
Originalmente enviado por
Ricardo
Este segundo hombre que Jesús introduce en su relato sí que tiene nombre, por lo que colegimos que el Hijo de Dios desde mucho antes que Lázaro naciera ya lo había visto anotado en su libro en los cielos: “Dios es ayuda” significa, como una forma del nombre Eleazaros.
En cuanto al adjetivo griego PTÖCOS –aquí traducido mendigo-, indica a un pobre pero ya en el grado de indigente, muy por debajo de nuestros niveles actuales de pobreza. O sea, alguien que sólo podrá sobrevivir por la caridad pública.
En mi país (Uruguay), los que están todavía por debajo de la línea de pobreza, aunque les sea muy difícil conseguir los alimentos del día, en su precaria vivienda estará encendido un televisor color, los padres se comunicarán por teléfonos celulares, y los niños llegarán de la Escuela cada cual con su PC (ordenador portátil) accediendo al Internet.
Nuestro Lázaro no tiene por qué ser necesariamente un limosnero pedigüeño. Pero sí es un “arrimado” que consiguió cobijo en el portal del hombre rico, aprovechando de la generosidad (¿!) de éste, que no le regatea las migajas que caen de su mesa.
Cuando nos encontremos con él en el cielo, seguramente nos contará la verdad en cuanto a si lo que le hacían los perros era un alivio o un tormento.
La mesa desde la que el rico banqueteaba, estaba suficientemente cerca como para que pudiera ir contando las migajas que caían, pero demasiado lejos para alcanzarlas. Así que debía esperar que el corazón todavía no endurecido de un niño de la casa, las juntara y se las diera. Los perros tenían mejores desperdicios para reñir entre ellos.
Cuando los comensales eran religiosos y se ponían a discutir, Lázaro estaba bien atento y refrescaba en su memoria las Escrituras que ellos citaban y que él había aprendido en la sinagoga desde muy joven. Con su mente fría, estaba mejor capacitado que los polemistas para juzgar de la razón de sus argumentos. Entonces, imaginaba que él también estaba sentado a la mesa, y hasta que los corregía y reprendía por hacer tan poco caso de las mismas palabras de Dios que con tanta precisión citaban.
A la hora de la siesta, mientras el rico dormía arrullado por los sonidos del arpa y el cantar de los salmos del trovador, Lázaro aprovechaba a arrodillarse y a adorar a Dios desde lo profundo de su corazón.
Entonces, le agradecía por haberle concedido tantas riquezas. Tomaba por tales los atributos de Dios, y la meditación en cada uno de ellos le arrancaba aleluyas. Luego, repasaba las promesas dadas a Israel y las que pronto se cumplirían con la venida del Mesías. Entonces irrumpía en amenes tras cada una de ellas. Seguidamente, recordaba los grandes hechos en Egipto, el cruce del Mar Rojo, la peregrinación por el desierto, el cruce del Jordán, la conquista de Canaán, las guerras de David, el Templo y el esplendor de Salomón, y haciendo tesoros propios de todo ello, agradecía a Dios que tanta riqueza que ahora disfrutaba se incrementaría aún más cuando dejara su viejo cuerpo enfermo.
Cierto mediodía del verano, casi ya deshidratado el pobre, al llegar el rico a la casa y pasar por su lado lo más lejos que pudo, se atrevió Lázaro por primera y única vez a dirigirle la palabra:
-¡Agua, un poco de agua, por favor!
El hombre disimuló no haber oído, siguiendo su camino mientras se aligeraba de ropas quitándose el manto de púrpura.
Lázaro, en cambio, sintió como que se aligeraba su cuerpo y comenzaba a ceder el dolor y el escozor de sus llagas. De pronto, como luces más resplandecientes que la de aquel radiante sol descendían hacia él desde los cielos, y sintió las manos que atravesaban su cuerpo y tiernamente lo tomaban, para hundirlo en la tierra sin siquiera cavarla, y penetrarla muy profundamente hasta hallarse en un lugar indescriptible que le hizo acordar al Paraíso, en el Edén. Entonces, vio a muchos santos y justos a los que iba reconociendo sin ser siquiera presentados. Pero tan vivos como él, ahí estaba Abraham, Isaac y Jacob.
Hoy todavía quedan muchos Lázaros esparcidos por aquí y por allá, echados a las puertas de las iglesias. No pueden pasar más allá del umbral. No son admitidos a la mesa del Señor (si es que todavía es del Señor), y lo que es al púlpito ¡pues mucho menos!
Son hermanos de bajo perfil cuyo trato a nadie prestigiará. Se les tolera en las cercanías, pero manteniendo la distancia.
Quieren satisfacerse con las migajas que caen del púlpito, no porque sean sabrosas y nutritivas, sino porque tienen hambre de la palabra de Dios. Los que están dentro, adormecidos en sus bancas, están hartos de tanto pan ácimo; pero tan satisfechos con el que llevan comido, que ahora viven de sus recuerdos.
Unos golpecitos suenan en la puerta. Los oídos de la mayoría oyen pesadamente y no se dan por enterados. Apenas los Lázaros escuchan, pues desde el umbral oyen mejor.
Al abrir la puerta, el Señor de la iglesia a la que esta recluyó afuera, se lleva a los Lázaros a un espléndido restaurante cercano. Bueno, no tan cercano, pues ascienden más alto que las nubes. Una tremenda fiesta comienza. Parece que es de bodas. Los Lázaros están vestidos para el caso. Nuestro amigo, el de la historia, cree divisar a un antiguo conocido suyo que trata de entrar pero no le permiten por no venir vestido convenientemente. Insiste con que su púrpura y lino fino son de la mejor calidad, y que con tales regios atavíos es imposible que no lo anuncien con bombos y platillos. Pero la voz del esposo finalmente se hace oír retumbando por todo el lugar:
- ¡Apártense, no los conozco!
(Seguiremos, si Dios quiere)
Ricardo.