LA MUERTE de John Wiclef causó gran regocijo entre sus enemigos. Ya no serían atormentados por los problemas que habían causado las enseñanzas de éste. Iban a poder restablecer el dominio que tenían sobre la gente. Ahora se podían relegar a segundo plano los escritos de Wiclef y su traducción de la Biblia al inglés. Aunque puede que ellos hayan tenido tal esperanza, no se realizó. Los seguidores de Wiclef, los lolardos, estuvieron más decididos que nunca a mantener viva la obra de él.

El sobrenombre “lolardo” se había oído en años anteriores, pues su origen se remonta al siglo catorce en los Países Bajos. Sin embargo, este nombre realmente ganó fama después de la muerte de Wiclef. Este apodo se tomó del término holandés de aquella época lullen (del cual proviene la palabra inglesa “lull,” que en el inglés arcaico significa cantar, tararear o salmodiar), y por lo tanto denota a ‘un alabador de Dios.’ La palabra loller del inglés de aquella época (latinizada como lollardus), que designa a un vagabundo desocupado o haragán, estaba mezclada con la idea de alabanza. El hecho de que los lolardos eran todo menos personas desocupadas lo muestra la diligencia que desplegaron al predicar la Palabra de Dios por toda Inglaterra.

LA SEGUNDA BIBLIA DE WICLEF

La traducción de la Biblia hecha por Wiclef desarrolló un apetito por las Escrituras que pedía satisfacción. Al mismo tiempo, el usar esta versión en la predicación reveló que a menudo su manera de verter las Escrituras era difícil de entender. Se necesitaba una revisión a fin de poner el mensaje de la Biblia en el lenguaje de la gente común. Varios seguidores de Wiclef prestaron ayuda en esta obra y su compañero más allegado, John Purvey, parece haber tomado la delantera.

El prefacio o prólogo a la segunda versión de Wiclef describe algunos de los principios que se usaron en la traducción. El texto latino no se aceptó sencillamente tal como estaba, pues los traductores se habían dado cuenta de que en el transcurso de los siglos se habían infiltrado furtivamente errores y corrupciones. Se recogieron y compararon tantas versiones antiguas como fue posible, “para hacer una Biblia latina más veraz; para luego estudiarla de nuevo, el texto con la glosa”... un método que era casi desconocido en aquellos días. Mientras buscaban lograr un texto latino más puro, los traductores también se esforzaron por encontrar los significados más correctos y precisos de las palabras y frases difíciles, y por entender algo de la gramática que se usaba. Finalmente, el traductor se apegaba “tan claramente como podía a la oración” y luego hacía que su trabajo fuera revisado y corregido.—The English Hexapla, pág. 29.

El resultado fue una traducción inglesa en la cual se hizo un esfuerzo por mantener el sentido del latín mientras se usaba el modo de expresión característico del inglés. La popularidad de esta revisión lo indica el hecho de que en la actualidad existen cinco veces más ejemplares de la segunda versión que de la primera. Muchas de las palabras y frases de esta Biblia se usaron en la versión de Tyndale, y por consiguiente en la Versión Autorizada.
Una comparación sencilla sirve para ilustrar la diferencia entre las dos versiones de Wiclef, y el lector de inglés puede notar esto en lo que sigue. Una traducción moderna de Hebreos 1:1, 2a dice así en inglés: “God, who long ago spoke on many occasions and in many ways to our forefathers by means of the prophets, has at the end of these days spoken to us by means of a Son.” La primera versión de Wiclef dice: “Manyfold and many maners sum tyme God spekinge to fadris in prophetis, at the laste in thes daies spak to us in the sone.” Note ahora cómo mejoró el sentido con el uso del estilo de expresión inglés en la segunda versión de Wiclef: “God, that spak sum tyme bi prophetis in many maneres to oure fadris, at the laste in these daies he hath spoke to us bi the sone.”—Our Bible and the Ancient Manuscripts.

Muchas de las Biblias primitivas en inglés son grandes y muy adornadas, lo cual indica que las personas que las usaban eran de la clase rica y educada. Sin embargo, hay una buena cantidad de ejemplares posteriores de las versiones de Wiclef que son de tamaño pequeño y están escritas en forma compacta y diseñadas para ser usadas por la gente común y para ser escondidas en un bolsillo o manto si se hacía necesario. El tamaño pequeño y sencillo mantenía el costo bajo y era práctico en un tiempo en que el poseer una Biblia en el idioma vernáculo ponía a su dueño en situación peligrosa ante las poderosas autoridades religiosas.

PREDICABAN POR TODO EL PAÍS

Los predicadores lolardos viajaban mayormente a pie, y llevaban un palo pesado que les servía de protección y de ayuda al caminar. Limitándose por razones de mayor seguridad a las áreas rurales, llegaban a una aldea o pueblo pequeño, donde el asistente o escudero reunía a la gente para que ésta escuchara el mensaje, a menudo al aire libre, en cabañas o granjas, o en el pasillo de una casa más grande. Se repartía un tratadito y una Biblia y a veces solamente uno o dos libros de la Biblia. Después que el predicador itinerante se dirigía a la siguiente aldea, estos impresos se pasaban de una persona a otra, y se leían y consideraban con gran interés. En estas reuniones no solo se leía la Biblia, sino que se enseñaba a leer para que más personas pudieran tener acceso personal a las Escrituras.

Como apoyo de lo que se enseñaba se acudía a la Biblia. En cuanto a entrenar a los predicadores, Wiclef mismo dio énfasis a la necesidad de seguir las instrucciones sencillas que Jesús había dado cuando envió a los 70 discípulos. (Luc. 10:1-11) Los lolardos habían de depender de sus amigos por alimento y alojamiento, y se vestían de manera sencilla, a menudo con una manta hecha de paño rústico que los distinguía. Muchos de los que oían la Palabra de Dios la aceptaban, y el lolardismo se esparció desde Oxford y Leicester a través de la región central de Inglaterra, la región fronteriza de Gales y el oeste de Inglaterra. Los residentes de una zona luego podían estudiar con otras personas que anhelaban aprender.

El siguiente es un ejemplo: “Nicolas Belward es miembro de la misma secta y tiene un Nuevo Testamento que compró en Londres por cuatro marcos y cuarenta peniques, y enseñó el contenido a William Wright y a su esposa Margery y trabajó con ellos por espacio de un año y estudió diligentemente lo que decía el Nuevo Testamento.”—Foxe’s Acts and Monuments.

Durante los años restantes del siglo catorce, el movimiento de los lolardos siguió creciendo, pero se mantuvo mayormente dentro de la Iglesia Católica Romana. La formación de un cuerpo separado era cosa inaudita en aquellos tiempos. Wiclef siempre se había esforzado por convertir a la Iglesia desde el interior, y sus seguidores continuaron con este objetivo por algún tiempo. Pero a medida que aumentó la influencia de los lolardos en el país, se generó más controversia. Los predicadores lolardos no desplegaron la perspicacia y gentileza de razonamiento que se manifestaba en los escritos de Wiclef. Rotundamente denunciaron las peregrinaciones, las supersticiones, las indulgencias, los santos, los lugares sagrados y el uso de imágenes.

Gradualmente, ciertos lolardos prominentes se dieron cuenta de que ya no podían permanecer dentro de la Iglesia. Sin embargo, la influencia de ésta era tan grande que muchos predicadores, cuando se les capturaba, renunciaban a sus nuevas creencias por temor a la excomunión. La persecución de las autoridades hizo del lolardismo un movimiento clandestino.

En un esfuerzo por obtener reformas legales y de carácter más permanente, en 1395 se presentó al Parlamento un manifiesto en el cual se enumeraban los artículos principales de la creencia de los lolardos. Este manifiesto también se clavó en las puertas de la catedral de San Pablo y de otras iglesias notables. Los obispos, enfurecidos, apelaron al rey Ricardo II para que tomara medidas. Él hizo que los cabecillas se sometieran por medio de atemorizarlos, y el Parlamento rechazó la petición. Desde ese tiempo en adelante los obispos buscaron el modo de obtener decretos más precisos para deshacerse de los lolardos.

FRACASA EL INTENSIFICAR LA PERSECUCIÓN

Para el comienzo del siglo quince los lolardos todavía estaban recibiendo el apoyo de amigos influyentes que habían ayudado a detener muchos de los ataques que se habían dirigido en contra de estos predicadores. Pero el nuevo rey, Enrique IV, debía su dominio a la Iglesia Romana. Aunque su padre, Juan de Gante, había sido uno de los amigos más leales de Wiclef, Enrique de Lancaster fue lo contrario. En 1401, el Parlamento pasó un estatuto que dio a los obispos el verdadero respaldo para quemar a los herejes.

En 1401, cuando se sometió a juicio a John Purvey, éste se retractó. Sin embargo, otro líder sobresaliente, William Sawtry, rehusó alterar su convicción de que, después de la consagración por el sacerdote, el pan seguía siendo pan literal y no pasaba por ninguna transubstanciación. Al cabo de dos días de discusiones, Sawtry fue quemado en la hoguera en el mercado ganadero de Smithfield, en Londres. A pesar de esta victoria, el arzobispo de Canterbury, Thomas de Arundel, procedía con cautela. Todavía se apoyaba mucho a los lolardos en algunos condados, y los obispos de aquellos sectores no se atrevían a tomar la delantera en la persecución contra éstos. Cuando Juan Badby, sastre de Evesham, en Worcestershire, fue llevado a la hoguera en 1410, el joven príncipe Enrique fue a verlo personalmente para tratar de instarle a cambiar de opinión. Hubo un momento en que se quitaron los haces de leña, pero todo esfuerzo por persuadirlo fracasó. Finalmente se puso fuego a la leña. Cuando el príncipe llegó a ser el rey Enrique V, todavía quedó decidido a continuar la norma de su padre. Hizo arrestar a un eminente lolardo, Sir John Oldcastle, pues Enrique V pensó que tal ejemplo sería más eficaz para acabar con la obra de los herejes.

Cuando Oldcastle logró escapar de la Torre de Londres, sus apoyadores se levantaron en armas para defenderlo. Este fue uno de los errores más graves que cometieron, puesto que habían renunciado a la guerra porque estaba en contra de los principios del cristianismo. Cuando fracasaron en su intento por secuestrar al rey en Eltham, cerca de Londres, marcharon hacia St. Giles’ Fields en Londres para unirse a otros grupos. Pero todos fueron capturados o vencidos. Aunque Oldcastle escapó y evitó la captura por tres años, finalmente fue arrestado y quemado en la hoguera en 1417. Los lolardos nunca más volvieron a intervenir por fuerza de las armas ni entraron en la esfera política. Aunque la persecución aumentó y muchos más lolardos perecieron en la hoguera, esto no pudo detener su mensaje. Hasta en Norfolk el mensaje corrió como un reguero de pólvora una vez que murió el obispo Spencer, quien había llevado a cabo una campaña en contra de los lolardos. Se abrieron escuelas para enseñar a leer y escribir, y los lugares de reunión no autorizados florecieron.

El uso de la Biblia llegó a ser un punto central de la persecución. Un estatuto anterior, aprobado en el Concilio de Tolosa en 1229, prohibía que un lego tuviera una copia de las Escrituras en el idioma vernáculo, pero este estatuto no recibió mucho apoyo en Inglaterra. Sin embargo, supuestamente se requería licencia episcopal si alguien quería emprender la obra de traducir la Biblia. En 1408, una Convocación de Canterbury decretó que no se había de traducir ninguna parte de la Biblia, y que nadie debía leer “ninguno de los libros, folletos o tratados que se hayan hecho recientemente en el tiempo de John Wiclef o desde entonces . . . ni pública ni privadamente, so pena de excomunión mayor.” Este mandato fue reforzado en 1414 por una ley que castigaba a las personas que leyeran las Escrituras en inglés. Estas perderían tierra, ganado, bienes y la vida.

Algunos obispos de la localidad emitieron otros decretos, notablemente en Somerset y Lincolnshire. En Lincolnshire a “James Brewster se le acusó de poseer cierto librito bíblico en inglés.” Agnes Ashford había enseñado a un hombre “parte del Sermón del Monte.” Fue llevada ante seis obispos, y enfáticamente recibió la advertencia de no enseñar estas cosas, ni siquiera a sus hijos.

LAS ENSEÑANZAS DE WICLEF EN EL CONTINENTE

Aunque la gente común no podía leer la Biblia abiertamente, una persona de gran autoridad podía. Ana, reina de Inglaterra y esposa de Ricardo II, tenía una Biblia latina y una en su propio idioma bohemio. El hermano de la reina Ana, el rey Wenceslao, había accedido al casamiento de ella, que se efectuó en 1382 a instancias del papa, quien por esta unión esperaba obtener sus propios fines egoístas, pero no pudo prever lo que sucedería como resultado de aquello. Ana pronto oyó acerca de los escritos de Wiclef y obtuvo algunos de ellos, junto con los cuatro Evangelios en inglés. Puesto que le agradó lo que leyó, dio su apoyo a Wiclef. Miembros de la Corte de Praga que la visitaron se llevaron consigo algunas de las obras de Wiclef al regresar a Bohemia. La Universidad de Praga también estableció lazos con la Universidad de Oxford, que todavía favorecía considerablemente a Wiclef.

Como resultado de este contacto, Jan Hus, o Huss, llegó a leer los escritos de John Wiclef. Jan Hus, educado en la Universidad de Praga, llegó a ser el rector de ésta. En 1403 se efectuó una serie de discusiones acerca de las enseñanzas de Wiclef. Las autoridades las condenaron, pero Hus continuó pronunciando discursos acerca de ellas. Finalmente, en 1409, el papa Alejandro V emitió una bula papal en la cual se ordenó una investigación. Hus y sus seguidores fueron excomulgados, y 200 volúmenes de los escritos de Wiclef fueron quemados. Pero Bohemia ardía de un cabo al otro con las enseñanzas de Hus y de Wiclef, y por eso el rey no apoyó al papa. Cuando el papa murió en 1410, y luego al año siguiente murió el arzobispo de Praga, Hus aprovechó esta oportunidad para continuar su predicación.

En 1414 el emperador Segismundo convocó el Concilio de Constanza en un esfuerzo por terminar con el cisma papal. Los efectos alarmantes de los escritos de Wiclef volvieron a considerarse. El papado ahora podía ver los resultados en dos países ampliamente separados uno del otro, Inglaterra y Bohemia. En 1415 Hus fue condenado y quemado en la hoguera a pesar de un salvoconducto que le fue otorgado por el emperador. A Wiclef se le declaró líder de la herejía en aquella época. Sus libros habían de ser quemados y sus restos sacados de su tumba y echados fuera del ‘suelo consagrado.’ A dos obispos que sirvieron sucesivamente en Lincoln esta acción les pareció tan repugnante que no se llevó a cabo sino hasta 1428. Entonces, el cuerpo de Wiclef fue desenterrado y quemado, y sus cenizas fueron esparcidas en el cercano río Swift. Fue natural que algunas personas vieran en esta acción vil un significado simbólico: Así como las aguas del río llevaron sus cenizas al ancho océano, así las enseñanzas de Wiclef se estaban esparciendo por todo el mundo.

Un testimonio de 1572 pintó a Wiclef encendiendo la chispa, a Hus avivando las brasas, y a Lutero sosteniendo en alto la antorcha. Wiclef puso en moción muchas de las ideas y principios que salieron a la superficie en el siglo dieciséis cuando la Reforma removió algunas de las tradiciones y enseñanzas falsas que se habían desarrollado durante el oscurantismo y la época medieval. Los lolardos sobrevivieron a través de todo este período. Cuando en Inglaterra se introdujeron los escritos de Lutero, las congregaciones de los lolardos se mezclaron con el nuevo movimiento, por lo semejantes que eran las enseñanzas de unos y otros.

Gradualmente la Biblia estaba siendo librada de los grilletes que la habían hecho un libro cerrado a todos con excepción de algunas personas acaudaladas favorecidas. ¿Apreciamos hoy el valor que desplegaron personas muy devotas? Ellas estimaban la Biblia como un libro que valía la pena leer y estudiar... de hecho, que valía su propia tierra, libertad y vida. ¿Tiene algún efecto en nosotros el gran esfuerzo que se hizo para estudiar con libertad las Escrituras? Solo podemos decir que lo tiene si nosotros mismos estudiamos la Biblia y desplegamos una fe activa, al compartir las verdades de ella con otros.