El reino de los cielos
(1858.1) 170:0.1 EL SÁBADO 11 de marzo por la tarde, Jesús predicó su último sermón en Pella. Fue una de las alocuciones más memorables de su ministerio público, que abarcó un examen pleno y completo del reino de los cielos. Era consciente de la confusión que existía en la mente de sus apóstoles y discípulos sobre el sentido y el significado de las expresiones «reino de los cielos» y «reino de Dios», que él utilizaba indistintamente para designar su misión donadora. El término mismo de reino de los cielos debería haber sido suficiente para separar lo que significaba de toda conexión con los reinos terrenales y los gobiernos temporales, pero no era así. La idea de un rey temporal estaba arraigada demasiado profundamente en la mente de los judíos como para poder desalojarla en una sola generación. Por eso Jesús no se opuso abiertamente, al principio, a este concepto del reino que mantenían desde hacía mucho tiempo.
(1858.2) 170:0.2 Aquel sábado por la tarde, el Maestro intentó clarificar la enseñanza sobre el reino de los cielos; trató el tema desde todos los puntos de vista, y se esforzó por aclarar los numerosos sentidos diferentes en los que el término se había empleado. En esta narración, ampliaremos su discurso añadiendo numerosas declaraciones realizadas por Jesús en ocasiones anteriores, e incluiremos algunas observaciones hechas exclusivamente a los apóstoles durante las discusiones vespertinas de aquel mismo día. También efectuaremos algunos comentarios sobre la evolución ulterior de la idea del reino, tal como está relacionada con la iglesia cristiana posterior.
Los conceptos del reino de los cielos
(1858.3) 170:1.1 En relación con la descripción del sermón de Jesús, es preciso señalar que en todas las escrituras hebreas figuraba un doble concepto del reino de los cielos. Los profetas habían presentado el reino de Dios como:
(1858.4) 170:1.2 1. Una realidad presente; y como
(1858.5) 170:1.3 2. Una esperanza futura — cuando el reino llegara a realizarse en su plenitud en el momento de la aparición del Mesías. Este concepto del reino fue el que enseñó Juan el Bautista.
(1858.6) 170:1.4 Desde el principio, Jesús y los apóstoles enseñaron estos dos conceptos. Y habría que tener presentes en la memoria otras dos ideas del reino:
(1858.7) 170:1.5 3. El concepto judío posterior de un reino mundial y trascendental, de origen sobrenatural e inauguración milagrosa.
(1858.8) 170:1.6 4. Las enseñanzas persas que describían el establecimiento de un reino divino al fin del mundo, como consecución del triunfo del bien sobre el mal.
(1858.9) 170:1.7 Poco antes de la venida de Jesús a la Tierra, los judíos combinaban y confundían todas estas ideas del reino en su concepto apocalíptico de la llegada del Mesías para establecer la era del triunfo judío, la era eterna del gobierno supremo de Dios en la Tierra, el nuevo mundo, la era en que toda la humanidad adoraría a Yahvé. Al escoger utilizar este concepto del reino de los cielos, Jesús decidió apropiarse de la herencia más fundamental y culminante de las dos religiones, la judía y la persa.
(1859.1) 170:1.8 El reino de los cielos, tal como ha sido comprendido y malentendido durante todos los siglos de la era cristiana, abarcaba cuatro grupos distintos de ideas:
(1859.2) 170:1.9 1. El concepto de los judíos.
(1859.3) 170:1.10 2. El concepto de los persas.
(1859.4) 170:1.11 3. El concepto de la experiencia personal de Jesús — «el reino de los cielos dentro de vosotros.»
(1859.5) 170:1.12 4. Los conceptos amalgamados y confusos que los fundadores y divulgadores del cristianismo han intentado inculcar al mundo.
(1859.6) 170:1.13 En momentos diferentes y en circunstancias diversas, parece ser que Jesús había presentado numerosos conceptos del «reino» en sus enseñanzas públicas, pero a sus apóstoles siempre les enseñó que el reino abarcaba la experiencia personal del hombre en relación con sus semejantes en la Tierra y con el Padre en el cielo. Sus últimas palabras con respecto al reino siempre eran: «El reino está dentro de vosotros.»
(1859.7) 170:1.14 Tres factores han causado siglos de confusión en lo que se refiere al significado de la expresión «el reino de los cielos»:
(1859.8) 170:1.15 1. La confusión que ocasionó el observar que la idea del «reino» pasaba por diversas fases progresivas de modificación por parte de Jesús y sus apóstoles.
(1859.9) 170:1.16 2. La confusión que acompañó de manera inevitable al trasplante del cristianismo primitivo desde un terreno judío a un terreno gentil.
(1859.10) 170:1.17 3. La confusión inherente al hecho de que el cristianismo se convirtió en una religión organizada alrededor de la idea central de la persona de Jesús; el evangelio del reino se convirtió cada vez más en una religión acerca de Jesús.
El concepto de Jesús sobre el reino
(1859.11) 170:2.1 El Maestro indicó claramente que el reino de los cielos debe empezar por el doble concepto de la verdad de la paternidad de Dios y el hecho correlativo de la fraternidad de los hombres, y debe permanecer centrado en este doble concepto. Jesús declaró que la aceptación de esta enseñanza liberaría a los hombres de la esclavitud milenaria al miedo animal, y al mismo tiempo enriquecería la vida humana con los dones siguientes de la nueva vida de libertad espiritual:
(1859.12) 170:2.2 1. La posesión de una nueva valentía y de un poder espiritual acrecentado. El evangelio del reino iba a liberar al hombre y a inspirarlo para que se atreviera a esperar la vida eterna.
(1859.13) 170:2.3 2. El evangelio contenía un mensaje de nueva confianza y de verdadero consuelo para todos los hombres, incluso para los pobres.
(1859.14) 170:2.4 3. Era en sí mismo una nueva norma de valores morales, una nueva vara ética para medir la conducta humana. Mostraba el ideal del nuevo orden de la sociedad humana que resultaría de él.
(1859.15) 170:2.5 4. Enseñaba la preeminencia de lo espiritual comparado con lo material; glorificaba las realidades espirituales y exaltaba los ideales sobrehumanos.
(1860.1) 170:2.6 5. Este nuevo evangelio presentaba el logro espiritual como la verdadera meta de la vida. La vida humana recibía una nueva dotación de valor moral y de dignidad divina.
(1860.2) 170:2.7 6. Jesús enseñó que las realidades eternas eran el resultado (la recompensa) de los esfuerzos honrados en la Tierra. La estancia mortal del hombre en la Tierra adquirió nuevos significados como consecuencia del reconocimiento de un noble destino.
(1860.3) 170:2.8 7. El nuevo evangelio afirmaba que la salvación humana es la revelación de un propósito divino de gran alcance, que debe cumplirse y realizarse en el destino futuro del servicio sin fin de los hijos salvados de Dios.
(1860.4) 170:2.9 Estas enseñanzas abarcan la idea ampliada del reino que Jesús enseñó. Este gran concepto apenas estaba contenido en las enseñanzas elementales y confusas de Juan el Bautista sobre el reino.
(1860.5) 170:2.10 Los apóstoles eran incapaces de captar el significado real de las declaraciones del Maestro acerca del reino. La deformación posterior de las enseñanzas de Jesús, tal como están registradas en el Nuevo Testamento, se debe a que el concepto de los escritores evangélicos estaba influido por la creencia de que Jesús sólo se había ausentado del mundo por un corto período de tiempo; que pronto regresaría para establecer el reino con poder y gloria — exactamente la idea que habían mantenido mientras estaba con ellos en la carne. Pero Jesús no había asociado el establecimiento del reino con la idea de su regreso a este mundo. Que los siglos hayan pasado sin ningún signo de la aparición de la «Nueva Era», no está de ninguna manera en desacuerdo con la enseñanza de Jesús.
(1860.6) 170:2.11 El gran esfuerzo incluido en este sermón fue la tentativa por trasladar el concepto del reino de los cielos al ideal de la idea de hacer la voluntad de Dios. Hacía tiempo que el Maestro había enseñado a sus seguidores a orar: «Que venga tu reino; que se haga tu voluntad»; en esta época intentó seriamente inducirlos a que abandonaran la utilización de la expresión reino de Dios a favor de un equivalente más práctico: la voluntad de Dios. Pero no lo consiguió.
(1860.7) 170:2.12 Jesús deseaba sustituir la idea de reino, de rey y de súbditos por el concepto de la familia celestial, del Padre celestial y de los hijos liberados de Dios, dedicados al servicio alegre y voluntario de sus semejantes, y a la adoración sublime e inteligente de Dios Padre.
(1860.8) 170:2.13 Hasta este momento, los apóstoles habían adquirido un doble punto de vista sobre el reino; lo consideraban como:
(1860.9) 170:2.14 1. Un asunto de experiencia personal entonces presente en el corazón de los verdaderos creyentes, y
(1860.10) 170:2.15 2. Una cuestión de fenómeno racial o mundial; el reino se encontraba en el futuro, algo a esperar con mucha ilusión.
(1860.11) 170:2.16 Consideraban la llegada del reino en el corazón de los hombres como un desarrollo gradual, semejante a la levadura en la masa o al crecimiento de la semilla de mostaza. Creían que la llegada del reino, en el sentido racial o mundial, sería al mismo tiempo repentina y espectacular. Jesús nunca se cansó de decirles que el reino de los cielos era su experiencia personal consistente en obtener las cualidades superiores de la vida espiritual; que esas realidades de la experiencia espiritual son transferidas progresivamente a unos niveles nuevos y superiores de certidumbre divina y de grandeza eterna.
(1860.12) 170:2.17 Aquella tarde, el Maestro enseñó claramente un nuevo concepto de la doble naturaleza del reino, en el sentido de que describió las dos fases siguientes:
(1860.13) 170:2.18 «Primera, el reino de Dios en este mundo, el deseo supremo de hacer la voluntad de Dios, el amor desinteresado por los hombres, que produce los buenos frutos de una mejor conducta ética y moral.
(1861.1) 170:2.19 «Segunda, el reino de Dios en el cielo, la meta de los creyentes mortales, el estado en el que el amor a Dios se ha perfeccionado y en el que se hace la voluntad de Dios de manera más divina.»
(1861.2) 170:2.20 Jesús enseñó que, por medio de la fe, el creyente entra de inmediato en el reino. Enseñó en sus diversos discursos que dos cosas son esenciales para entrar por la fe en el reino:
(1861.3) 170:2.21 1. La fe, la sinceridad. Venir como un niño pequeño, recibir el don de la filiación como un regalo; aceptar hacer la voluntad del Padre sin hacer preguntas, con una seguridad plena y una confianza sincera en la sabiduría del Padre; entrar en el reino libre de prejuicios y de ideas preconcebidas; tener una actitud abierta y estar dispuesto a aprender como un niño no mimado.
(1861.4) 170:2.22 2. El hambre de la verdad. La sed de rectitud, un cambio de mentalidad, la adquisición de la motivación de ser como Dios y de encontrar a Dios.
(1861.5) 170:2.23 Jesús enseñó que el pecado no es el producto de una naturaleza defectuosa, sino más bien el fruto de una mente instruida, dominada por una voluntad insumisa. Con respecto al pecado, enseñó que Dios ha perdonado; que ese perdón lo ponemos a nuestra disposición personal mediante el acto de perdonar a nuestros semejantes. Cuando perdonáis a vuestro hermano en la carne, creáis así en vuestra propia alma la capacidad para recibir la realidad del perdón de Dios por vuestras propias fechorías.
(1861.6) 170:2.24 Cuando el apóstol Juan empezó a escribir la historia de la vida y las enseñanzas de Jesús, los primeros cristianos habían tenido tantos problemas con la idea del reino de Dios como generadora de persecuciones, que prácticamente habían abandonado la utilización de este término. Juan habla mucho sobre la «vida eterna». Jesús habló a menudo de esta idea como el «reino de la vida». También aludió con frecuencia al «reino de Dios dentro de vosotros». Una vez calificó esta experiencia de «comunión familiar con Dios Padre». Jesús intentó sustituir la palabra «reino» por otros muchos términos, pero siempre sin éxito. Utilizó entre otros: la familia de Dios, la voluntad del Padre, los amigos de Dios, la comunidad de los creyentes, la fraternidad de los hombres, el redil del Padre, los hijos de Dios, la comunidad de los fieles, el servicio del Padre, y los hijos liberados de Dios.
(1861.7) 170:2.25 Pero no pudo evitar la utilización de la idea de reino. Más de cincuenta años más tarde, después de la destrucción de Jerusalén por los ejércitos romanos, fue cuando este concepto del reino empezó a transformarse en el culto de la vida eterna, a medida que sus aspectos sociales e institucionales eran asumidos por la iglesia cristiana en rápida expansión y cristalización.