28 de marzo de 2012

12:01 a.m.



“Déjame decirte, ya que preguntas: yo soy Dios”

Entre mojito y mojito, con un “ateo” en La Habana



Por Leonor Mulero / Enviada Especial


LA HABANA - Si no hubiera sido por el papa y los mojitos, el hombre no hubiera confesado. Tras otra jornada intensa, coincidimos con unos habaneros en una cafetería cercana a la parte amurallada de la ciudad.

Yo suelo hacer todo lo posible por no conversar sobre religión porque por lo general alguien termina ofendido, pero estamos en Cuba, Benedicto XVI está aquí, ese fue nuestro tema laboral del día, y encima de eso, los mojitos.

En Puerto Rico hay gente que se considera atea, pero muchas veces termina aceptando que “yo creo en algo más, pero no en Dios ni en las iglesias”, o algo por el estilo. Pero en Cuba, mucha gente se declara atea a secas, como si el ateísmo fuera una religión.

Se sabe que por décadas el Estado cubano alejó al pueblo de las religiones oficiales y que hay generaciones que no saben o a las que no les interesan los rituales religiosos, como los bautismos ni los casamientos por la Iglesia. Pero las tensiones entre la Iglesia y el Estado se están aliviando y, con el auge del sincretismo, se me dificulta creer que haya tantos ateos verdaderos en este país.

Así que me atrevo a preguntar a un paisano con el que dialogamos lo siguiente: Dígame, ¿verdad que bien dentro de su corazón usted cree en Dios?

“No”, responde con voz, manos y cabeza. Y así mismo contestó todas las preguntas que le hicimos sobre la vida eterna, el infierno, la salvación del alma y asuntos relacionados.

La “revelación”

Casi agotada mi línea de preguntas, el paisano me sorprende con esto: “Déjame decirte, ya que preguntas: yo soy Dios. El Dios del que tú hablas no ha hecho nada por mí, ni siquiera cuando niño, que tuve que venir solo para La Habana y tenía que vivir en una casa de prostitutas. Era el sitio más barato, pero tenía que darles la mitad de lo poco que ganaba. Yo, con todo lo que he hecho por mí, soy Dios”.

No hacía falta preguntar porque el hombre seguía hablando: “Digo más: cuando me las vi bien mal tuve que hacerme novio de mujeres de más de 80 años. Llegué a tener tres. Me pagaban todo, tenía un cuarto para mí. Eso sí, me emborrachaba cuando era necesario”. (Aquí me abstengo de escribir ciertos detalles que este hombre de mediana edad comparte).

El paisano dice que enamoraba a ancianas que estaban bien económicamente porque no tenía con qué mantener a sus hijos. La relación con su última octogenaria terminó cuando ella falleció. “Ella fue buena conmigo y me decía que lamentaba mucho no ser más joven. Hasta me regaló un reloj, pero el hijo de ella me lo quitó cuando ella murió, como no estábamos casados”.

¿Por qué no se casó con ella?

“No podía casarme porque ya yo estaba casado. Y no podía divorciarme porque ¿de qué íbamos a vivir todos?”, exclama el hombre.

Tras esto, el diálogo menguó, quizás por el cansancio de nosotros o la pasión de este relato de ciudad.