a poner un tejado de estaño sobre sus cabezas, no son capaces de ver más allá de la dimensión del tiempo –y de la esfera temporal-, hacia la eternidad. Para ellos los santos han muerto y el sacrificio de Cristo está terminado y consumado. Para un católico, los santos están vivos, [3] pero en otra dimensión (cielo), y el sacrificio de Cristo fue realizado hace dos mil años, pero es aún un acontecimiento real y un evento eterno a los ojos de un Dios y de una Iglesia no contenidos en el tiempo solamente, y sin la restringida visión que los Protestantes han aceptado debido a la tradición que heredaron.

    Decir que Cristo murió una sola vez y ya no muere más (Heb 7:27; 9:12; 10:10), y decir a la vez que es ofrecido en cada misa como sacrificio, parece contradictorio o paradójico a un Protestante que tiende a considerar todas las cuestiones horizontalmente en vez de verticalmente, pero esto no resulta problemático si cambias tu forma de pensar, si ensanchas tu visión para pensar bíblicamente. Déjame preguntarte: ¿cómo puede ser Jesús un Rey que está sentado a la derecha del Altísimo (Heb 1:3) y ser a la vez un Cordero sacrificial, un sacrificio sobre el altar (Rev 5:6)? ¿Cómo puede Él estar en ambos lugares en dos condiciones tan radicalmente diferentes? ¿Cómo puede Él estar sentado en el cielo a la derecha del Padre y al mismo tiempo estar en un lugar diferente, en nuestros corazones (Col 1:27)? Él ahora tiene capacidades asombrosas, prerrogativas nunca ejercidas mientras estuvo en la tierra, cuando renunció por un tiempo al uso de algunas prerrogativas de su divinidad (Fil 2:5-11).

    Encaramos ahora una de esas paradojas que lo son sólo aparentemente. ¿Vuelven los católicos a sacrificar a Cristo en el altar en cada Misa? NO.

    ¿Vuelven los católicos a hacer presente y a participar en el único sacrificio de Cristo en la Misa? SI.

    Remitámonos de nuevo a Malaquías 1:11, que profetiza sobre el futuro sacrificio inmaculado sobre la Mesa del Señor: “Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande será mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande será mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot”. Destaquemos los plurales y los singulares aquí. En todo lugar ( = plural, en todos los lugares) y una oblación pura (singular). Una ofrenda ofrecida en todo lugar. Habiendo ya discutido este versículo, no quiero extenderme en este punto, pero esto se corresponde maravillosamente con la Misa, como ya lo enseñaban los primeros cristianos en una época tan temprana como el siglo I, cuando los apóstoles estaban todavía vivos, y desde entonces la interpretación está tan claramente diseminada durante los dos primeros siglos, que puede admitirse que fue una clara enseñanza apostólica, que provenía de los mismos apóstoles. Recordemos que ellos pensaron muchas cosas que no han sido conservadas en los escasos documentos que hemos recopilado en el canon. De este modo tenemos un único sacrificio ofrecido en múltiples lugares en el futuro entre las naciones por todo el mundo - una excelente descripción de la Misa.

    Debemos ahora subrayar la vigencia del sacrificio de Cristo. No es solamente un único y definitivo sacrificio, aunque por cierto está referido al tiempo y al espacio, sino que es también perpetuo en su realidad y efectos, referido a la eternidad. Es un sacrificio incesante y sus efectos continúan. Cristo siempre se ofrece a sí mismo al Padre. Él siempre se ofrece, aunque sólo murió una vez (Heb 7:5). Esta es la singular oblación pura de Malaquías. Él siempre ofrece esta inmolación, de la que el hecho físico ya pasó pero cuyo valor permanece. Él constantemente intercede por nosotros como Sumo Sacerdote. Cristo es, a la vez, sacerdote y ofrenda sacrificial. La pasión y la muerte de Cristo son cosas pasadas, pero Él, que padeció su pasión y su muerte, permanece para siempre revestido de los méritos de su pasión y su muerte. Tú muy bien podrías estar de acuerdo con esto, porque también comprendes la consumación de la obra de Cristo, ofrecida una sola vez, eficaz para siempre.

    En la escena apocalíptica, Cristo permanece de pie, ante el Padre, sobre el altar dorado, ante el trono, con un corte en el cuello: “Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado” (Rev 5:6). Esto ha sido bellisimamente representado en una pintura de Jan Van Eyck titulada “La Adoración del Cordero”, que se conserva en Gante (Bélgica). He tenido el privilegio de permanecer ante esta pintura entusiasmado durante casi una hora analizándola y valorándola. Es probablemente mi pintura favorita de todas las de la Historia del arte (con el Descendimiento de la Cruz, de Rembrandt, en segundo término, que vi en Munich). El Cordero permanece majestuosamente sobre el altar con su garganta acuchillada abierta a la manera de los sacrificios del Antiguo Testamento. El Espíritu Santo sobrevuela por encima de él derramando su luz sobre todo. La sangre fluye del Cordero a un cáliz. Personas de los cuatro puntos cardinales del globo (del lugar por donde sale el sol y por donde se pone, para Malaquías) vienen hasta el Cordero a compartir una misma copa y una misma carne y a adorar en el eterno sacrificio re-presentado en todo tiempo.

    Cristo no cesa de ofrecer su sacrificio. Está eternamente intercediendo por su pueblo. Cuando la era de la redención haya concluido y la Segunda Venida haya sido llevada a término, sólo entonces el sacrificio de Cristo habrá sido completado. Un sacrificio es completado cuando aquellos por quienes es ofrecido gustan sus frutos y reciben todos los beneficios de su eficacia. Cristo entonces no tendrá ya que ofrecerse más a sí mismo en lo sucesivo como una “víctima” propiciatoria y expiatoria sobre el altar. Cristo se ofrece como víctima a sí mismo precisamente para toda la humanidad en la tierra, para los hombres que viven todavía en el tiempo, en trance de ser justificados y redimidos. Esta ofrenda permanente del sacrificio de la Cruz terminará cuando llegue el final de los tiempos. La ofrenda que Cristo presenta al Padre es para este mundo y se dirige a la consumación del último día.

    Ha habido muchas especulaciones de los teólogos, católicos y protestantes mano a mano, sobre la naturaleza de la Cena del Señor. Los teólogos católicos han discutido y especulado sobre la naturaleza y efectos de la Eucaristía en un intento de sondear las profundidades de este misterio de los misterios, tan sencillo y tan profundo al mismo tiempo. Tan temporal y tan eterno simultáneamente. La teología se aproxima siempre más a una completa comprensión de su plenitud, pero esa plenitud será reservada para el último día, en el que lo que es visto débilmente en un espejo será visto y comprendido plenamente. El pan y el vino consagrados significan no sólo el cuerpo y la sangre de Cristo sino también su sacrificio. La consagración de las dos especies es una inmolación simbólica, pero el simbolismo es sacramental y así contiene lo que significa. La Misa es un sacrificio, porque significa y al mismo tiempo contiene la completa realidad del sacrificio de la Cruz.

    En lo que sigue, y por algunos párrafos, quiero sacar partido del excelente libro de Marie-Joseph Nicolas ¿Qué es la Eucaristía?, ya que es profundo y sencillo de comprender. Tengo unos setenta libros en mi estantería que tratan exclusivamente de la Misa y la Eucaristía, pero no tengo tiempo para citarlos todos, lo que estoy seguro que tendrás en cuenta.


    La Misa: ¿un nuevo sacrificio?

    ¿Qué significan las palabras “la completa realidad del sacrificio de la Cruz”? Si queremos comprenderlas hay dos opiniones extremas que debemos eliminar. Una va demasiado lejos, la otra se queda corta. La primera podría argumentar así: el tiempo y el espacio han sido abolidos en el misterio de la Eucaristía; lo que yo hago presente en la Misa es la pasión, la muerte y además la resurrección de Cristo. Esta explicación es absolutamente imposible. El tiempo no es como el espacio. Lo que ha pasado no existe de modo muy prolongado en la forma dominada por el tiempo que abarcan los hechos históricos de la pasión y de la muerte. La coexistencia entre el ayer y el hoy no es posible. Por el contrario, el cuerpo glorificado de Cristo está ausente DE y, sin embargo, coexiste CON nosotros. Nosotros existimos al mismo tiempo, el mismo momento en la duración. Hacerlo presente no es devolverle el ser que ya no tiene, es poner su ser donde pueda entrar en contacto con nosotros. De ningún modo, entonces, está Cristo presente en el altar como sangrante y muerto, sino de acuerdo con su estado presente como triunfador sobre la muerte.

    Otros dicen que lo que es más importante en el sacrificio de la Cruz es el sacrificio interior, el estado completamente espiritual e inmanente de oblación en el que se sumió su alma. La oblación interior de Jesús no ha dejado de existir, continúa en el cielo y ello es expresado de un modo particularmente sorprendente y visible por el don de sí mismo en la Eucaristía. Pero esta explicación de los hechos no ve con suficiente claridad que el sacrificio de la Eucaristía es el sacrificio de la Cruz. Podría parecer que hay, de acuerdo con este punto de vista, dos “momentos” del único sacrificio, el “momento” eucarístico en tanto que mero signo y conmemoración del "momento" histórico y al mismo tiempo como una nueva exteriorización y encarnación de la disposición interior de Jesús.

    Debemos ir todavía más lejos y defender esta idea de permanencia en la primera explicación que está ausente en la segunda. Sólo tenemos que recordar la idea de la permanencia del sacrificio de la Cruz en sí mismo. No es sólo el estado del alma de Cristo en oblación lo que permanece, es también lo que él ofrece, su naturaleza humana inmolada pero victoriosa sobre el sufrimiento y la muerte, revestida con los méritos que posee como fruto permanente de su sacrificio. Lo que ha pasado sirve a lo que permanece: el sufrimiento de Cristo y su muerte, que son hechos que han pasado, está al servicio de ese estado de víctima que es continuamente agradable a Dios. Cristo es eternamente aquel que muere por nosotros y se ofrece a sí mismo como tal. El sacerdote, cuando consagra el pan y el vino, lo hace presente para nosotros en este mismo estado, o, más acertadamente, Cristo mismo, a través de la mediación del sacerdote, se hace a sí mismo presente como tal, como la víctima, triunfadora de la muerte, que está como ascendiendo de la muerte por nuestra causa.

    Esto es lo que el Concilio de Trento significa mediante las palabras: es el mismo sacrificio porque es el mismo sacerdote, la misma víctima, ofrecida de otro modo. En la Misa, el mismo sacrificio es ofrecido de un modo simbólico y sacramental. La Misa es el sacramento del sacrificio de la Cruz, en todo aquello que el sacrificio de la Cruz tiene de perdurable. Esta es la razón por la que el Concilio nos hace la aclaración de que la Misa posee todas las cualidades del sacrificio de la Cruz y aplica sus frutos a nosotros. Como hemos dicho, la fuerza del sacrificio de la Cruz está en el poder con que, a los ojos de Dios, está revestido Cristo. Cristo está contenido en la Eucaristía como ejerciendo este poder y aplicándolo aquí y ahora a aquellos que comparten la Eucaristía. No hay, por tanto, exageración en afirmar que la Eucaristía es el sacrificio de la Cruz hecho presente una vez más. La idea de renovación que esta expresión implica es, sin embargo, no del todo exacta. En este punto estamos abordando una presencia, actual y activa, de la víctima que está siempre sacrificándose y esto es lo que Cristo es hasta el final de los tiempos. Cuando decimos al creyente: “Debes asistir a Misa como si estuvieras presenciando el sacrificio de la Cruz”, estaríamos exagerando si quisiéramos decir con ello que el creyente debe sentir compasión de Cristo como si estuviera sufriendo aquí y ahora. No exageramos si decimos que ellos deben participar de la ofrenda que Cristo hace de sí mismo en nuestro nombre, una ofrenda que, en el pasado, fue dolorosa y sangrienta y, porque fue así, retiene toda su virtud en el presente.

    La Misa, por consiguiente, no es un nuevo sacrificio, es decir, no añade nada nuevo al de la Cruz en el plano sacrificial. No pone delante de Dios ningún nuevo acto de propiciación y de expiación, y por lo tanto no le proporciona ninguna nueva razón para conceder gracia a la humanidad. Es la misma víctima la que está presente en ese estado siempre activo, conferido a ella por su inmolación seguida de la resurrección. Este estado eucarístico no añade nuevo valor en el orden del sacrificio. La Misa es un sacrificio solamente por su relación con el sacrificio de la Cruz.

    Sin embargo, cada Misa es un verdadero sacrificio. Cada consagración es un acto sacrificial, aunque en el orden sacramental, es decir, en tanto significa y contiene el acto del sacrificio eterno e invisible del que es el signo sensible. Hay, como sabemos, tantas presencias de Cristo como hostias consagradas. Pero hay solamente un único Cristo presente en todas ellas. Esto es lo que San Pablo afirma, aun cuando todos nosotros hemos separado los panes individuales en cada parroquia, estamos todos recibiendo un único pan. De modo similar, hay muchas ofrendas sacrificiales, tantas como Misas se dicen, pero hay un solo sacrificio de Cristo, que está expresado en todos esos sacrificios. Hay muchos sacrificios que están referidos a un solo sacrificio absoluto y que adquieren cada uno su carácter sacrificial sólo en virtud de esta relación.

    Nos ayudaría comprender esto si siempre tuviéramos en mente que hay un Autor principal de la multitud de consagraciones eucarísticas, un solo sacerdote verdadero e invisible, representado por la multitud de sacerdotes en las Misas: es Cristo en la gloria, el sacerdote eterno.

    Y no deberíamos creer que la Nueva Alianza abolió el sacerdocio. En el Antiguo Testamento hubo tres niveles de sacerdocio: el Sumo Sacerdote (Aarón y sus sucesores), los Levitas como sacerdotes ministeriales, y luego todo el pueblo de Dios como sacerdocio universal (Ex 19:6: ““Seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel&#8221 . Vemos tres niveles de sacerdocio: Sumo Sacerdote (sólo uno), sacerdocio ministerial (el de todos los Levitas) y el sacerdocio universal (todo el pueblo de Dios). ¡Es lo mismo hoy! Tenemos tres niveles: un Sumo Sacerdote (Jesucristo), sacerdotes ministeriales (los apóstoles y sus sucesores, los obispos y sacerdotes), y el pueblo de Dios (una nación de sacerdotes). Hay una maravillosa continuidad.

    ¿Qué aporta de nuevo la celebración de la Misa?

    Volvamos a la Misa. ¿Qué hay de nuevo entonces en la Misa, diferente de la única Crucifixión? ¿Qué añade el sacrificio eucarístico al sacrificio de la Cruz perpetuado en la persona de Cristo glorificado? Para usar una terminología más técnica, ¿qué añade el “sacramento” a la “realidad” que hace presente?

    Lo primero y principal, añade el hecho de hacernos presente esta realidad, de insertar el sacrificio trascendente de Cristo en nuestro tiempo humano del que él sale por su resurrección. La eternidad asoma en nuestro tiempo, o bien nosotros somos elevados, transportados al cielo para compartir la liturgia revelada en el libro del Apocalipsis. Cualquiera de las dos perspectivas es la misma; somos introducidos en un suceso eterno, una liturgia celestial, un servicio de adoración cósmica. No debemos olvidar que la salvación de cada hombre se logra durante el tiempo de su vida terrena mediante el “contacto”, a través del encuentro con su Salvador. Este encuentro personal, esta respuesta de cada uno de nosotros a Dios, que toma nuestra carne y nos da su vida, es puesto en primer plano y de modo esencial por medio de la fe, una fe que es también una aceptación. El objeto de esta fe que salva y justifica es Cristo en el acto verdadero por el que nos salva. “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2:20). Tengo que apropiar y hacer mío ese sacrificio redentor hecho por Cristo en mi nombre. Esta es la condición que yo debo satisfacer si estoy verdaderamente dispuesto a recibir en mí mismo la salvación, el perdón de Dios, su amor y su gracia. La idea que subyace bajo la institución de los sacramentos es llevar a cabo este acto salvífico de Cristo de modo sensible, concreta y exteriormente presente. Me adhiero a esta presencia por la fe que toma posesión de su objeto y someto a mí mismo al acto todopoderoso por el que soy salvado. Cada sacramento es un acto invisible de Cristo en el alma y se fundamenta en el sacrificio de Cristo, del mismo modo que cada recepción provechosa de un sacramento está fundada en mi fe en el sacrificio de Cristo que murió por mí. En la Eucaristía, es el sacrificio mismo el que se hace actual y presente para mí. Toda su eficacia está puesta a mi disposición. Yo creo y yo recibo. La eficacia del sacrificio de Cristo es ofrecida a, y puesta a disposición de, cada hombre existente en esta esfera del tiempo en que cada sacrificio de Cristo es injertado.

    Sólo la Eucaristía da a Cristo esta existencia en nuestro tiempo humano. Su muerte y su resurrección lo apartan de ella. Sin el sacerdote, que le sirve como su instrumento y, en cierto sentido, como la prolongación de su humanidad (una continua encarnación, como, en cierto modo, es también el Cuerpo de Cristo, la Iglesia), Cristo podría ciertamente ofrecer su sacrificio, pero no desde esta tierra y en el tiempo terrestre. De modo similar, el Verbo no hubiera podido hacerse hombre y uno de nosotros sin la porción de carne que tomó de la Virgen María.

    Estamos ahora en disposición de mostrar más al detalle qué hay de nuevo en el sacrificio de la Misa en comparación con el de la Cruz.

    Mirémoslos individualmente.

    1- Cada consagración implica una nueva y real intervención de Cristo, puesto que él es el sacerdote principal e invisible de la Misa. Es Él quien se ofrece a sí mismo y no -hablando con propiedad- el sacerdote que ofrece la hostia.

    2- Esta intervención no es una nueva ofrenda en relación con la ofrenda que él perpetuamente hace de sí mismo y que es el verdadero estado de su ser glorioso. Se trata de una aplicación de Su eterna ofrenda, su inserción en un punto dado en el espacio y en el tiempo.

    3- El sacrificio de la Misa, por lo tanto, no adquiere con su ofrenda sacramental ningún mérito nuevo, ninguna eficacia nueva, ningún nuevo valor de sacrificio, sino una nueva aplicación de su eficacia. La Misa aplica la eficacia del sacrificio de la Cruz a un momento dado del tiempo y al hombre que vive en el tiempo.

    4- El sacrificio de la Cruz, por tomar esta forma sacramental, ha añadido esto: se ofrece a través de la Iglesia, es decir, por medio de los hombres. Cristo Sacerdote actúa aquí por medio de un instrumento al que el poder de su sacerdocio pasa y da vida a las palabras y a los gestos humanos visibles. Y debido precisamente al uso de este instrumento el sacrificio limita no su valor intrínseco sino su alcance efectivo. Tiene a la vista los objetivos de la Iglesia aquí presente, de los sacerdotes y de los fieles de la feligresía, y sale al encuentro de su fe. A primera vista esto parecería limitar el horizonte del sacrificio de Cristo, pero de hecho lo perfecciona, no en el sentido de que lo haga más perfecto en sí mismo, sino en cuanto amplía su radio de acción en lo humano. Es decir: la Misa hace posible que el sacrificio de Cristo sea ahora ofrecido también por los hombres a Dios en y por medio de su Cabeza y Sacerdote soberano, Cristo el Señor.

    5- De modo similar, la víctima del sacrificio de la Misa asume todas nuestras ofrendas personales. Es uno de los principios esenciales de la Alianza de Redención (y podemos llamarlo el principio de la Co-redención) que los hombres, lejos de ser dispensados por el sacrificio de Cristo de ofrecerse ellos mismos en sacrificio, se hacen más capaces por ello de hacerlo así. Las víctimas imperfectas que nosotros somos alcanzan valor por su unión con la víctima perfecta. Ofreciéndose a sí mismo por mediación de los hombres, Cristo ofrece a los propios hombres con él. Esto está admirablemente expresado mediante la liturgia del ofertorio. El pan y el vino tomados de la Creación son el símbolo de aquello que los hombres han recibido de Dios, de todos sus bienes, de su verdadero ser. La transubstanciación del pan y del vino en el ser verdadero de Jesucristo expresa perfectamente el hecho de que Jesucristo asume por completo lo que tenemos y lo que somos. Tras la Consagración, ya no ofrecemos a Dios nuestras ofrendas, sino a Cristo en nosotros. Sólo Dios que se hace hombre podía traer a la existencia la víctima perfecta, pero al encarnarse incorpora a sí todo lo humano, y hace que toda la Iglesia sea su cuerpo y como una extensión de sí mismo.

    6- Finalmente, el sacrificio de Cristo, haciéndose eucarístico, realiza más plenamente la idea del sacrificio, como hemos explicado. Cuando muere en la Cruz, Cristo reúne ciertamente a toda la comunidad de los hombres en Él mismo. Él ofició de sacerdote y ofreció su sacrificio. Esta víctima fue visible, objetiva, externa. Tampoco faltó un único simbolismo de sin igual eficacia, en tanto en cuanto la “clase de muerte” que él escogió, levantándolo como hizo con los brazos extendidos, significa genuinamente la total entrega de una víctima obediente y sumisa, su ofrenda a Dios y su don a los hombres. Sin embargo, la misma realidad de esta inmolación cruenta no permitía que tuviese un carácter ritual. En la Cruz, Cristo fue la víctima visible, pero no fue visiblemente el sacerdote, puesto que sufrió pasivamente y los autores de su inmolación, lejos de realizar una ceremonia sagrada en nombre de todos nosotros, perpetraron un crimen odioso y sacrílego. El sacrificio de Cristo se convirtió en un hecho ceremonial sólo en su forma eucarística, permitiendo que la inmolación de Cristo este siempre realizándose, de acuerdo con el deseo de los hombres que viven en el tiempo y no pueden existir sino mediante la repetición de sus actos.

    El sacrificio de Cristo no cesa de ser real, "comienza de nuevo" en las formas sagradas y litúrgicas, que son simbólicas. Fue Cristo mismo quien, antes del momento efectivo de su muerte, creó esta característica de su sacrificio, vinculándola a nuestra condición terrestre. Él ofreció su sacrificio ritualmente en la Última Cena antes de ofrecerlo de modo efectivo en la Cruz.

    No debemos nunca olvidar que estamos hablando de un rito que contiene una realidad que es doble: por una parte la realidad de Cristo ofreciéndose a sí mismo, una víctima inmolada y glorificada; por otra parte la realidad de los hombres ofreciendo sus vidas reales y su ser real, su existencia cotidiana. Nuestra participación en el sacrificio sacramental sería una hipocresía si consistiera sólo en formas y signos vacíos, si no supusiera la ofrenda auténtica de nuestras propias vidas en unión con Cristo, en las condiciones reales en que vivimos. La vida sacramental no es nunca autosuficiente, presupone nuestra vida real, tanto la de Cristo como la de los Cristianos. Presupone la vida real y el don de la vida hasta el día de nuestra muerte. Presupone y exige una gran fe.

    Esto nos ayudará a comprender cómo la Misa es el sacrificio de toda la humanidad y cómo, por otra parte, es el sacrificio de la Iglesia en exclusiva, es decir, de la humanidad ya efectivamente redimida. Sólo los que creen pueden participar en ella, por ello sólo mediante la fe y la aceptación de la misma participamos en ella. Sólo mediante la ofrenda a Dios en Cristo de nuestros bienes terrenales tenemos parte en la víctima perfecta que es Cristo. Es sólo la Iglesia, por tanto, en sus miembros vivos, la que está unida a Cristo en el sacrificio eucarístico.

    Pero este sacrificio intercede por todo el mundo. Ofrece la salvación al mundo entero. Esto significa que todo el mundo tal como es, todo lo que existe en la naturaleza humana, está en consecuencia abierto a recibir la gracia de Cristo, y está autorizado para apropiarse y aprovechar para sí de su muerte y resurrección.

    Podemos resumir diciendo que el sacrificio de la Misa añade nuestra parte al sacrificio de la Cruz, que no adquiere, por ello, más valor o eficacia, sino un carácter más humano. Al explicar esto es habitual insistir en el hecho de que cada Misa es una nueva aplicación de la eficacia del sacrificio de la Cruz. Pero no debemos olvidar que la “eficacia” del sacrificio de la Cruz radica sobre todo en su ascendencia sobre el Corazón de Dios Padre, su valor como culto perfecto. La aplicación a los hombres del "poder" del sacrificio de Cristo – y es entonces cuando su eficacia alcanza “su consumación”- implica siempre el ofrecimiento de su valor por medio de los hombres. Y eso es lo que de hecho sucede. Cada Misa contiene en sí misma, en toda su plenitud, la adoración de Cristo, su acción de gracias, su deseo de reparación, pero pasando a través de la Iglesia, a través de nosotros, y haciendo así nuestra su ofrenda y su adoración.

    Así, acabamos donde comenzamos: El Sacrificio de la Misa es el sacrificio de Cristo representado de modo sacramental, proporcionándonos su Cuerpo y Sangre en cumplimiento de su promesa. Creo que ahora quedará más clara su naturaleza, según lo enseña el Catecismo. Si no, léase lo anterior y hágase el intento de comprenderlo de nuevo. A modo de recordatorio, el Catecismo declara: “El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio: “La víctima es una y la misma: la que se ofrece ahora por medio del ministerio de los sacerdotes, es la que se ofrece a sí misma en la cruz; sólo el modo de ofrecerse es diferente”. “En este divino sacrificio que es celebrado en la Misa, el mismo Cristo que se ofrece una única vez de manera cruenta en el altar de la Cruz es contenido y es ofrecido de modo incruento”.

    Así pues, ¿por qué los Protestantes alegan siempre que el mundo católico tiene otro sacrificio, o dicen que volvemos a sacrificar a Cristo una y otra vez sin cesar? Uno dijo: “Con todos los fragmentos del cuerpo de Cristo que los católicos y tú coméis, me pregunto si quedará algo de Cristo en el cielo.” ¡Qué estupidez! Quiero pensar que es simplemente una equivocación y no un intento de confundir a la gente o de engañarla. No quisiera considerarte uno de ellos. Tiendo a imaginarte honesto y sincero en estas materias y espero estar en lo cierto.

    También creo que la historia está del lado católico, especialmente si consideramos las citas que usé en este artículo. Déjame citarte una última vez a San Justino, que fue decapitado por su fe en 165 d. C. “Según las palabras de Dios por boca de Malaquías, uno de los doce profetas, como dije antes, acerca de los sacrificios en este tiempo presentados por vosotros [los Judíos]: ´ No me complazco en ti, dice el Señor, y no aceptaré los sacrificios de tus manos; desde la puesta de sol hasta el ocaso Mi Nombre será glorificado entre los gentiles, y en todos los lugares se ofrecerá incienso a Mi Nombre, y una oblación pura: porque Mi Nombre es grande entre los gentiles dice el Señor, pero tú lo profanas.´ Él entonces dijo a esos Gentiles, esto es, a nosotros, que en todas partes se ofrecerían sacrificios a Él, esto es, el pan de la Eucaristía así como el cáliz de la Eucaristía, confirmando ambos que nosotros glorificamos Su Nombre y tú lo profanas.”

    Ignacio, el discípulo de Pablo y Pedro, escribe en el siglo I, “Pero mira a esos hombres que tienen esas equivocadas nociones acerca de la gracia de Jesucristo que ha descendido hasta nosotros, y observa cómo lo que ellos son se opone al espíritu de Dios... Ellos incluso se abstienen de la Eucaristía y de la oración pública [litúrgica], porque no admiten que la Eucaristía es el mismísimo cuerpo de nuestro Salvador Jesucristo, cuya [carne] sufrió por nuestros pecados, y al que el Padre en su bondad revivió. En consecuencia, en vista de que ellos rechazan los dones de Dios, están condenados en sus mismas rebeldías. Deberían haber aprendido mejor la caridad, si aspiraban a conocer alguna vez la resurrección... Rechaza el sectarismo, porque es el comienzo de todo mal" [4].

    Si tengo que elegir entre ponerme de parte de estos nuestros nobles predecesores en la fe, que son la primera generación después de los apóstoles, o bien ponerme de parte de los actuales protestantes, caprichosamente aferrados a "la sola Biblia", que tiran por la borda quince siglos de Iglesia, entenderás que la cosa está fuera de discusión: me quedo con los primeros; ¡es buena compañía!

    Sé que la presente respuesta fue mucho más larga de lo que tú probablemente supusiste, o deseaste, pero quise ser un poco más detallado, con la esperanza de darte un buen pantallazo. Espero ayudarte a clarificar las cosas y facilitarte que comprendas las enseñanzas Católicas, históricas y bíblicas, acerca de la Eucaristía. Por esa razón dediqué mucho tiempo a los pasajes de la Biblia, las citas de los primeros Padres de la Iglesia y la explicación sobre cómo se entiende desde una perspectiva católica lo que la Misa actualiza. Aún suponiendo que no estés de acuerdo, espero que al menos trates con un poco más de respeto intelectual a tus hermanos Católicos, ya que esta enseñanza es muy defendible desde el punto de vista bíblico, y es ciertamente viable. No es ni antibíblica ni incomprensible, aunque qué duda cabe de que es un profundo misterio.

    No seré capaz de mantener una gran correspondencia durante los próximos meses, puesto que tengo varias conferencias que preparar, un curso sobre la Biblia que comienzo a impartir en Noviembre (para el cual pensamos que participaran cientos de Católicos (y Protestantes), y además me veo presionado por el editor para terminar el segundo libro. Además mis chicos están pensando que estoy casado con este dichoso ordenador. Quiero tomarme un descanso.

    Dios te bendiga, Pablo, y espero que podamos seguir siendo amigos mientras compartimos estos asuntos tan importantes para los dos. Si gustaras de sugerencias en relación con buen material de lectura sobre esto para profundizar en tu búsqueda, me encantaría sugerirte algunos títulos, y no el que menos mi libro, que aporta multitud de nuevos datos. He encargado también para ti un libro que te mandaré por correo cuando esté aquí.

    Que recibas las mejores bendiciones de Dios sobre ti, tu familia y tu congregación, ya que te esfuerzas en servirle en santidad y amor.

    En Cristo,

    Steve Ray

    -----------------

    Hale, ya tenéis una explicación "hermosota" sobre la doctrina católica acerca de este asunto,
    “Cualquier otra carga te oprime y te abruma, mas la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias el peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás como vuela”
    San Agustín, Serm. 126, 12.

  4. #4
    Fecha de Ingreso
    Jun 1999
    Edad
    54
    Respuestas
    19.994

    Por Defecto

    Estimados coforistas:
    Siguiendo una invitación de Juan Manuel, he compilado citas de escritores de los primeros tres siglos del cristianismo sobre la Cena del Señor o Eucaristía.
    Bendiciones en Cristo,
    Jetonius
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    Didajé
    La Didajé o “Doctrina de los Doce Apóstoles” es probablemente el documento cristiano más primitivo conocido. Es anónima, y fue compuesta probablemente en Palestina o Siria en la segunda mitad del primer siglo.
    Cito según la edición bilingüe de Daniel Ruiz Bueno.

    9. (1) Respecto a la acción de gracias [eujaristias], daréis gracias de esta manera:
    (2) Primeramente, sobre el cáliz:
    Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos.
    (3) Luego, sobre el fragmento:
    Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos de los siglos.
    (4) Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente.
    (5) Que nadie, empero, coma ni beba de vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de ello dijo el Señor: No deis lo santo a los perros.
    10. (1) Después de saciaros, daréis gracias así:
    (2) Te damos gracias, Padre santo, por tu santo Nombre, que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento y la fe y la inmortalidad que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos de los siglos.
    (3) Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu Nombre y diste a los hombres comida y bebida para su disfrute. Mas a nosotros nos hiciste gracia de comida y bebida espiritual y de vida eterna por tu siervo.
    (4) Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso. A ti sea la gloria por los siglos de los siglos.
    (5) Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu amor, y reúnela de los cuatro vientos, santificada, en el reino tuyo que has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.
    14. (1) Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro.
    (2) Todo aquel, empero, que tenga contienda con su compañero, no se junte con vosotros hasta tanto no se haya reconciliado, a fin de que no profane vuestro sacrificio.
    (3) Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones. [Mal 1:11,14].
    Clemente de Roma
    Este obispo de Roma escribió hacia fines del primer siglo una carta a la Iglesia de Corinto. En ella no trata de la Eucaristía, pero hace alusión al sacrificio de Cristo como algo singular y ya cumplido.
    1 Corintios (ed. Ruiz Bueno)
    7. (4) Fijemos nuestra mirada en la sangre de Cristo, y conozcamos cuán preciosa es a los ojos del Dios y Padre suyo, pues, derramada por nuestros pecados, alcanzó gracia de arrepentimiento para todo el mundo.
    21. (6) Reverenciemos al Señor , cuya sangre fue derramada por nosotros...
    Ignacio de Antioquía
    Este obispo, quien falleció antes de 117, escribió siete cartas en camino de su martirio en Roma. Es afecto a un lenguaje ricamente simbólico, por lo cual sus declaraciones concernientes a la Eucaristía deben valorarse cautelosamente. Por ejemplo, dijo a los Romanos: “Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo” (Romanos 4:1).
    También presenta un punto de vista del episcopado que no se halla en el Nuevo Testamento pero que al parecer se desarrolló tempranamente.
    En la carta a los tralianos, citada más abajo, llama a la fe, la carne de Cristo, y al amor, su sangre.
    Las citas son de la edición de Ruiz Bueno.
    Efesios 13:1.
    Por lo tanto, poned empeño en reuniros con más frecuencia para celebrar la Eucaristía de Dios y tributarle gloria. Porque, cuando apretadamente os congregáis en uno, se derriban las fortalezas de Satanás y por la concordia de vuestra fe se destruye la ruina que él os procura.
    Efesios 20:2.
    Si os congregáis, repito, para mostrar vuestra obediencia al obispo y al colegio de ancianos con indivisible pensamiento, rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, antídoto contra la muerte y alimento para vivir por siempre en Jesucristo.
    Tralianos 8:1.
    ... Así, pues, revestidos de mansedumbre, convertíos en nuevas criaturas por la fe, que es la carne del Señor, y por la caridad, que es la sangre de Jesucristo.
    Romanos 7:3.
    No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible.
    Filadelfos 4:1.
    Poned, pues, todo ahínco en usar de una sola Eucaristía, pues una sola es la carne de nuestro Señor Jesucristo y un solo cáliz para unirnos con su sangre; un solo altar, así como no hay más que un solo obispo, juntamente con el colegio de ancianos y con los diáconos, consiervos míos. De esta manera, todo cuanto hiciereis, lo haréis según Dios.
    Esmirniotas 7.
    (1) [los que profesan doctrinas ajenas a la gracia de Jesucristo] Apártanse también de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Señor Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la misma que, por su bondad, resucitóla el Padre. Así, pues, los que contradicen al don de Dios, mueren y perecen entre sus disquisiciones. ¡Cuánto mejor les fuera celebrar la Eucaristía, a fin de que resucitaran!
    (2) Conviene, por tanto, apartarse de tales gentes, y ni privada ni públicamente hablar de ellos, sino prestar toda atención a los profetas, y señaladamente al Evangelio, en el que la pasión se nos hace patente y vemos cumplida la resurrección. Toda escisión, en cambio, huidla, como principio de males.
    8. (1)... Sólo aquella Eucaristía ha de tenerse por válida que se celebre por el obispo o por quien de él tenga autorización.
    (2) ... Sin contar con el obispo, no es lícito bautizar ni celebrar la Eucaristía ...
    Justino Mártir
    De origen palestino, hijo de padres paganos, Justino fue uno de los grandes defensores de la fe cristiana del segundo siglo. Fundó una escuela en Roma, donde murió mártir hacia 165.
    En sus escritos se hallan varias referencias ala Eucaristía, cómo era practicada y cuál era su significado. El pan y el vino, que son capaces de nutrir el cuerpo, nutren también las almas al ser consagrados por la acción de gracias. Es precisamente esta acción de gracias lo que constituye un sacrificio agradable a Dios (Diálogo con Trifón, 117).
    Cito de la edición de Padres Apologetas Griegos de Ruiz Bueno.
    Apología I
    65. (2) Terminadas las oraciones, nos damos mutuamente el ósculo de paz.
    (3) Luego, al que preside a los hermanos, se le ofrece pan y un vaso de agua y vino, y tomándolos él tributa alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de Él nos vienen. Y cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén.
    (4) “Amén”, en hebreo, quiere decir “así sea.”
    (5) Y una vez que el presidente ha dado gracias y aclamado todo el pueblo, los que entre nosotros se llaman “ministros” o diáconos, dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino y del agua sobre que se dijo la acción de gracias y lo llevan a los ausentes.
    66. (1) Y este alimento se llama entre nosotros “Eucaristía”, de la que a nadie le es lícito participar, sino al que cree verdaderamente nuestras enseñanzas y se ha lavado en el baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó.
    (2) Porque no tomamos estas cosas como pan común ni bebida ordinaria, sino que, a la manera que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación; así se nos ha enseñado que por virtud de la oración al Verbo que Dios procede, el alimento sobre que fue dicha la acción de gracias –alimento del que, por transformación, se nutren nuestra sangre y nuestras carnes- es la carne y la sangre de Aquel mismo Jesús encarnado.
    (3) Y es así que los Apóstoles en los Recuerdos, por ellos escritos, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así les fue a ellos mandado, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: Haced esto en memoria mía, éste es mi cuerpo. E igualmente, tomando el cáliz y dando gracias, dijo: Esta es mi sangre, y que sólo a ellos les dio parte.
    67. (3) El día que se llama del sol se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los Recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas.
    (4) Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos.
    (5) Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces, y éstas terminadas, como ya dijimos, se ofrece pan y vino y agua, y el presidente, según sus fuerzas, hace igualmente subir a Dios sus preces y acciones de gracias y todo el pueblo exclama diciendo “amén”. Ahora viene la distribución y participación, que se hace a cada uno, de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envío por medio de los diáconos a los ausentes.
    Diálogo con Trifón
    41. (1) La ofrenda de la flor de harina, señores –proseguí- que se mandaba a hacer por los que se purificaban de la lepra, era figura del pan de la Eucaristía que nuestro Señor Jesucristo mandó ofrecer en memoria de la pasión que él padeció por todos los hombres que purifican sus almas de toda maldad, a fin de que juntamente demos gracias a Dios por haber creado el mundo y cuanto en él hay por amor del hombre, por habernos a nosotros librado de la maldad en que nacimos y haber destruido con destrucción completa a los principados y potestades de aquel que, según su designio, nació pasible.
    (2) De ahí que sobre los sacrificios que vosotros entonces ofrecíais, dice Dios, por boca de Malaquías, uno de los doce profetas: No está mi complacencia en vosotros –dice el Señor- , y vuestros sacrificios no los quiero recibir de vuestras manos. Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, mi nombre es glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y sacrificio puro. Porque grande es mi nombre en las naciones –dice el Señor-, y vosotros lo profanáis [Malaquías 1:10-12].
    (3) Ya entonces, anticipadamente, habla de los sacrificios que nosotros, las naciones, le ofrecemos en todo lugar, es decir, del pan de la Eucaristía y lo mismo del cáliz de la Eucaristía, a par que dice que nosotros glorificamos su nombre y vosotros lo profanáis.
    117. (1) Así, pues, Dios atestigua de antemano que le son agradables todos los sacrificios que se le ofrecen por el nombre de Jesucristo, los sacrificios que éste nos mandó ofrecer, es decir, los de la Eucaristía del pan y del vino, que celebran los cristianos en todo lugar de la tierra. En cambio, Dios rechaza los sacrificios que vosotros le ofrecéis por medio de vuestros sacerdotes, cuando dice: Y no recibiré de vuestras manos vuestros sacrificios, porque desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, mi nombre es glorificado –dice- en las naciones y vosotros lo profanáis.
    (2) Vosotros seguís aún ahora diciendo porfiadamente que Dios dice no recibir los sacrificios que se le ofrecían en Jerusalén por los israelitas que en aquel tiempo la habitaban; sí, en cambio, las oraciones que le hacían los hombres de aquel pueblo que se hallaban en la dispersión, y estas oraciones son las que llama sacrificios. Ahora bien, que las oraciones y acciones de gracias hechas por hombres dignos son los únicos sacrificios perfectos y agradables a Dios, yo mismo os lo concedo.
    (3) Justamente ésos solos son los que los cristianos han aprendido a ofrecer hasta en la consagración del pan y del vino, en que se recuerda la Pasión que por su amor sufrió el Hijo de Dios...
    (5) En cambio, no hay raza alguna de hombres, llámense bárbaros o griegos o con otros nombres cualesquiera, ora habiten en casas o se llamen nómadas sin viviendas o moren en tiendas de pastores, entre los que no se ofrezcan por el nombre de Jesús crucificado oraciones y acciones de gracias al Padre y hacedor de todas las cosas.

    Ireneo de Lyon
    De origen asiático, Ireneo (c. 140- c. 202) llegó a ser obispo de Lyon en las Galias. Escribió una “Refutación de la falsa gnosis” más conocida como “Contra las Herejías.” En los libros 4 y 5, al tratar de los sacrificios y la resurrección corporal , se refiere a la Eucaristía. Emplea el hecho de que la acción del Señor de ofrecer elementos materiales es prueba de que nuestros cuerpos han de ser redimidos, resucitando incorruptibles.
    Adversus Haereses
    4.17. (4) De todos estos es evidente que Dios no buscaba sacrificios y holocaustos de ellos [los creyentes del Antiguo Pacto], sino fe, y obediencia, y rectitud, por causa de su salvación. Como Dios, al enseñarles su voluntad en Oseas el profeta, dijo: “Deseo misericordia más que sacrificios, y el conocimiento de Dios más que holocaustos” [Oseas 6:6]. Además, nuestro Señor también les exhortó con el mismo fin cuando dijo: “Si hubiéreis conocido lo que significa Misericordia quiero, y no sacrificios, no hubiéseis condenado al inocente” [Mateo 12:7]. Así El da testimonio a los profetas, que ellos predicaron la verdad; pero acusa a estos hombres (sus oyentes) de ser necios a causa de las faltas de ellos.
    (5) De nuevo, dando instrucciones a sus discípulos para ofrecer a Dios las primicias de sus propias cosas creadas –no como si él tuviese necesidad de ellas, sino para que ellos mismos no fuesen ni infructuosos ni ingratos-, él tomó aquella cosa creada, pan, y dio gracias, y dijo: “Este es mi cuerpo.” Y del mismo modo la copa, la cual es parte de la creación a la que pertenecemos, él confesó ser su sangre, y enseñó la nueva oblación del nuevo pacto; la cual la Iglesia, habiéndola recibido de los Apóstoles, ofrece a Dios en todo el mundo, a Aquel que nos da como medios de subsistencia las primicias de sus propios dones en el Nuevo Testamento, concerniente a lo cual Malaquías, entre los doce profetas, así habló de antemano: “No tengo placer en vosotros, dijo el Señor omnipotente, y no aceptaré sacrificio de vuestras manos. Pues desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, mi nombre es glorificado entre los gentiles, y en cada lugar incienso es ofrecido a mi nombre, y un sacrificio puro; pues grande es mi nombre entre los gentiles, dijo el Señor omnipotente”; indicando del modo más claro, por estas palabras, que el pueblo anterior [los judíos] cesarán ciertamente de ofrendar a Dios, pero que en todo lugar se le ofrecerá sacrificio, y uno puro; y que su nombre es glorificado entre los gentiles.
    (6) ¿Pero qué otro nombre hay que sea glorificado entre los gentiles que aquel de nuestro Señor, por quien el Padre es glorificado, y el hombre también? Y porque es [el nombre] de su propio Hijo, quien fue hecho hombre por El, el lo llama como suyo propio ... Ya que, por tanto, el nombre del Hijo le pertenece al Padre, y ya que en el Dios omnipotente la Iglesia ofrenda a través de Jesucristo, Él dice bien sobre ambas bases: “Y en cada lugar se ofrece incienso a mi nombre, y un sacrificio puro.” Ahora Juan, en el Apocalipsis, declara que el “incienso” son “las oraciones de los santos.”
    4.18. (1) La oblación de la Iglesia, por tanto, la cual el Señor dio instrucciones que fuese ofrecida en todo el mundo, cuenta como un sacrificio puro para Dios, y le es aceptable; no que Él necesite un sacrificio de nosotros, sino que quien lo ofrece es él mismo glorificado en lo que ofrece, si su don es acepto. Pues por el don se demuestra tanto honor como afecto hacia el Rey; y el Señor, deseando que lo ofreciésemos en toda simplicidad e inocencia, se expresó así: “Por tanto, cuando ofrezcas tu don sobre el altar, y recuerdes que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y ve; primero recocíliate con tu hermano, y luego retorna a ofrecer tu don.” [Mateo 5: 23-24]. Estamos obligados, pues, a ofrecerle a Dios las primicias de su creación, como asimismo dice Moisés: “No comparecerás en la presencia del Señor tu Dios con las manos vacías” [Deuteronomio 16:16]; de modo que el hombre, siendo contado como agradecido, pueda recibir el honor que fluye de Él.
    (2) Y la clase de las oblaciones en general no ha sido dejada de lado; pues hay oblaciones allí [entre los judios] y aquí [entre los cristianos. Sacrificios hubo entre el pueblo; sacrificios hay, también, en la Iglesia; pero sólo la especie ha sido cambiada, en la medida en que la ofrenda ahora no es hecha por esclavos, sino por hombres libres. Pues el Señor es uno y siempre el mismo; pero el carácter de una oblación servil es peculiar, como lo es también el de la de los hombres libres, para que, por las mismas oblaciones, pueda manifestarse la libertad. Pues con Él no hay nada sin propósito, ni carente de significación, ni sin designio...
    (3) ... Los sacrificios, por tanto, no santifican al hombre, porque Dios no necesita sacrificio; sino que es la conciencia del oferente lo que santifica al sacrificio cuando es pura, y así mueve a Dios a aceptarlo como de un amigo. “Pero el pecador” , dice Él, “que mata un becerro para mí, es como si matase un perro.” [Isaías 66:3].
    (4) En la medida, entonces, en que la Iglesia ofrece unánimemente, su don es justamente reconocido como un sacrificio puro para con Dios. Como también le dice Pablo a los filipenses: “Estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito las cosas que enviasteis, el olor de una dulce fragancia, un sacrificio aceptable, que complace a Dios.” [Filipenses 4:18]. Pues debemos hacer una oblación a Dios, y en todas las cosas ser hallados agradecidos para con Dios nuestro hacedor, en una mente pura, y en fe sin hipocresía, en esperanza bien fundada, en amor ferviente, ofreciendo las primicias de sus propias cosas creadas. Y la Iglesia sola ofrece esta pura oblación al Creador, ofreciéndole a Él, con acción de gracias, de su creación. Pero los judíos no ofrendan así... Ni tampoco ninguna de las sinagogas de los herejes ... ¿Cómo pueden ser coherentes consigo mismos, [al decir] que el pan sobre el cual se ha dado gracias es el cuerpo del Señor, ómo pueden ser coherentes consigo mismos, [al decir] que el pan sobre el cual se ha dado gracias es el cuerpo del Señor, y la copa su sangre, si no le reconocen a él mismo como el Hijo del Creador del universo, esto es, su Verbo, a través de quien el bosque fructifica, y las fuentes fluyen, y la tierra da “primero el tallo, luego la espiga, y luego el grano lleno en la espiga” [Marcos 4:28]?
    (5) De nuevo, ¿cómo pueden decir que la carne, la cual es nutrida con el cuerpo del Señor y con su sangre, va a la corrupción y no participa en la vida? Que, por tanto, modifiquen su opinión o cesen de ofrecer las cosas recién mencionadas. Pero nuestra opinión es concordante con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía establece nuestra opinión. Pues le ofrecemos lo que es de Él, anunciando consistentemente la fraternidad y unión de la carne y el espíritu. Porque como el pan, el cual se produce de la tierra, cuando recibe la invocación de Dios, no es más pan común, sino la Eucaristía, consistente en dos realidades, terrenal y celestial, del mismo modo nuestros cuerpos, cuando reciben la Eucaristía, no son ya corruptibles, teniendo la esperanza de la resurrección para la eternidad.
    5.1. (3) Vanos son también los ebionitas, quienes no reciben por fe en sus almas la unión de Dios y hombre, sino que permanecen en la vieja levadura del nacimiento [natural], y no quieren entender que el Espíritu Santo vino sobre María, y que el poder del Altísimo la cubrió; de donde lo que fue generado es santo, y el Hijo del Altísimo, Padre de todos, quien efectuó la encarnación de este ser, y mostró una nueva [clase de] generación; que así como por la generación previa recibimos la muerte, así también por esta nueva generación podamos heredar la vida. Por tanto, estos hombres rechazan la mezcla de vino celestial, y desean que sólo sea agua del mundo, no recibiendo a Dios de modo de tener unión con Él, sino que permanecen en aquel Adán que había sido conquistado y fue expulsado del Paraíso. No considerando que, habiendo sido unido a lo que había sido formado, animaba al hombre, y le manifestó como un ser dotado de arzón; de modo que al final, el Verbo del Padre y el Espíritu de Dios, habiéndose tornado unidos con la antigua sustancia de la formación de Adán, tornaron al hombre vivo y perfecto, receptivo al perfecto Padre, para que así como en el natural todos estábamos muertos, en el espiritual todos seamos vivificados [cf. 1 Corintios 15:22]...
    5.2. (2) Pero vanos en todo respecto son quienes rechazan la entera economía de Dios, y niegan la salvación de la carne, y tratan con desprecio su regeneración, sosteniendo que no es capaz de incorrupción. Pero si ésta de veras no alcanza la salvación, entonces ni el Señor nos redimió con su sangre, ni es la copa de la Eucaristía la comunión de su sangre, ni el pan que partimos la comunión de su cuerpo. Pues la sangre solamente puede provenir de las venas y la carne, y todo lo demás que constituye la sustancia del hombre, como fue realmente hecho el Verbo de Dios. Por su propia sangre nos redimió, como también su apóstol declara: “En quien tenemos redención por medio de su sangre, la remisión de los pecados.” [Colosenses 1:14]. Y así como somos sus miembros, también somos nutridos por medio de la creación (y Él mismo nos concede la creación, pues causa que el sol salga, y envía la lluvia conforme a su voluntad). Él ha reconocido la copa, la cual es una parte de la creación, como su propia sangre, de la cual Él humedece nuestra sangre: y el pan (también una parte de la creación) Él lo ha establecido como su propio cuerpo, del cual Él da crecimiento a nuestros cuerpos.
    (3) Cuando, por tanto, la copa mezclada y el pan manufacturado recibe al Verbo de Dios, y se hace la Eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo, de las cuales cosas la sustancia de nuestra carne es nutrida y sostenida, ¿cómo pueden afirmar que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que es vida eterna, si es nutrida del cuerpo y sangre del Señor, y es un miembro de Él? –como también lo declara el bendito Pablo en su epístola a los efesios, que “somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” [Efesios 5:30]. Él no habla estas palabras acerca de algún hombre espiritual e invisible, pues un espíritu no tiene huesos ni carne; sino de la economía [por la cual] un hombre real, consistente de carne, y nervios, y huesos – aquella [carne] que es nutrida por la copa que es su sangre, y recibe alimento del pan que es su cuerpo. Y del mismo modo en que lo cortado de la viña plantada en el suelo fructifica en su sazón, o como un grano de trigo que cae en tierra y se descompone sale con un múltiple aumento por el Espíritu de Dios, quien contiene todas las cosas, y entonces, a través de la sabiduría de Dios, sirve para el uso de los hombres, y habiendo recibido al Verbo de Dios, se torna la Eucaristía, la cual es el cuerpo y la sangre de Cristo; de igual modo nuestros cuerpos, siendo nutridos por ella, y depositados en la tierra, y sufriendo allí descomposición, surgirán a su debido tiempo, concediéndoles resurrección el Verbo de Dios para la gloria de Dios Padre, quien libremente da inmortalidad a esto mortal, y a esto corruptible, incorrupción, pues la fuerza de Dios se hace perfecta en la debilidad, para que nunca nos envanezcamos, como si tuviésemos vida por nosotros mismos, y nos exaltemos contra Dios, haciéndose ingratas nuestras mentes; sino que aprendiendo por experiencia que poseemos duración eterna del poder insuperable de este ser, no por nuestra propia naturaleza, ni subestimemos la gloria que rodea a Dios tal como Él es, ni seamos ignorantes de nuestra propia naturaleza, sino que conozcamos lo que Dios puede hacer, y qué beneficios recibe el hombre, y así nunca nos extraviemos de la verdadera comprensión de cómo son las cosas, esto es, tanto con respecto a Dios como con respecto al hombre. ¿Y no pudiera ser, quizá, como ya he observado, que con este propósito Dios permitió nuestra disolución en el polvo común de la mortalidad, para que, siendo nosotros instruidos en todas las maneras, podamos ser precisos en todas las cosas para el futuro, no siendo ignorantes ni de Dios ni de nosotros?


    Aquí va la segunda parte:
    Clemente de Alejandría
    Probablemente nació en Atenas hacia 150. Recibió formación filosófica antes de su conversión, y cuando se hizo cristiano retuvo mucho de lo aprendido de los filósofos. El cristianismo era para él la verdadera filosofía. Murió hacia 215. Nótese cómo considera simbólicos de la nutrición del alma los dichos de Juan 6.
    El Pedagogo, 1, 6
    Pues la misma Palabra es fluida y suave como la leche, o sólida y compacta como la carne. Y demorándonos en este enfoque, podemos comparar la proclamación del Evangelio, que está universalmente difundido, como leche; y como carne la fe, por la cual la instrucción se compacta en un fundamento, la cual, siendo más sustancial que el oír, se asemeja a la carne, y aporta al alma misma nutrición de esta clase. En otra parte el Señor, en el Evangelio según Juan, trajo esto mediante símbolos, cuando dijo: “Comed mi carne y bebed mi sangre” [Juan 6:34]; describiendo claramente por metáfora las propiedades bebibles de la fe y la promesa, por medio de la cual la Iglesia, como un ser humano que consta de muchos miembros, se refresca y crece, es ligada y compactada por ambas –por la fe, que es el cuerpo, y la eseranzala cual es el alma.; como también el Señor de la carne y de la sangre. Pues en realidad la sangre de la fe es la esperanza, en la cual la fe es sostenida como por un principio vital. Y cuando expira la esperanza, es como si la sangre se escurriese, y la vitalidad de la fe resulta destruida. Si, pues, alguien se opusiese, diciendo que por leche se signfican las primeras lecciones –como si fuera, el primer alimento- y que por carne se entienden aquellas comprensiones espirituales que ellos alcanzan elevándose al conocimiento, que entiendan que, al decir que la carne es alimento sólido, y la carne y sangre de Jesús, son llevados por su propia sabiduría vana a la verdadera simplicidad. Pues la sangre resulta ser un producto original en el hombre, y algunos se han aventurado a llamarla la sustancia del alma. Y esta sangre, transmutada por un proceso natural de asimilación en el embarazo de la madre ... florece y envejece, para que no haya temor para el niño. La sangre, también, es la parte más húmeda de la carne, siendo una especie de carne líquida; y la leche es la parte más dulce y excelente de la sangre ... ¡Qué absurdo es, entonces, no reconocer que la sangre es convertida por el aliento en aquella blanca y brillante sustancia! El cambio que sufre es en calidad, no en esencia. Ciertamente no hallaréis nada más nutritivo, dulce o blanco que la leche. En todo aspecto, entonces, es como nutrición espiritual, la cual es dulce por la gracia, nutritiva como vida, brillante como el Día de Cristo.
    La sangre del Verbo también ha sido exhibida como leche. La leche así provista en el parto, es administrada al bebé ... las mujeres embarazadas, al tornarse madres, secretan leche. Pero el Señor Cristo, el fruto de la Virgen, no pronunció benditas las mamas de las mujeres, ni las seleccionó para dar alimento. ¡Oh mística maravilla! El Padre universal es uno, y uno el Verbo universal; y el Espíritu Santo es uno e igual en todas partes, y una sola es la única madre virgen. Yo amo llamarla la Iglesia. Esta madre, cuando estaba sola, no tenía leche, porque sola no era una mujer. Pero ella es a la vez virgen y madre –pura como una virgen, amante como una madre. Y llamando a sus hijos a ella, los nutre con la leche santa , o sea con la Palabra para la infancia. Por tanto ella no tenía leche; pues la leche era este niño puro y hermoso, el cuerpo de Cristo, el cual nutre por la Palabra a la joven raza, la cual el Señor mismo trajo a luz en espasmos de la carne, la cual el Señor envolvió en su preciosa sangre. ¡Oh, maravilloso nacimiento! ¡Oh santas fajas de bebés! El Verbo es todo para el niño, tanto padre como madre, y tutor y nodriza. “Comed mi carne”, dice, “y bebed mi sangre.” [Juan 6: 53-54]. Tal es el adecuado alimento que el Señor ministra, y Él ofrece su carne y entrega su sangre, y nada falta para el crecimiento de los niños. ¡Oh sorprendente misterio! Nos unimos en expulsar la vieja y carnal corrupción, como también la vieja alimentación, recibiendo a cambio otro nuevo régimen, aquel de Cristo, recibiandole si podemos, para guardarlo en nuestro interior; y que, al guardar al Salvador en nuestras almas como en un santuario, podamos corregir las afecciones de nuestra carne.
    Pero no estais inclinados a entenderlo de este modo, sino quizá más generalmente. Oídlo también de la siguiente manera. La carne figurativamente representa para nosotros el Espíritu Santo; pues la carne fue creada por Él. La sangre nos señala a la Palabra, pues como rica sangre ha sido infundida para vida; y la unión de ambas es el Señor, el alimento de los bebés, el Señor que es Espíritu y Verbo. El alimento –esto es, el Señor Jesús – esto es, el Verbo de Dios, el Espíritu hecho carne, es carne celestial santificada. La nutrición es la leche del Padre, por la cual sola nosotros los bebés nos nutrimos. El Verbo mismo, entonces, el Amado, y nuestro alimentador, ha derramado su propia sangre por nosotros, para salvar a la humanidad; y por Él nosotros, creyendo en Dios, huimos hacia el Verbo, “el pecho cariñoso” del Padre. Y Él solo, como corresponde, nos provee a nosotros, niños, con la leche de amor, y solamente son bendecidos los que maman de este pecho.
    Además, el Verbo declara ser Él mismo el pan del cielo. “Pues Moisés”, dice, “no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os dio el verdadero pan del cielo. Pues el pan de Dios es Aquel que descendió del cielo, y da vida al mundo. Y el pan que yo daré es mi carne, la cual daré por la vida del mundo.” [Juan 6: 32-33,51]. Aquí ha de notarse el misterio del pan, en la medida en que Él habla de su carne, y como carne, consecuentemente, lo que ha surgido a través del fuego , como el trigo surge a través del decaimiento y la germinación; y, en verdad, ha surgido a través del fuego para el gozo de la Iglesia, como pan horneado... Pero ya que Él dijo “Y el pan que daré es mi carne” y ya que la carne es humedecida con sangre, y la sangre se denomina figurativamente vino, estamos invitados a saber que, como pan, deshecho en una mezcla de vino y agua, atrapa el vino y deja la porción acuosa, así también la carne de Cristo, el pan del cielo, absorbe la sangre; esto es, aquellos de entre los hombres que son celestiales, nutriéndolos para inmortalidad, y dejando para destrucción solamente las concupiscencias de la carne.
    Así, de muchas maneras el Verbo es figurativamente descrito, como alimento, y carne, y comida, y pan, y sangre, y leche. El Señor es todos éstos, para darnos disfrute a nosotros que hemos creído en Él. Que nadie piense que es extraño, cuando decimos que la sangre del Señor es figurativamente representada como leche. Pues, ¿no es figurativamente representada como vino? “Quien lava”, se dice, “su vestimenta en vino, su túnica en la sangre de la vid” [Génesis 49: 11]. En su propio Espíritu dice que revestirá el cuerpo del Verbo; como ciertamente por su propio Espíritu nutrirá a quienes tengan hambre del Verbo.
    Y que la sangre es el Verbo, es testificado por la sangre de Abel, el justo que intercede con Dios. Pues la sangre nunca hubiese emitido una voz, si no hubiese sido considerada como la Palabra: pues el hombre justo del pasado es el tipo del nuevo justo; y la sangre que antaño intercedía, intercede en el lugar de la nueva sangre. Y la sangre que es el Verbo gime a Dios, ya que anunciaba que el Verbo había de sufrir...
    ... Porque si hemos sido regenerados en Cristo, Aquel que nos ha regenerado nos nutre con su propia leche, el Verbo... Y como la regeneración era consistentemente espiritual, asimismo la nutrición del hombre es espiritual. En todos los respectos, por tanto, y en todas las cosas, somos llevados a la unión con Cristo, en relación con su sangre, por la cual somos redimidos; y a simpatía, en consecuencia de la nutrición que fluye del Verbo; y en inmortalidad, a través de su guía.
    El Pedagogo 2.2
    Posteriormente la viña sagrada produjo el racimo profético. Esto fue un signo para ellos, cuando se los llevó de su vagabundeo a su reposo; representando el gran racimo, el Verbo, machacado por nosotros. Pues la sangre de la vid –esto es, el Verbo- deseaba ser mezclada con agua, como su sangre es mexclada con salvación.
    Y la sangre del Señor es doble. Pues está la sangre de su carne, por la cual somos redimidos de la corrupción; y la espiritual, por la cual somos ungidos. Y beber la sangre de Jesús es tornarse participante de la inmortalidad del Señor; siendo el Espíritu el principio energético del Verbo, como la sangre lo es de la carne.
    Concordantemente, como el vino se mezcla con agua, así es el Espíritu con el hombre. Y la una, la mezcla de vino con agua, nutre para fe; mientras que el otro, el Espíritu, conduce a la inmortalidad.
    Y la mezcla de ambos –del agua y del Verbo- es llamada Eucaristía, gracia renombrada y gloriosa; y quienes por fe partricipan de ella son santificados tanto en cuerpo como en alma. Por la mezcla divina, el hombre, la voluntad del Padre la ha compuesto místicamente del Espíritu y del Verbo. Pues en verdad, el espíritu se une al alma, que es inspirada por él; y la carne, por razón de la cual el Verbo se hizo carne, al Verbo.
    Stromata (Misceláneas) 10
    Por lo cual el Salvador, tomando el pan, primero habló y bendijo. Entonces partiendo el pan, lo presentó, para que pudiésemos comerlo, conforme a la razón, y que conociendo las Escrituras pudiésemos caminar obedientemente.
    Tertuliano
    Tertuliano de Cartago (c. 160-c. 220) fue un prolífico autor. Hacia el fin de su vida adoptó el montanismo. En sus escritos hay algunas alusiones a la Eucaristía, a la que llama “sacramento”, equivalente latino del griego “mysterion.” Nótese el paralelo entre la nutrición del cuerpo y la del alma, que nos recuerda a lo ya dicho por Justino. El pan que representa a Cristo debe entenderse en sentido espiritual.
    Sobre la Corona, 3
    Tomamos también, en las congregaciones antes del amanecer, y de la mano de nadie sino de los presidentes, el sacramento de la Eucaristía, el cual el Señor tanto mandó que fuese comido a la hora de las comidas, y dispuso que fuese tomado por todos por igual.
    Sobre la resurrección de la carne, 8
    Y ya que el alma es, como consecuencia de su salvación, escogida al servicio de Dios, es la carne la que en realidad la torna capaz de tal servicio. La carne, ciertamente, es lavada, para que el alma pueda ser limpiada; la carne es ungida, para que el alma pueda ser consagrada; la carne es señalada (con la cruz) para que el alma pueda ser fortificada; la carne es cubierta con la imposición de manos, para que el alma pueda también ser iluminada por el Espíritu; la carne se alimenta del cuerpo y la sangre de Cristo, para que el alma del mismo modo pueda cebarse en Dios. No pueden separarse en su recompensa, cuando están unidas en su servicio.
    Sobre la Oración, 6
    ... podemos más bien entender “Danos hoy el pan nuestro de cada día” espiritualmente. Pues Cristo es nuestro pan; porque Cristo es vida, y el pan es vida. “Yo soy”, dice Él, “el pan de vida” [Juan 6:35]; y , un poco antes, “El Pan es la Palabra del Dios viviente, quien descendió de los cielos.” Entonces hallamos, también, que su Cuerpo es reconocido en el pan: “esto es mi cuerpo” [Mateo 26:26]. Y así, al pedir “nuestro pan diario” pedimos perpetuidad en Cristo, e indivisibilidad de su cuerpo. Pero debido a que aquella palabra admite también un sentido carnal, no puede ser empleada así sin el recuerdo religioso con disciplina espiritual; pues [el Señor] manda que se ore por el pan, el cual es el único alimento necesario para los creyentes.
    Sobre la Oración, 19
    Similarmente, también, respecto de los días de Estaciones [¿ayunos?] la mayoría piensa que ellos no deben estar presentes en las oraciones sacrificiales, sobre la base de que la Estación puede interrumpirse por la recepción del Cuerpo del Señor. ¿Es entonces que la Eucaristía cancela un servicio dedicado a Dios, o es que lo une más a Dios?¿No será tu Estación más solemne si junto con ella has estado en el altar de Dios? Cuando el Cuerpo del Señor ha sido recibido y reservado, cada punto está asegurado, tanto la participación en el sacrificio como el cumplimiento del deber.
    Hipólito de Roma
    Hipólito (c.170-235) fue el último gran escritor romano en escribir en griego. Muchas de sus obras se han perdido, pero en el tema que nos ocupa revisten interés algunas partes de “La Tradición Apostólica”, obra cuyo contenido es esencialmente litúrgico. Ya que escribió en Roma, resulta de particular interés su referencia eucarística a los “símbolos” que “representan” el cuerpo y la sangre del Señor.
    La tradición apostólica
    4. Cuando se haya convertido en obispo, que todos le ofrezcan el beso de paz, saludándolo porque él se dignificó. Que los diáconos le presenten la oblación y que él, imponiendo las manos sobre ella con todo el presbiterio, diga, dando gracias: “El Señor sea con vosotros”. Y que todos digan: “Y con tu espíritu.” “Elevad vuestros corazones.” “Ya los tenemos levantados hacia el Señor.” “Demos gracias al Señor.” “Este es digno y justo.”
    Y que continúe entonces así:
    Nosotros te damos gracias, oh Dios, por tu Hijo bienamado, Jesucristo, que nos enviaste en estos últimos tiempos como salvador, redentor y mensajero de tu designio. El es tu Verbo inseparable, por quien has creado todo, el cual, en tu beneplácito, enviaste desde el cielo en el seno de una virgen y, habiendo sido concebido, se encarnó y se manifestó como tu Hijo, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen.
    El fue quien, cumpliendo tu voluntad y adquiriendo un pueblo santo, extendió las manos para liberar del sufrimiento a quienes tienen confianza en ti.
    Mientras él ofrendaba su sufrimiento voluntario a fin de destruir la muerte y romper las cadenas del diablo, para hollar con sus pies el infierno, para conducir a los justos a la luz, para fijar las reglas de la fe y manifestar la resurrección, tomando el pan te agradecía, diciendo: “Tomad, comed, este es mi cuerpo que he partido por vosotros”; y del mismo modo el cáliz, diciendo: “Esta es mi sangre que se ha vertido por vosotros. Cuando hacéis esto, hacedlo en mi memoria.”
    Recordando, entonces, su muerte y su resurrección, nosotros te ofrecemos este pan y este cáliz, dándote las gracias por habernos juzgado dignos de estar ante ti y servirte como sacerdotes.
    Y te pedimos que envíes tu Espíritu Santo sobre la oblación de la santa Iglesia. Reuniéndolos, da a todos el derecho de participar en tus santos misterios para estar henchidos del Espíritu Santo, para la afirmación de su fe en la verdad, a fin de que te alabemos y glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, que tiene tu gloria y tu honor con el Espíritu Santo en tu santa Iglesia, ahora y por los siglos. Amén.
    21.
    ... Entonces será presentada la oblación al obispo y él dará gracias sobre el pan porque es el símbolo del cuerpo de Cristo; sobre el cáliz de vino mezclado, porque es la imagen de la sangre que se derramó por todos los que creen en él; sobre la leche y la miel mezcladas, indicando la promesa hecha a nuestros padres, al hablarles de la tierra donde abundan la leche y la miel, por cuyo cumplimiento Cristo dio su carne, de la cual, como niños pequeños, se alimentan los creyentes; sobre el agua presentada en ofrenda para significar el baño, a fin de que el alma del hombre obtenga los mismos efectos que el cuerpo.
    Todas estas cosas el obispo las explicará a los que reciben la comunión. Cuando parte el pan, al presentar cada trozo, dir{a: “El pan del cielo en Cristo Jesús” y el que recibe responderá: “Amén.”
    ... si es necesario recordar alguna otra cosa, el obispo lo dirá bajo el [sello del] secreto a los que recibieron la Eucaristía. Los infieles no deben tener conocimiento de todo esto. Sólo podrán tenerlo después de recibir la Eucaristía. Esta es la piedra blanca de la que Juan dijo: “Un nombre nuevo está escrito allí, que nadie lo conozca a excepción de aquél que recibirá la piedra” [Apocalipsis 2:7].
    41.
    El que estuviere en su casa, que ore y alabe a Dios en la hora tercera. El que en ese momento estuviera en otra parte, que eleve una plegaria a Dios en su propio corazón, ya que en esa hora se vio a Cristo atado al madero. También en el Antiguo Testamento, la Ley prescribió ofrecer y presentar el pan de la proposición en la hora tercera, como símbolo del cuerpo y de la sangre de Cristo: la inmolación del irracional cordero es la representación del cordero perfecto. Siendo Cristo el Pastor, es también el maná que descendió del cielo.

    Orígenes
    Orígenes (185-254) fue uno de los más grandes eruditos de la antigüedad cristiana. Nació en Alejandría y fue discípulo de Clemente, a quien sucedió. Escribió muchísimo, pero gran parte de su obra se ha perdido. Su punto de vista espiritual acerca de la Eucaristía puede deducirse de las obras remanentes.
    Contra Celso 8,57
    Celso supone que los hombres “cumplen con las obligaciones de la vida hasta que son liberados de sus ligaduras” cuando, de acuerdo con costumbres comúnmente recibidas, ofrecen sacrificios a cada uno de los dioses reconocidos en el estado; y no percibe el verdadero deber que es cumplido por una diligente piedad. Porque nosotros decimos que cumple verdaderamente con los deberes de la vida el que siempre tiene presente quién es su Creador, y qué cosas le son agradables, y quien actúa en todas las cosas de modo que pueda complacer a Dios. De nuevo, Celso quiere que seamos agradecidos con estos demonios, imaginándose que les debemos ofrendas de agradecimiento. Pero nosotros, si bien reconocemos la obligación del agradecimiento, sostenemos que no mostramos ingratitud al rehusar darle gracias a seres que ningún bien nos hacen, sino que más bien están contra nosotros cuando ni les sacrificamos ni les adoramos. Estamos mucho más preocupados por no ser desagradecidos para con Dios, quien nos ha colmado con sus beneficios, cuya hechura somos, quien nos cuida en cualquier condición que nos hallemos, y quien nos ha dado esperanza de cosas más allá de la vida presente. Y tenemos un símbolo de gratitud a Dios en el pan que llamamos la Eucaristía.
    Orígenes
    Homilías sobre Éxodo 13,3:
    Deseo amonestaros con ejemplos de vuestra religión. Vosotros que estáis acostumbrados a participar en los divinos misterios, cuando recibís el cuerpo del Señor, reverente y minuciosamente guardáis que ninguna partícula caiga al suelo y que nada del don consagrado se pierda. Porque os consideráis culpables, y con razón, si cualquier parte de él se perdiese por negligencia. Pero si observáis tal cuidado en guardar su cuerpo, y apropiadamente, ¿cómo es que pensáis que descuidar la Palabra de Dios sea un crimen menos grave que descuidar su cuerpo?
    Comentario sobre el Evangelio de Juan
    6,35
    Si investigamos más en la significación de que Jesús fuese señalado por Juan, cuando dice: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, podemos situarnos en la economía del advenimiento corporal del Hijo de Dios en vida humana, y en tal caso concebiremos que el cordero no es sino el hombre. Pues el hombre “fue llevado como una oveja al matadero, y como un cordero, mudo ante sus trasquiladores.” De aquí, también, que en el Apocalipsis se ve un cordero, de pie como inmolado. Este cordero inmolado ha sido hecho, según ciertas ocultas razones, una purificación para el mundo entero. por la cual, conforme al amor del Padre por el hombre, él se sometió a la muerte, redimiéndonos por su propia sangre de aquél que nos tenía en su poder, vendidos bajo el pecado. Y aquél que llevó a este cordero al matadero fue Dios en el hombre, el gran Sumo Sacerdote, como lo muestra por las palabras: “Nadie me quita mi vida, sino que la entrego por mí mismo. Tengo poder para entregarla, y tengo poder para volverla a tomar.”
    10,13
    Hasta qué punto haya cualquier pascua y cualquier fiesta de levadura además de las dos que hemos mencionado, es un punto que debemos examinar más cuidadosamente, ya que estas sirven como un modelo y una sombra de las celestiales de las cuales hablamos, y no solamente tales cosas como comida y bebida y lunas nuevas y sábados, sino también los festivales, son una sombra de las cosas por venir. En primer lugar, cuando el Apóstol dice, “Cristo, nuestra pascua, es sacrificado” , uno puede albergar al respecto dudas como éstas. Si la oveja de los judíos aes un tipo del sacrificio de Cristo, entonces debiera haber sido ofrecida [solamente] una y no una multitud, ya que Cristo es uno; o, si muchas ovejas fueron ofrecidas se ha de seguir el tipo, como si muchos Cristos fuesen sacrificados. Pero para no demorarnos en esto, podemos preguntar cómo la oveja, que era la víctima, contiene una imagen de Cristo, cuando era sacrificada por hombres que estaban cumpliendo la Ley, pero Cristo fue muerto por transgresores de la Ley, y qué aplicación puede hallarse en Cristo de la instrucción, “Comerán la carne esta noche, asada al fuego, y pan ázimo en hierbas amargas comerán”, y “No lo comas crudo, ni hervido, sino asado al fuego; la cabeza con los pies y las entrañas; y no dejarás nada aparte para la mañana, y no le quebrarás ningún hueso. Pero lo que sobre hasta la mañana lo quemarás.” La frase “No le quebrarás ningún hueso” parece haber sido empleada por Juan en su Evangelio, como aplicada a los acontecimientos concernientes a cristo, y conectándolos con la ocasión hablada en la Ley cuando quienes comían la oveja son llamados a no quebrarle ningún hueso.
    Traemos a la mente las palabras, “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, pues se dice de la pascua, “Lo tomarás de los corderos o de las cabras.” El Evangelista aquí concuerda con Pablo, y ambos están involucrados en las dificultades de las que hablábamos más arriba. Pero por otra parte tenemos que decir que si el Verbo se hizo carne, y el Señor dice, “A menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y bebáis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero. Pues mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él” – entonces la carne de la que así se habla es aquella del Cordero que quita el pecado del mundo; y esta es la sangre, parte de la cual había de colocarse en las jambas, y en los dinteles de las casas, en las cuales comemos la pascua. De la carne de este Cordero es necesario que comamos en el mundo, el cual es noche, y la carne ha de ser asada al fuego, y comida con pan ázimo, pues el Verbo de Dios no es solamente carne. El dice, en efecto, de sí mismo “Yo soy el pan de vida” ... No debemos pasar por alto, empero, que por un uso amplio de las palabras, cualquier comida es llamada pan ... Me lleva a esta observación el dicho de Juan, “Y el pan que daré es mi carne, por la vida del mundo.” De nuevo, comemos la carne del Cordero, con hierbas amargas, y pan ázimo, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y nos lamentamos con la pena que es según Dios, un arrepentimiento que opera para nuestra salvación, y del cual no debemos arrepentirnos; o cuando, a causa de nuestras pruebas, nos volvemos hacia las especulaciones que resultan ser aquellas de la verdad, y somos nutridos por ellas. No hemos, sin embargo, de comer la carne del Cordero cruda, como lo hacen quienes son esclavos de la letra, como animales irracionales, y aquellos que están enfurecidos contra hombres verdaderamente razonables, porque éstos desean entender las cosas espirituales; en verdad [aquéllos] comparten la naturaleza de las bestias salvajes. Sino que debemos esforzarnos en convertir la crudeza de la Escritura en alimento bien cocido, no permitiendo que lo escrito se torne fláccido, y húmedo, y magro, como aquéllos que tienen oídos con comezón, y apartan sus oídos de la verdad. Sino que seamos de espíritu ferviente y nos aferremos a las fieras palabras dadas a nosotros por Dios, como las que Jeremías recibió de Aquel que le habló: “He aquí, he hecho mis palabras en tu boca como fuego” , y veamos que la carne del Cordero esté bien cocida, de modo que aquellos que participan de ella puedan decir, mientras Cristo habla en nosotros: “Nuestro corazón ardía en el camino, mientras nos abría las Escrituras.”
    ... Pero en este comer, debemos comenzar por la cabeza, es decir, en las doctrinas principales y más esenciales acerca de las cosas celestiales, y debemos terminar con los pies, las últimas ramas del conocimiento que investigan la naturaleza última de las cosas, o acerca de cosas más materiales, o acerca de cosas bajo la tierra, o acerca de espíritus malvados o demonios inmundos. Pues puede ser que la relación de estas cosas no sea obvia, como ellas mismas, sino que está dispuesta entre los misterios de la Escritura, de tal modo que puede llamarse, trópicamente, los pies del Cordero. Tampoco debemos dejar de tratar con las entrañas, que están dentro y escondidas de nosotros; debemos acercarnos al conjunto de la Escritura como a un cuerpo, no debemos lacerar ni irrumpir a través de las fuertes y bien entretejidas conexiones que existen en la armonía de toda su composición, como aquéllos que laceran, en la medida que pueden, la unidad del Espíritu que está en todas las Escrituras. Pero esta antedicha profecía del Cordero ha de ser nuestra nutrición solamente durante la noche de esta oscrura vida nuestra; lo que viene después de esta vida es, como si fuera, el amanecer del día, y ¿por qué habríamos de dejar para entonces la comida que solamente puede sernos útil ahora? Pero cuando la noche haya pasado, y el día que la sigue esté a la mano, entonces tendremos para comer un pan que no tiene nada que ver con el pan leudado del antiguo e inferior estado de cosas, sino que es ázimo, y que nos servirá hasta que aquello que viene después del pan ázimo nos sea dado, el maná, el cual es alimento de ángeles más que de hombres.
    Cada uno de nosotros, pues, puede sacrificar su cordero en cada casa de nuestros padres, y mientras uno quebranta la ley, no sacrificando en absoluto el cordero, otro puede guardar enteramente el mandamiento, ofreciendo su sacrificio, y cociéndolo correctamente, y evitando quebrarle ningún hueso. Esta es, brevemente, la interpretación de la Pascua sacrificada por nosotros, la cual es Cristo, en conformidad con la interpretación adoptada por los Apóstoles, y con el Cordero en el Evangelio. Pues no debemos suponer que las cosas históricas son tipos de cosas históricas, y las cosas materiales de lo material, sino que las cosas materiales son t´picas de cosas espirituales, y las cosas históricas de la [cosas] intelectuales. No es necesario que nuestro discurso ascienda ahora a aquella tercera pascua que ha de ser celebrada con miríadas de ángeles en el éxodo perfectísimo y más bendito; ya hemos hablado de estas cosas con mayor extensión de la que el pasaje exige.
    Comentario sobre Mateo, Libro 10, 14
    ... como no es la carne, sino la conciencia de aquel que come con duda lo cual mancilla al que come, pues “quien duda es condenado si come, pues no come con fe”, y como nada es puro para quien está mancillado e incrédulo, no en sí mismo, sino que a causa de su mancilla e incredulidad, así lo que es santificado a través de la palabra de Dios y la oración no santifica a quien lo usa por su propia naturaleza, pues de ser así santificaría aun a aquél que come indignamente del pan del Señor, y nadie por esta causa se tornaría débil o enfermo o dormiría pues algo por el estilo representó Pablo al decir, “Por esta causa muchos de entre vosotros estáis débiles y enfermos y no pocos duermen.” Y en el caso del pan del Señor, consecuentemente, hay ventaja para quien lo emplea cuando con mente impoluta y conciencia pura participa del pan. Y de este modo, ni por no comer quiero decir que por el mismo hecho de que no comemos del pan que ha sido santificado por la palabra de Dios y la oración, somos privados de nada bueno, ni que por comer somos mejores en algo bueno; pues la causa de nuestra carencia es la impiedad y los pecados, y la causa de nuestra abundancia es la rectitud y las buenas acciones; así que tal es el significado de lo dicho por Pablo: “No somos mejores si comemos, ni somos peores si no comemos.” Ahora, si “todo lo que entra a la boca va al estómago y es arrojado en la letrina” aún la comida que ha sido santificada a través de la palabra de Dios y la oración, en conformidad con el hecho de que es material, va al estómago y es arrojado en la letrina, pero por causa de la oración que viene sobre ella, conforme a la medida de la fe, deviene un beneficio y es un medio de ver claramente para la mente que busca lo que es beneficioso, y no es la materia del pan sino
    la palabra que se dice sobre ella lo que aprovecha al que come no indignamente del Señor. Y estas cosas ciertamente son dichas del cuerpo típico y simbólico. Pero muchas cosas podrían decirse acerca del Verbo mismo que se hizo carne, y verdadera comida de la cual el que come vivirá seguramente por siempre, no siendo capaz de comer de ella ninguna persona indigna; pues si fuese posible para uno que continúa indigno comer de Aquel que se hizo carne, quien era el Verbo y el pan viviente, no se habría escrito que “todo el que come de este pan vivirá para siempre.”
    Comentario sobre Mateo serie 85
    Este pan que el Verbo de Dios dice ser su cuerpo, es la Palabra que alimenta las almas, el Verbo que procede de Verbo Dios; es pan celestial, que está colocado encima de la mesa, del cual está escrito : “Tú pones ante mí una mesa, enfrente de mis enemigos” [Salmo 22:5]. Y esa bebdida que el Verbo Dios dice ser su sangre, es la Palabra que sacia e inebria los corazones de los que beben; de la bebdida de este cáliz está escrito: ¡Qué bueno es tu embriagador cáliz! ... El Verbo Dios no llamó cuerpo suyo a aquel pan visible que tenía en sus manos, sino a la Palabra, en cuyo misterio debía romperse el pan. No llamó su sangre a aquella bebida visible, sino a la Palabra, en cuyo misterio se serviría esta bebida. Porque ¿qué otra cosa puede ser el cuerpo o la sangre del Verbo Dios sino la palabra que alimenta y alegra los corazones?
    (Citado por J. Quasten, Patrología. Madrid: BAC, 1978; 1: 397)
    Cipriano de Cartago
    Este maestro de retórica nacido c. 200, se convirtió al Evangelio en 246 y poco después fue elegido como obispo. Aunque sus escritos contribuyeron a concebir la Eucaristía como un nuevo sacrificio, un examen de los textos relevantes muestran que eso se debió a una mala comprensión de ellos.
    La oración del Señor, 18
    Como la plegaria prosigue, pedimos y decimos: “Danos hoy nuestro pan de cada día.” Esto puede entenderse tanto espiritual como simplemente, pues cada entendimiento es provechoso en la utilidad divina para salvación. Pues Cristo es el pan de vida y el pan aqupi es de todos, pero es nuestro. Y como decimos “Padre nuestro”, porque Él es el Padre de quienes entienden y creenm también decimos “pan nuestro” porque Cristo es el pan de aquellos de nosotros que alcanzan su cuerpo. Más aún, pedimos que este pan se nos dé cotidianamente, no sea que nosotros, que estamos en Cristo y recibimos la Eucaristía diariamente como alimento de salvación, con la intervencióm de algún pecado más grave, mientras somos expulsados y como no comunicantes somos privados del pan celestial, seamos separados del cuerpo de Cristo como Él mismo declara, diciendo, “Yo soy el pan de vida que descendió del cielo. Quienquiera que coma de mi pan vivirá por siempre. Además, el pan que daré es mi carne por la vida del mundo.” Ya que dice que, si alguien come de su pan, vive para siempre, como es manifiesto que viven quienes alcanzan su cuerpo y reciben la Eucaristía por derecho de comunión, así por otra parte debemos temer y orar, no sea que cualquiera, cuando es cortado y separado del cuerpo de Cristo, permanezca separado de la salvación, como Él mismo amenaza, diciendo: “A menos que comáis la carne del Hijo del hombre y bebáis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” Y así, pedimos que nuestro pan, el cual es Cristo, nos sea dado cotidianamente, de modo que nosotros, que permanecemos en Cristo, no nos alejemos su santificación y cuerpo.
    Epistola 62 (Oxford 63) año 253
    Carta a Cecilio, sobre el sacramento de la copa del Señor
    2. Sabe, entonces, que he sido advertido que, al ofrecer la copa, la tradición del Señor debe ser observada, y que nada debe ser hecho por nosotros sino lo que el Señor hizo primero en nuestro beneficio, como que la copa que se ofrece en memoria de Él debe ofrecerse mezclada con vino. Pues cuando Cristo dice, “Yo soy la vid verdadera”, la sangre de Cristo ciertamente no es agua, sino vino; ni tampoco puede parecer su sangre por la cual somos redimidos y resucitados estar en la copa, si en la copa no hay vino por la cual se demuestre la sangre de Cristo, la cual es declarada por el sacramento y testimonio de todas las Escrituras.
    4 ... Pues, ¿quién es más sacerdote del Dios Altísimo que nuestro Señor Jesucristo, quien ofreció un sacrificio a Dios el Padre, y ofreció exactamente la misma cosa que Melkisedek había ofrecido, esto es, pan y vino, es decir, su cuerpo y sangre? ... En el Génesis, por tanto, para que la bendición hacia Abraham por Melkisedek el sacerdote pudiese ser adecuadamente celebrada, precede la figura del sacrificio de Cristo, a saber, como [estaba] ordenada en pan y vino, y así Aquél que es la plenitud de la verdad cumplió la verdad de la imagen prefigurada.
    7. En Isaías también el Espíritu Santo testifica esto mismo concerniente a la pasión del Señr, diciendo, “¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas son como las del que ha pisado un lagar?” Isaías 63:2] ¿Puede el agua tornar rojos los vestidos? ¿O hay agua en el lagar que es hollado por los pies, o comprimido por la prensa? Ciertamente, por tanto, se hace mención del vino, para que pueda entenderse la sangre del Señor, y para que lo que posteriormente fue manifestado en la copa del Señor pueda ser predicho por los profetas que lo anunciaron. Se insiste también repetidamente en el pisoteo y la presión del lagar, porque como no puede lograrse beber el vino a menos que antes el racimo sea pisoteado y exprimido, del mismo modo tampoco nosotros podríamos beber la sangre de Cristo a menos que Cristo hubiese sido primero pisoteado y exprimido , y hubiese primero bebido de la copa de la cual también da de beber a los creyentes.
    9 ... [El Señor enseñó] con el ejemplo de su propia autoridad que la copa había de mezclarse con la unión de agua y vino. Pues al tomar la copa en la víspera de su pasión, la bendijo y se la dio a sus discípulos, diciendo: “Bebed todos de esto; porque esta es mi sangre del Nuevo Testamento, la cual será derramada por muchos, para la remisión de pecados. Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.” En esta porción hallamos que la copa que el Señor ofreció estaba mezclada, y que era vino aquello que llamó su sangre. De lo cual se nota que no se ofrece la sangre de Cristo si no hay vino en la copa, ni se celebra el sacrificio del Señor con una consagración legítima a menos que nuestra oblación y sacrificio respondan a su pasión. ¿Pero cómo habremos de beber el nuevo vino del fruto de la vid con Cristo en el reino de su Padre, si en el sacrificio de Dios el Padre y de Cristo no ofrecemos vino, ni mezclamos la copa del Señor conforme a la propia tradición del Señor?
    10. [Cita 1 Corintios 11: 23-26]. Pero si es tanto mandado por el Señor, y también la misma cosa es confirmada y entregada por su apóstol, que tantas veces bebemos, hacemos en recuerdo del Señor lo mismo que el Señor también hizo; y que al mezclar la copa del Señor de la misma manera no nos apartamos de la enseñanza divina; sino que no debemos apartarnos de los preceptos evangélicos, y que los discípulos deben también observar y hacer las mismas cosas que el Maestro tanto enseñó como hizo.
    ...
    11. Ya que, entonces, ni el apóstol mismo ni un ángel del cielo puede predicar nada diferente de lo que Cristo ha una vez enseñado y sus apóstoles han anunciado, me pregunto mucho de dónde se originó esta práctica que, contrariamente a la disciplina evangélica y apostólica, ofrece en algunos lugares agua en la copa del Señor, la cual agua no puede por sí misma expresar la sangre de Cristo. El Espíritu Santo no está silencioso en los Salmos acerca del sacramento de esto, cuando menciona la copa del Señor, y dice: “!Esta copa embriagadora, cuán excelente es!” Ahora, la copa que embriaga es ciertamente mezclada con vino, pues el agua no puede embriagar a nadie. Y la copa del Señor embriaga de tal manera, como Noé se embriagó bebiendo vino, en el Génesis. Pero debido a que la intoxicación de la copa del Señor no es como la intoxicación con el vino del mundo, ya que el Espíritu Santo dijo en el Salmo, “Tu copa embriagadora”, añadió, “Cuán excelente es”, porque sin duda la copa del Señor embriaga de tal modo a los que la beben, que los pone sobrios; que restaura en sus mentes la sabiduría espiritual; que cada uno se recupera del sabor del mundo al entendimiento de Dios; y del mismo modo que, por el vino común la mente se disuelve, y el alma se relaja, y toda tristeza es dejada de lado, así, cuando la sangre del Señor y la copa de salvación ha sido bebida, la memoria del viejo hombre es dejada de lado, y surge un olvido de la anterior conducta mundana, y el acongojado y triste pecho que era oprimido por los atormentadores pecados es alivianado por el gozo de la divina misericordia; porque solamente es capaz de regocijarse quien bebe en la Iglesia la cual, cuando está embriagada, retiene la verdad del Señor.
    13. Pues porque Cristo nos cargó a todos, en que cargó también con nuestros pecados, vemos que en el agua se entiende el pueblo, pero en el vino la sangre de Cristo. Pero cuando el agua se mezcla en la copa con vino, el pueblo es hecho uno con Cristo, y la asmablea de creyentes es asociada y reunida con El en quien ella cree; la cual asociación y conjunción de agua y vino está tan mezclada en la copa del Señor, que aquella mezcla no puede ser ya separada jamás. De aquí, más aún, que nada puede separar a la Iglesia –esto es, el pueblo establecido en la Iglesia, fiel y firmemente perseverantes en lo que han creído- de Cristo, en un modo tal que impidiese su amor indiviso de permanecer y adherirse. Así, por tanto, al consagrar la copa del Señor no puede ofrecerse agua sola, como tampoco solamente vino. Pues si alguien ofreciese sólo vino, la sangre de Cristo está disociada de nosotros; pero si el agua estuviese sola, el pueblo está disociado de Cristo; pero cuando ambos están mezclados, y se unen entre sí con un estrecho vínculo, se completa un sacramento espiritual y celestial. Así la copa del Señor no es ciertamente agua sola, ni vino solo, a menos que cada uno se mezcle con el otro; del mismo modo en que, por otra parte, el cuerpo del Señor no puede ser harina sola o agua sola, si ambas no se unen y se compactan en la masa de un pan; en el cual mismísimo sacramento nuestro pueblo demuestra ser uno, de forma que de modo similar a muchos granos, recolectados, y molidos, y mezclados en una masa, hacen un pan; así en Cristo, quien es el pan celestial, podamos saber que hay un cuerpo, con el cual nuestro número es añadido y unido.

    14. No hay entonces razón, queridísimo hermano, para que nadie piense que ha de seguirse la costumbre de ciertas personas, que antaño han pensado que en la copa del Señor ha de ofrecerse agua sola. Pues debemos averiguar a quién han seguido ellas mismas. Pues si en el sacrificio que ofreció Cristo nadie ha de ser seguido sino Cristo, ciertamente nos corresponde obedecer y hacer aquello que Cristo hizo, y lo que mandó que fuese hecho, ya que Él mismo dice en el Evangelio: “Si hacéis todo lo que os mando, no os llamaré siervos, sino amigos.” Y que Cristo solo haya de ser oído, también lo testimonia el Padre desde el cielo, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; a Él oíd.” De lo cual, si Cristo solo debe ser oído, no debemos prestar atención a lo que otro antes de nosotros puede haber pensado que deba hacerse, sino a lo que Cristo, quienes antes de todos, hizo primero. Tampoco conviene seguir la práctica del hombre, sino la verdad de Dios, ya que Dios habla por el profeta Isaías , y dice: “En vano me adoran, enseñando mandamientos y doctrinas de hombres.” Y de nuevo en el Evangelio el Señor repite este mismo dicho, y dice, "“echazáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra propia tradición.” Más aún, en otra parte lo establece diciendo: “Quienquiera que quebrantare uno de estos mandamientos muy pequeños, y le enseñase a los hombres a hacerlo, será llamado el menor en el reino de los cielos.” Pero si no podemos quebrantar ni siquiera el menor de los mandamientos del Señor, ¡cuánto más está prohibido infringir los tan importantes, tna grandes, tan relacionados al mismo sacramento de la pasión de nuestro Señor y nuestra propia redención, o cambiarlo por tradición humana en cualquier otra cosa diferente de lo que fue divinamente dispuesto! Pues si Crsito, nuestro Señor y Dios, es él mismo el sumo sacerdote de Dios el Padre, y se ha ofrecido primero a Sí mismo como sacrificio al Padre, y ha mandado que esto sea hecho en memoria de Él mismo, ciertamente cumple con el oficio de Cristo el sacerdote que imita lo que hizo Cristo; y entonces ofrece un verdadero y pleno sacrificio en la Iglesia a Dios el Padre, cuando procede a ofrecerlo conforme a lo que ve que Cristo mismo ofreció.

    17. Y porque hacemos mención de su pasión en todos los sacrificios (pues la pasión del Señor es el sacrificio que ofrecemos) no debemos haccer nada fuera de lo que Él hizo. Porque dice la Escritura, “Pues tantas veces como coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga.” Tantas veces, por tanto, como ofrecemos la copa en conmemoración del Señor y de su pasión, hagamos lo que es sabido que hizo el Señor. Y permite, queridísimo hermano que se arribe a esta conclusión: si entre nuestros predecesores alguno sea por ignorancia o simpleza, no ha observado y guardado esto que el Señor por su ejemplo y enseñanza nos ha instruido que hagamos, puede, por la misericordia del Señor, tener concedido el perdón a su simplicidad. Pero no podemos ser perdonados quienes somos ahora amonestados e instruidos por el Señor para ofrecer la copa del Señor mezclada con vino conforme a lo que el Señor ofreció, y para dirigir cartas a nuestros colegas acerca de esto, de modo que la ley evangélica y la tradición del Señor pueda ser guardada en todas partes, y no haya desviación de lo que Cristo tanto enseñó como hizo.
    Epístola 75 a Magnus (Oxford 69); año 255
    6. Además, aún los propios sacrificios del Señor declaran ellos mismos que la unanimidad cristaian está ligada en sí misma por un firme e inseparable amor. Pues cuando el Señor llama al pan, el cual es compuesto por la unión de muchos granos, su cuerpo, indica a nuestro pueblo al cual Él cargó como estando unido; y cuando llama al vino, el cual es exprimido de muchas uvas y racimos y recolectado, su sangre, también significa nuestro rebaño reunido por la mezcla de una multitud unida.

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    Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; 12pero Cristo, habiendo ofrecido UNA VEZ PARA SIEMPRE UN SOLOSACRIFICIO POR LOS PECADOS, se ha sentado a la diestra de Dios, 13de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; PORQUE CON UNA SOLA OFRENDA hizo perfectos para siempre a los santificados.(Hebreos 10:11-14)

    Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; Y SIN DERRAMAMIENTO DE SANGRE NO SE HACE REMISIÓN.(Hebreos 9:22)

    Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; 25Y NO PARA OFRECERSE MUCHAS VECES, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. 26De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. 27Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, 28así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.(Hebreos 9:24-28)

  6. #6
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    Por Defecto

    Jesús ha dicho que Él no ha venido para abrogar lo más mínimo de la ley, sino para cumplirla. Pues bien, en el A.T. estaba totalmente prohibido beber la sangre. Quien hiciese eso, debía de ser muerto (Lev. 17:10-14). Entonces Jesús les había incitado a una acción que según la ley de Moisés tiene como castigo la muerte. Los apóstoles y los ancianos, en la reunión celebrada en Jerusalén sobre los que inquietaban a los convertidos de entre los gentiles, decidieron no imponerles la ley de Moisés, pero que se abstuviesen de sangre...etc (Hech. 15:29). Esto seria incomprensible si a los cristianos de entre los gentiles, como de entre los judíos, literalmente se les pidiese beber la sangre de Cristo. Los judíos con facilidad han comprendido la intención de Jesús. Habían comprendido que Jesús, de esta manera, quiso dejar muy claro, que "creer en Él” significa una total entrega a Él y una total dependencia de Él; como nosotros no podemos tener vida eterna si no le aceptamos a Él por fe. Pues Él nos dice: "Yo soy el pan de vida" (Jn. 6:48).

    (Extraído de “En la calle recta”; publicación de carácter cristiano realizada por exsacerdotes catolicorromanos)

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    Por Defecto

    Jetonius
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    enviado 27-07-2000 13:

    Dado que los hermanos católicos insisten en sus peculiares doctrinas, parece necesario reiterar lo que enseña la Biblia.
    La eucaristía
    Si hemos de adquirir una comprensión recta del significado e importancia de la Eucaristía o Cena del Señor, debemos comenzar por las referencias escriturales primarias:
    Mateo 26: 26-29
    Mientras ellos comían, Jesús tomó pan y lo bendijo; lo partió y lo dio a sus Discípulos, y dijo: --Tomad; comed. Esto es mi cuerpo. Tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio diciendo: --Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del pacto, la cual es derramada para el perdón de pecados para muchos. Pero os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.
    Marcos 14: 22-25
    Mientras ellos comían, Jesús tomó pan y lo bendijo; lo partió, les dio y dijo: --Tomad; esto es mi cuerpo. Tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron todos de ella. Y él les dijo: --Esto es mi sangre del pacto, la cual es derramada a favor de muchos. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo en el reino de Dios.
    .
    Lucas 22: 14-20
    Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa, y con él los Apóstoles. Y les dijo: --¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes de padecer! Porque os digo que no comeré más de ella hasta que se cumpla en el reino de Dios. Luego tomó una copa, y habiendo dado gracias, dijo: --Tomad esto y repartidlo entre vosotros, porque os digo que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios. Entonces tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y les dio diciendo: --Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado. Haced esto en memoria de Mí. Asimismo, después de haber cenado, tomó también la copa y dijo: --Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.
    1 Corintios 11: 23-34
    Porque yo recibí del Señor la enseñanza que también os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: "Tomad, comed. Esto es mi cuerpo que por vosotros es partido. Haced esto en memoria de Mí." Asimismo, tomó también la copa después de haber cenado, y dijo: "Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre. Haced esto todas las veces que la bebáis en memoria de Mí." Todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que él venga. De modo que cualquiera que coma este pan y beba esta copa del Señor de manera indigna, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, examínese cada uno a sí mismo, y coma así del pan y beba de la copa. Porque el que come y bebe, no discerniendo el cuerpo, juicio come y bebe para sí. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y debilitados, y muchos duermen. Pero si nos examináramos bien a nosotros mismos, no se nos juzgaría. Pero siendo juzgados, somos disciplinados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. Así que, hermanos míos, cuando os reunáis para comer, esperaos unos a otros. Si alguien tiene hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio. Las demás cosas las pondré en orden cuando llegue.
    De los relatos de los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) sabemos que, en el contexto de una cena pascual, Jesús tomó pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo “Esto es mi cuerpo.” También agradeció por la copa de vino, y les mandó beber. Mateo y Marcos nos informan que el Señor dijo “Esta es mi sangre del pacto...”
    Los católicos romanos creen que las palabras de Cristo deben tomarse un un sentido por completo literal, es decir, que Jesús verdaderamente transformó el pan y el vino en Su cuerpo y Su sangre, Su alma y Su divinidad.
    Los principales argumentos a favor de esta opinión son:
    1. El texto mismo, es decir, las palabras de la institución.
    2. Las circunstancias: Cristo no habría de ser ambiguo ni de extraviar a sus discípulos en esta solemne instancia.
    3. Las consecuencias prácticas derivadas por Pablo a partir de las palabras de la institución (1 Cor 11:27ss).
    4. El fracaso de los argumentos en contra de una interpretación literal. Si bien en algunos pasajes el verbo “ser” tiene un sentido figurativo, en estos casos ello es evidente (por ejemplo, “el campo es el mundo” , Mateo 13:38).
    [Ludwig Ott, Manual de Teología Dogmática, 6th Ed, pp. 557s].
    A estos argumentos puede responderse, en orden:
    1. Los textos mismos tienen varias indicaciones que muestran que no debe interpretarse como una transubstanciación literal del pan y el vino en la carne y la sangre del Señor.
    Cuando, según Lucas, el Señor dijo “Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado. Haced esto en memoria de Mí”, la crucifixión no había ocurrido todavía, y por tanto Jesús se estaba refiriendo a un acontecimiento todavía futuro. Lo mismo es cierto acerca del vino, ya que el Señor dijo que su sangre habría de ser derramada (es decir, no había sido derramada aún durante la última cena). Uno podría preguntarse también cómo es que la sangre habría de ser literalmente bebida y literalmente derramada, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Asimismo, según el relato de Marcos (seguido también por Mateo), Jesús les dio a beber de la copa en tanto que Él mismo se abstuvo de beber entonces de lo que llamó, naturalmente, “el fruto de la vid.” De estas palabras del mismo Señor sabemos que el vino continuaba siendo vino, y no se había tornado sangre como lo afirma la doctrina romana. Finalmente, según el relato de Lucas, en lugar de decirse que el vino es la sangre del Señor, Jesús dice que la copa es “el Nuevo Pacto en mi sangre.” Obviamente la copa no es el Nuevo Pacto, sino que lo representa; de igual modo el vino no es la sangre, sino que la representa.
    2. El solo hecho de que los discípulos comiesen el pan y bebiesen el vino sin protesta ni objeción es en sí mismo un poderoso indicador de que no entendieron literalmente las palabras del Señor. Beber sangre estaba absolutamente prohibido para un judío, y los Apóstoles tomaban en serio la Ley (cf. Hechos 10:9-16 y 15:19-29). Ciertamente Jesús sabría mejor que cualquier teólogo si sus discípulos necesitaban mayor explicación acerca de un acto que, por su propia naturaleza, había obviamente de ser tomado en sentido no literal.
    3. Las consecuencias prácticas derivadas por Pablo ciertamente no exigen un entendimiento literal de las palabras de la institución de la Eucaristía. Es un hecho que, para el Señor, las cuestiones espirituales eran de importancia primaria; Jesús enseñó que el odio no era mejor que el homicidio, y la lujuria no era menos que el adulterio. Por tanto, no hay dificultad alguna en admitir que pueden derivarse consecuencias graves de participar indignamente de la Eucaristía sin necesidad de suponer la transformación física del pan y del vino en la carne y la sangre de Jesús..
    4. Jesús dijo: “Yo soy la puerta de las ovejas”; “Yo soy el camino”, “Yo soy la vid verdadera”, “Yo soy el alfa y la omega.” Desde luego que todas estas son evidentemente imágenes. No debiera ser menos evidente que el llamado a participar de la carne y la sangre de Jesús es una imagen de una realidad espiritual y no ha de ser entendido en sentido craso. ¿Quiénes no entendieron esto? Los paganos que creían que los cristianos practicaban el canibalismo.
    Los escritores cristianos primitivos, como Ignacio de Antioquía, Justino Mártir e Ireneo de Lyon hablaron de la Eucaristía en un lenguaje que es compatible con la creencia en una presencia física, pero que, dada su forma habitual de expresarse, en modo alguno la exige.
    En el tercer siglo de nuestra era, Tertuliano, Hipólito y Cipriano avanzaron sobre la misma vía. Tertuliano aludió al pan como una figura del cuerpo. Sin embargo, Cipriano pensaba asimismo de la Eucaristía como de un sacrificio, aunque espiritual e incruento, ofrecido por la Iglesia como Cuerpo de Cristo e identificada con su Señor. Gregorio de Nisa, Cirilo y Juan Crisóstomo, y en particular Ambrosio de Milán (339-397) se inclinaron hacia una presencia física real, es decir alguna clase de transformación verdadera de los elementos, pan y vino, en la carne y sangre de Cristo. Estos desarrollos formaron la base de la doctrina católica actual, que exige un sacerdocio especial para realizar el sacrificio.
    Entre tanto, otros maestros entendieron la Eucaristía en un sentido más espiritual; por ejemplo, Orígenes, Basilio y Gregorio de Nacianzo. El pan y el vino eran para ellos símbolos de una realidad espiritual que estaba de veras presente de modo misterioso. En la misma línea, Agustín de Hipona (354- 430) “enfatizó la distinción entre el símbolo y la cosa significada, las realidades visible e invisible, siendo las últimas aprehensibles solamente por la fe.” [International Standard Bible Encyclopedia 3:167]. Las opiniones de Agustín fueron elaboradas por Ratramnus en el siglo IX. Sin embargo, a la larga esta interpretación perdió la batalla en una iglesia crecientemente ritualista , y cuando en el siglo XI Berengario de Tours la reformuló, sus enseñanzas fueron condenadas por la Iglesia de Roma.
    Un par de siglos antes, Pascasius Radbertus había formulado la doctrina de la transubstanciación, la cual fue sancionada por el IV Concilio de Letrán de 1215. Poco después Tomás de Aquino proveyó una base filosófica basada en distinciones aristotélicas entre substancia y accidentes. El asunto fue definitivamente establecido para la Iglesia de Roma en el Concilio de Trento:
    “Can. 1. Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema.” (Canon 1; Sesión XIII del 11 de octubre de 1551; Denzinger 883)
    Los Reformadores del siglo XVI adoptaron diferentes puntos de vista acerca de la Eucaristía, que se apartaban en medida variable del dogma romanista. Actualmente hay cuatro enunciaciones principales acerca de la naturaleza de la Eucaristía:

    1. Concepto católico romano: Transubstanciación. Según esta creencia, por las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote, el pan y el vino se transforman en la carne y la sangre de Jesús (la doctrina católica establece además que Cristo está enteramente presente en cada una de las especies). Sostener esta doctrina exige creer que cada vez que se celebra una misa se producen dos milagros. El primero es que las palabras de consagración obren la supuesta transformación; y el segundo, no menos sorprendente, es que producida la transformación de la sustancia los atributos externos (“accidentes”, apariencias: color, consistencia, sabor, olor) permanezcan absolutamente inmutables. Es interesante que, por ejemplo, Ambrosio enseñase la presencia real (física) basado en otros milagros realizados por Jesús, como la transformación del agua en vino en Caná de Galilea. Sin embargo, todos los milagros realizados por Jesús y por los Apóstoles tuvieron resultados inmediatos y evidentes. En Caná, la gente probó vino que tenía el color de vino, olía como vino y sabía como vino. Nadie hubiese tomado seriamente un supuesto milagro sin consecuencias perceptibles. Además, la transubstanciación implica un nuevo sacrificio, incruento y subordinado al sacrificio de la cruz, pero sacrificio al fin, oficiado por un sacerdote como representante de la Iglesia, repetido innumerables veces cuando Hebreos establece claramente que el efecto del único sacrificio de Cristo es perdurable y no requiere ni admite repetición. Finalmente, la creencia en la transubstanciación lleva a la conclusión lógica de que los elementos consagrados se tornan en objetos de adoración, una costumbre que no tiene absolutamente ninguna base en el Nuevo Testamento.
    2. Concepto luterano: Consubstanciación. Martín Lutero modificó la doctrina romanista y rechazó enfáticamente la adoración de los elementos consagrados. in embargo, en su opinión el cuerpo y la sangre de Cristo estaban verdaderamente presentes en, con y bajo la forma del pan y del vino durante la celebración del sacramento, de nuevo sobre la base de una interpretación muy literal de las palabras de Jesús.
    3. Concepto calvinista: Calvino enseñó que Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía, pero de manera espiritual –en oposición a una presencia física- y que por tanto el pan y el vino son fuentes de poder y santidad para quienes participan dignamente de ellos.
    4. Concepto simbólico. Aunque a veces asociado al nombre del reformador Ulrico Zwinglio, de hecho este teólogo no negó una presencia espiritual, aunque la basó en la fe de quienes comparten la Eucaristía. Algunas Iglesias evangélicassostienen que el pan y el vino son exclusivamente símbolos.
    Personalmente me inclino hacia el punto de vista calvinista, no solamente por las palabras de institución del propio Señor, sino por la enseñanza de Pablo acerca de las consecuencias de participar negligentemente de la Eucaristía (1 Corintios 11:23-34). En mi opinión, estas palabras han de tomarse muy seriamente e indican que Jesús está de veras presente, aunque en sentido espiritual.
    Finalmente, ofrezco algunas reflexiones sobre el significado de la Eucaristía.
    1. Gratitud por la liberación. Como en la pascua del Antiguo Pacto, la acción de gracias (eucaristía) por la liberación del pecado es uno de los aspectos más importantes en la Cena del Señor.
    2. Expresión de fe. Pablo afirma que cada vez que celebramos la Eucaristía estamos proclamando la muerte expiatoria del Señor, y debemos continuar haciéndolo hasta su segunda venida en gloria y majestad.
    3. Comunión con Dios. Cuando recibimos el pan y el vino se nos otorga participación en los dones de Dios. La comunión con Dios es por tanto un aspecto sobresaliente.
    4. Comunión unos con otros. La Eucaristía fue desde el principio un acto comunitario y una expresión de fraternidad cristiana. Por tanto, cuando la compartimos expresamos nuestra fe común y amor los unos con los otros..
    El resultado de todo lo anterior es el fortalecimiento espiritual de nuestras vidas tanto como creyentes individuales como en nuestro carácter de miembros del Cuerpo de Cristo.

    Juan 6: 28-65
    Si bien la interpretación romanista de la Eucaristía se basa en gran medida en Juan 6, en su contexto este pasaje no está directamente relacionado con ella. De hecho, es notable que el Evangelio de Juan sea el único que omite las palabras de institución de la Eucaristía.
    Juan 6: 28-29 Entonces le dijeron [los judíos]: --¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: --Esta es la obra de Dios: que Creáis en aquel que él ha enviado.
    * Aquí Jesús afirma claramente que Dios no está exigiendo obras como condición para recibir la salvación, excepto la “obra” de creer en Jesucristo, quien fue enviado por el Padre. Esta fe lleva a la salvación y a la vida eterna.
    30-31 Entonces le dijeron: --¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron [efagon] el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer [faguein].
    * Para poder creer, los judíos exigían un signo o milagro; como, por ejemplo, el milagro del maná que sus ancestros habían recibido en el desierto. Este fue su primer error. Nótese cuidadosamente que fueron los interlocutores de Jesús quienes trajeron al debate el tema del alimento milagroso. La respuesta de Jesús debe interpretarse a la luz de este desafío.
    32-33 Por tanto Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que no os ha dado Moisés el pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo.
    .
    * “Por tanto” indica la reacción de Jesús ante la exigencia de sus oyentes. Ahora el Señor emplea las propias palabras de ellos para enseñarles con autoridad. Comienza afirmando que el descenso del maná no fue obra de Moisés sino de Dios mismo y acto seguido establece que el verdadero pan que desciende del cielo no es el maná, sino una Persona enviada por el Padre para que el mundo pudiese tener vida a través de ella. El maná que sostuvo al pueblo peregrino y hambriento de Israel y permitió su supervivencia física no fue sino una sombra o tipo del verdadero alimento celestial, es decir Cristo, por medio de quien tenemos vida eterna.
    34-36 Le dijeron: --Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: --Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed Jamás. Pero os he dicho que me habéis visto, y no creéis.
    .
    * A pesar de la declaración de Jesús, sus oyentes continúan pensando acerca de comestibles, como una especie de “supermaná.” Por tanto, ahora el Señor se torna más explícito: los judíos no han de esperar simplemente un mejor maná, sino la definitiva salvación de Dios, la cual no se encuentra sino en Cristo. No se trata, como enseña la doctrina de la transubstanciación, que el pan se convierta en Cristo, sino de que El es como un pan que da vida eterna. La única forma de comer este pan es creer en Jesús, quien por disposición del Padre es Señor y Salvador. Jesús es capaz de llevar a la vida eterna a todo el que cree.
    37-40 Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; y al que a mí viene, jamás lo echaré fuera. Porque yo he descendido del cielo, no para hacer la voluntad mía, sino la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de todo lo que me ha dado, sino que lo resucite en el día final. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que mira al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el día final.
    .
    * Quien descendió del cielo no es otro que Jesús, y por tanto Él es la comida y la bebida de la salvación. Pero como ocurre a menudo en los Evangelios, y particularmente en este de Juan, aquellos que hablan con Jesús no entienden lo que les está diciendo.
    41- 42 Entonces los Judíos murmuraban de él porque Había dicho: "Yo soy el pan que descendió del cielo." Y Decían: --¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: "He descendido del cielo"?
    * La segunda cosa que los interlocutores de Jesús cuestionan es el origen celestial del Señor. Ellos objetan que lo conocen a él y su familia. Jesús parecía ser uno más de ellos.¿Cómo podrían creer que este hombre había sido enviado directamente por Dios?

    43-47 Jesús respondió y les dijo: --No murmuréis más entre vosotros. Nadie puede venir a Mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga; y yo lo resucitaré en el día final. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oye y aprende del Padre viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que proviene de Dios, éste ha visto al Padre. De cierto, de cierto os digo: El que cree tiene vida eterna.
     Aquí Jesús reafirma su autoridad en términos inequívocos. Solamente por medio de El pueden sus oyentes tener vida eterna. El Señor fundamenta su enseñanza con una cita bíblica (ver Isaías 54: 1-3). A continuación, Jesús retoma y elabora lo que les había dicho antes.
     Como se ha argumentado que Jesús hablaba de comerlo literalmente (en la Eucaristía) sobre la base de que Juan empleó el verbo trögö en lugar del verbo más común esthiö o éfagon , he indicado entre corchetes el verbo empleado en cada referencia a “comer”. El primer verbo (esthion) aparece ocho veces en este pasaje, y el segundo (trögö) cuatro veces. Las cuatro veces que aparece trögö figura con la misma construcción, “ho trögös”, o “el que comiere”. Pero asimismo en cuatro ocasiones (versículos 50, 51 y 53 [dos veces] ) , esthion/éfagon se refiere a comer “la carne del Hijo del hombre.” En consecuencia, ya que ambas expresiones se emplean obviamente como sinónimos, no puede construirse un argumento sobre el empleo de “trögö.”
    48-51 Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron [efagon] el Maná en el desierto y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que coma [fagëi] de él no muera.Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come [fagëi] de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré por la vida del mundo es mi carne.

    * La comparación es directa. Aquellos que, guiados por Moisés, comieron el maná del cielo, de todos modos murieron. En cambio, Jesús ofrece ahora nada menos que vida eterna, y tal vida perdurable solamente puede obtenerse por medio de él. Por esta razón, el maná era un tipo o prefiguración de la realidad que se encuentra solamente en Cristo. Por esta razón él se describe a sí mismo como el pan definitivo, un pan que será dado para la salvación del mundo, como luego dirá el Apóstol, “muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.” Sus oyentes se muestran cada vez más confundidos, por la sencilla razón de que ellos están pensando en que Él habla de comer literalmente la carne de Jesucristo. Su error fue precisamente desconocer el paralelo que Jesús trazaba.
    52 – 59 Entonces los judíos contendían entre Sí, diciendo: --¿Cómo puede éste darnos a comer [fagein] su carne? Y Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que si no coméis [fagëte] la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come [trögön] mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come [trögön] mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él.Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, de la misma manera el que me come [trögön] también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo. No como los padres que comieron [efagon] y murieron, el que come [trögön] de este pan vivirá para siempre. Estas cosas dijo en la sinagoga, cuando enseñaba en Capernaúm.
    * En lugar de darles más explicaciones, Jesús insiste en lo que ha dicho: El es el pan de vida. Para quienes anhelan vida eterna, su carne es la única verdadera comida y sangre es la única verdadera bebida.
    60 – 63 Entonces, al oírlo, muchos de sus discípulos dijeron: --Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? Sabiendo Jesús en Sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: --¿Esto os escandaliza? ¿Y si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba primero? El Espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida.
     Muchos de los oyeron a Jesús, incluidos algunos de sus discípulos, se ofendieron por lo que ellos pensaron que era una enseñanza escandalosa. En lugar de suavizar sus palabras, el Señor plantea otro desafío más: si ellos hallaban esto tan duro que por esa razón rechazaban la oferta de salvación, ¿cuánto más duro habría de ser cuando vieran a Jesús en gloria y se dieran cuenta de lo que habían perdido a causa de la dureza de sus corazones?
     La clave para entender rectamente las las palabras de Jesús ha de hallarse en su declaración sobre el valor del Espíritu y de la carne, y el hecho de que sus palabras son Espíritu y vida. El énfasis está puesto en la necesidad de creer a Jesús y aceptar su salvación.
    64-65 Pero hay entre vosotros algunos que no creen. Pues desde el principio Jesús Sabía quiénes eran los que no creían y quién le Había de entregar, y Decía: --Por esta razón os he dicho que nadie puede venir a Mí, a menos que le haya sido concedido por el Padre.
    .
     De nuevo, el tema central del discurso es la necesidad de creer en Jesús, una actitud del corazón de la cual “comer su carne y beber su sangre” no es sino una imagen. Se yerra gravemente si se confunde la imagen con la realidad espiritual que representa.
     La teología católica romana emplea este pasaje como una de sus evidencias más firmes de su doctrina de la transubstanciación, es decir, que en virtud de las palabras de consagración de un sacerdote, el pan y el vino se convierten, sin variar en su apariencia, en la carne y la sangre (y Trento agrega “alma y divinidad”, sin justificativo bíblico alguno) de nuestro Señor. Con esto ponen la Escritura patas para arriba, pues lo que el Señor estaba enseñando no era que el pan y el vino eucarísticos fuesen a convertirse en El, sino que El era como un pan y un vino que llevan a la vida eterna, a diferencia del maná que no tenía tal poder.
    Debiera subrayarse enfáticamente en que lo que entendieron los oyentes de Jesús a partir de las palabras de él es por completo irrelevante, ya que ellos obviamente mainterpretaron su enseñanza:
    1. Ellos equivocadamente exigieron una señal como el maná del desierto.
    2. Ellos equivocadamente rechazaron que Jesús viniese del cielo.
    3. Ellos equivocadamente pasaron por alto la exigencia de Jesús de creer en él para alcanzar la vida eterna.
    4. Ellos malentendieron la descripción que Jesús hizo de sí mismo como el definitivo pan de Dios, pensando erróneamente que se refería a un acto de canibalismo
    Colin Brown ha observado acerca de este texto:
    “Se supone comúnmente que Juan 6 se trata acerca de la Cena del Señor, aunque no hay indicio en el texto mismo de ninguna forma de comida, ya sea litúrgica u otra. A pesar de ello, se lo llama reiteradamente un discurso eucarístico, aunque no hay referencia a la Eucaristía o a la última Cena. Hay, sin embargo, al menos un [caso] prima facie para decir lo inverso. Juan 6 no se trata acerca de la Cena del Señor; más bien, la Cena del Señor se trata de lo que se describe en Juan 6. Tiene que ver con aquel comer y beber que consiste en creer en Cristo (6:35), lo cual es vida eterna (6: 54), y que es descrito en otras palabras como permanecer en él (6:56). El discurso de Juan 6 representa estas actividades como centrales para la fe y para la relación de los hombres con Jesús. Ellas o están confinadas a una comida sacramental. Pertenecen a la esencia misma de las relaciones cotidianas. Al presentar este discurso y omitir una narración de la institución de la Cena del Señor, Juan está en efecto diciendo que el todo de la vida cristiana debiera caracterizarse por este alimentarse de Cristo, y que de esto se trata precisamente la comida sacramental de la Iglesia.”
    (s.v. “Lord’s Supper.” Colin Brown, Ed. New International Dictionary of New Testament Theology. Grand Rapids: Zondervan, 1976, 2:535).
    En resumen, muchos rechazaron a Jesús porque no podían entender lo que él les estaba diciendo. Esta notoria incomprensión nunca puede ser una base adecuada para la doctrina cristiana. Muchos tampoco le entendieron cuando dijo que era la Vid, la Puerta, que su cuerpo era el Templo, etc.
    El texto en consideración no se refiere directamente a la Eucaristía, cuya institución, como antes noté, se omite en el Evangelio de Juan. El contexto no es eucarístico, sino soteriológico. Se trata acerca de quién es Jesús y lo que Dios nos ofrece por intermedio de él. La imagen de la comida y la bebida verdaderas fue presentada en respuesta a la exigencia de los oyentes de Jesús de un milagro como el del antiguo maná.
    Mientras que la teología romana enseña que el pan se torna Jesús, nuestro amado Señor enseñó que él era un pan de vida. Y hay una gran diferencia entre ambas concepciones.
    Que Dios les bendiga a todos,
    su hermano Jetonius
    Concilio de Trento
    Sesión XIII del 11 de octubre de 1551
    Primeramente enseña el santo Concilio, y abierta y sencillamente confiesa, que en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y sustancialmente [Can. 1] nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles... (Denzinger 874)
    Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia del pan [Mt. 26,26ss; Mc. 14, 22ss; Lc. 22, 19s; 1 Cor. 11, 24ss]; de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realizan la conversión de toda la sutancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transustanciación por la santa Iglesia Católica [Can. 2] (Denzinger 877).
    No queda, pues, ningún lugar a duda de que, conforme a la costumbre recibida de siempre en la Iglesia Católica, todos los fieles de Cristo en su veneración a este santísimo sacramento deben tributarle aquel culto de latría que se debe al verdadero Dios [Can. 6]. .. (Denzinger 878)
    Cánones sobre el santísimo sacramento de la Eucaristía
    Can. 1. Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema. (Denzinger 883)
    Can. 2. Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo ... sea anatema. (Denzinger 884)
    Can. 4. Si alguno dijere que, acabada la consagración, no está el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la Eucaristía, sino sólo en el uso, al ser recibido, pero no antes o después, y que en las hostias o partículas consagradas que sobran o se reservan después de la comunión, no permanece el verdadero cuerpo del Señor, sea anatema. (Denzinger 886)
    Can. 6. Si alguno dijere que en el santísimo sacramento de la Eucaristía no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, Hijo de Dios unigénito, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta ni llevándole solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema. (Denzinger 888)
    LA IRREPETIBILIDAD DEL SACRIFICIO DE CRISTO, SEA DE FORMA CRUENTA O INCRUENTA
    Doctrina de la Iglesia de Roma
    Concilio de Trento
    Sesión XXII del 17 de setiembre de 1562
    “Y porque en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz [Heb. 9,27]; enseña el santo Concilio que este sacrificio es verdaderamente propiciatorio [Can. 3] ... (Denzinger 940).
    Canon 3. Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema.”
    En otras palabras, aunque se reconoce la naturaleza única e irrepetible del sacrificio de Jesucristo en la cruz, al mismo tiempo se afirma que en cada misa que se celebra, el sacerdote inmola a Dios , aunque en forma incruenta, al mismo Señor.
    Doctrina bíblica
    Hebreos 7: 15-16, 21-28
    “Esto es aun más evidente si otro sacerdote se levanta a la semejanza de Melquisedec, quien no ha sido constituido conforme al mandamiento de la ley acerca del linaje carnal, sino según el poder de una vida indestructible.
    ...
    Los otros fueron hechos sacerdotes sin juramento, mientras que éste lo fue por el juramento del que le dijo: Juró el Señor y no se arrepentirá: "Tú eres sacerdote para siempre."
    De igual manera, Jesús ha sido hecho fiador de un pacto superior. A la verdad, muchos fueron hechos sacerdotes, porque debido a la muerte no podían permanecer. Pero éste, porque permanece para siempre, tiene un sacerdocio perpetuo. Por esto también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, puesto que vive para siempre para interceder por ellos.”
    El sacerdocio de Jesucristo es superior en todo sentido al de Aarón:
    1. No está ligado al linaje
    2. Fue establecido con juramento
    3. Fue establecido con un pacto superior
    4. Es perpetuo e involucra una intercesión permanente
    5. Es suficiente para la salvación de todos los que en el confían.
    “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, puro, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos. El no tiene cada día la necesidad, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios , primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre , ofreciéndose a sí mismo. La ley constituye como sumos sacerdotes a hombres débiles; pero la palabra del juramento, posterior a la ley, constituyó al Hijo, hecho perfecto para siempre.”
    El sacerdocio de Jesucristo es superior en todo sentido al de Aarón:
    1. El Sacerdote es perfecto en todo sentido
    2. No necesita ofrecer sacrificio por su propio pecado
    3. No necesita repetir el único sacrificio que realizó una vez para siempre
    Hebreos 8:6
    “Pero ahora Jesús ha alcanzado un ministerio sacerdotal tanto más excelente por cuanto él es mediador de un pacto superior, que ha sido establecido sobre promesas superiores.”
    El sacerdocio de Jesucristo es superior en todo sentido al de Aarón:
    1. Su ministerio sacerdotal es excelente
    2. El es el mediador de un mejor Pacto
    3. Este Pacto involucra promesas superiores
    Hebreos 9: 8-14
    “Con esto el Espíritu Santo daba a entender que todavía no había sido mostrado el camino hacia el lugar santísimo, mientras estuviese en pie la primera parte del tabernáculo. Esto es una figura para el tiempo presente, según la cual se ofrecían ofrendas y sacrificios que no podían hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que rendía culto. Estas son ordenanzas de la carne, que consisten sólo de comidas y bebidas y diversos lavamientos, impuestas hasta el tiempo de la renovación.”
    Pero estando ya presente Cristo, el sumo sacerdote de los bienes que han venido, por medio del más amplio y perfecto tabernáculo no hecho de manos, es decir, no de esta creación, entró una vez para siempre en el lugar santísimo, logrando así eterna redención , ya no mediante sangre de machos cabríos ni de becerros, sino mediante su propia sangre. Porque si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de la vaquilla rociada sobre los impuros, santifican para la purificación del cuerpo, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará nuestras conciencias de las obras muertas para servir al Dios vivo!
    El sacerdocio de Jesucristo es superior en todo sentido al de Aarón:
    1. Porque no consiste en “ordenanzas de la carne”, ritos repetitivos que sólo prefiguraban la realidad presente
    2. Porque el tabernáculo era solamente una imitación transitoria del santuario perfecto y celestial al cual ingresó Jesucristo
    3. Porque el Señor solamente necesitó ingresar una vez al tabernáculo celestial
    4. Porque lo hizo una vez por medio de su propia sangre
    5. Porque este único e irrepetible sacrificio bastó para la eterna redención
    Hebreos 9: 23-28
    “Era, pues, necesario purificar las figuras de las cosas celestiales con estos ritos; pero las mismas cosas celestiales, con sacrificios mejores que éstos. Porque Cristo no entró en un lugar santísimo hecho de manos, figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora delante de Dios a nuestro favor. Tampoco entró para ofrecerse muchas veces a sí mismo , como entra cada año el sumo sacerdote en el lugar santísimo con sangre ajena. De otra manera, le habría sido necesario padecer muchas veces desde la fundación del mundo. Pero ahora, él se ha presentado una vez para siempre en la consumación de los siglos, para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo . Entonces, tal como está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para quitar los pecados de muchos . La segunda vez, ya sin relación con el pecado, aparecerá para salvación a los que le esperan. “
    El sacerdocio de Jesucristo es superior en todo sentido al de Aarón:
    1. Porque las cosas celestiales requerían una purificación perfecta y definitiva
    2. Porque por su propia naturaleza tal sacrificio podía y debía ofrecerse solamente una vez, “en la consumación de los siglos”.
    3. Porque tiene eficacia perpetua y universal para quitar el pecado
    Hebreos 10: 8-14
    “Habiendo dicho arriba: Sacrificios, ofrendas y holocaustos por el pecado no quisiste ni te agradaron (cosas que se ofrecen según la ley), luego dijo: ¡Heme aquí para hacer tu voluntad! El quita lo primero para establecer lo segundo. Es en esa voluntad que somos santificados, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre . Todo sacerdote se ha presentado, día tras día, para servir en el culto y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados. Pero éste, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados , se sentó para siempre a la diestra de Dios, esperando de allí en adelante hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Porque con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los santificados . “
    El sacerdocio de Jesucristo es superior en todo sentido al de Aarón:
    1. Porque su sacrificio involucró perfecta obediencia
    2. Porque trajo consigo la abolición del sistema antiguo e imperfecto
    3. Porque no fue necesario sino que presentara un único sacrificio
    4. Porque esta sola perfecta ofrenda basta para la expiación de todos los pecados.
    En los pasajes citados se afirma no menos de seis veces que el sacrificio de Cristo fue hecho una sola vez y que su eficacia es perpetua, “para salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios”, . “para ofrecer sacrificio... por los pecados de ellos”, para ser mediador de “un pacto superior”, para lograr “eterna redención”, para “limpiar nuestras conciencias”, para “quitar los pecados”, para que seamos santificados y para que seamos perfeccionados.
    La sola idea de que sea necesario, o siquiera posible, repetir este sacrificio, sea de manera cruenta o incruenta, es por completa ajena al texto y contexto de la Escritura.
    Que Dios les bendiga e ilumine,
    Jetonius
    <{{{><

  8. #8
    Tobi Invitado

    Por Defecto

    Buena aportación y muy documentada, Maripaz.
    Recomendaria a nuestro inefable Luis Fernando que viese en una de las "Entrevistas a Pedro" lo referente a la misa y su incongruencia respecto a lo que enseña el Nuevo Testamento.
    Desde el ara donde hay que celebrarlo hasta lo que se pretende una "ofrenda a Dios" Solo añadiré una reflexión: ¿A quien representa el sacerdote oficiante? Si tenemos bien presente que la palabra sacerdote significa "sacrificador" y que el sacrificado es el mismo Cristo dicho sacerdote representarà al Sanedrin Judio que fueron los que le condenaron, a Poncio Pilato que ordenó la ejecución y a los soldados romanos que ejecutaron el sacrificio y junto a él todos aquellos que creen en semejante acto.
    Repito que aquellos que creen en el susodicho acto que vayan a la entrevista citada y que refuten aquella argumentación.
    Un abrazo, Maripaz

  9. #9
    Fecha de Ingreso
    Nov 1998
    Edad
    45
    Respuestas
    12.182

    Por Defecto

    Por curiosidad, Tobi, ¿se ha leído usted el texto que he puesto de Steve Ray?
    “Cualquier otra carga te oprime y te abruma, mas la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias el peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás como vuela”
    San Agustín, Serm. 126, 12.

  10. #10
    Fecha de Ingreso
    Oct 2000
    Respuestas
    575

    Por Defecto

    Bueno, Luis Fernando, le confieso que mi boca tambièn enmudeciò (como dijo su otro ayudante en la siguiente respusta) pero...de sueño!

    No entendìa nada de ese trabalenguas cantinflesco de filosofìa humana y me dormì cuando iba por la mitad.

    Pero prometo que pedirè una tarde libre para poder leerlo con detenimiento y poder resaltar lo mucho que se han desviado de las sagradas Escrituras del Evangelio de Cristo.

    Mientras tanto, traten de seguir matando "incruentamente" a Jesucristo en cada misa por esos "sacerdotes" del nuevo Aaròn romano.

    (¿"Incruentamente"? ¿Què significarà la eufemìstica palabrita? ¿Sin dolor? ¿Con anestesia y muy ascèptico para evitar la sangre?)
    (Claro, porque una galleta harinosa derrama muy poca sangre)

    Volveremos. (Con un cafè bien negro para no dormirnos)

    Matrix.

  11. #11
    Fecha de Ingreso
    Oct 2000
    Respuestas
    575

    Por Defecto

    ¿Còmo hicieron Luis Fernando y Maripaz para escribir el dìa 6 con el foro cerrado?

  12. #12
    Fecha de Ingreso
    Jun 1999
    Edad
    54
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    19.994

    Por Defecto

    Originalmente enviado por Gold Matrix:
    ¿Còmo hicieron Luis Fernando y Maripaz para escribir el dìa 6 con el foro cerrado?

    ¿Cómo has hecho tu para escribir a las 5 de la madrugada, mientras yo dormía? :D


    Maripaz

  13. #13
    Fecha de Ingreso
    Nov 1998
    Edad
    45
    Respuestas
    12.182

    Por Defecto

    Matrix, ya le respondí en el otro foro a ese mensaje que ahora copia aquí.
    Esta fue mi respuesta:

    Matrix, antes de que usted se líe la manta a la cabeza e intente demostrar sus supuestas habilidades como "apologeta evangélico", cosa irrisoria, le recuerdo que tiene la capacidad de conseguir que los católicos que debatimos con usted salgamos bien relucientes y lustrosos cada vez que usted se pone en nuestro camino.
    Se lo digo para que luego no le ocurra lo de siempre, es decir, que llegue un momento en que usted se vea incapaz de responder a mis preguntas o de salir de sus típicas cantinelas vacías de profundidad argumentativa.
    Creo que se me entiende, ¿verdad?

    -----------
    “Cualquier otra carga te oprime y te abruma, mas la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias el peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás como vuela”
    San Agustín, Serm. 126, 12.

  14. #14
    Fecha de Ingreso
    Sep 1999
    Respuestas
    3.358

    Por Defecto

    Antes de leer ese larguísimo aporte, me pregunto por qué para entender algo tan cotidiano en el catolicismo hay que escribir tantísimo!!!! Debería ser sencillo de explicar, me parece a mí, a menos que haya que empezar a poner cosas y cosas para sepultar la Palabra de Dios y que quede otra cosa totalmente extrabíblica.
    "Porque Dios es bueno y para siempre su misericordia"

  15. #15
    Fecha de Ingreso
    Oct 2000
    Respuestas
    575

    Por Defecto

    De: IGORCB
    A: Luis Fernando (LFP)

    en respuesta

    Muy estimado LFP:

    ...... te pido que escribas acá un estracto sinóptico del escrito que has enviado.

    Resulta que he bajado el mismo a Word y son 38 páginas, dudo mucho que la mayor parte de quienes acá debatimos tengamos tiempo para leerlo completo en tiempo breve (eso dependerá claro de la ocupación y obligaciones de cada cual).

    Si pudieses facilitarnos la exposición de lo que a ti te parece más rescatable te quedaré agradecido.....

    Agradeceré tu esfuerzo e interés por explicar el asunto, comprendderás que un foro no en un lugar para escritos extensos.

    Procuraré hacerme tiempo para leer el escrito pero si en verdad deseas hacer conocer tus ideas sin duda las expondrás de una manera más pedagógica.

    Hasta donde puedo entender tu propósito es defender la doctrina de la trassubstanciación ¿me equivoco?

    Bendiciones

    Igor.

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