
Originalmente enviado por
manchego
Como todos los años, después de pasar la Semana Santa en mi ciudad natal Albacete y antes de mi regreso a Madrid, suelo acercarme a felicitar la Pascua de Resurrección a un viejo amigo de la infancia llamado Modesto que un buen día decidió dedicar su vida a servir a Dios en el enclave de un monasterio situado en la sierra albaceteña.
Después de asistir en la capilla del monasterio a la celebración de los actos litúrgicos, decidimos acudir a presenciar la procesión dedicada a conmemorar el encuentro glorioso de Jesús triunfante con su Madre.
El tiempo amenazaba lluvia y las nubes ocultaban el sol radiante de otros años. Quizás por ello, y así se lo comenté a Modesto, mi ánimo influído tal vez por los elementos meteorológicos, no me permitía vivir con la suficiente intensidad el acto que estábamos presenciando.
El estruendo de la banda de cornetas y tambores de otros años, en éste, no me parecía que encontraran sus notas máximas, así como el vuelo de las blancas palomas que la Junta de cofradias soltaba para dar más esplendor al momento cumbre del Encuentro.
Y sin embargo en el interior de mi corazón sentía la expresión de un Cristo resucitado y gozoso en ese momento cumbre de saludar a María.
Pero por otra parte, comentaba con mi amigo, yo pienso que si este mismo Jesús volviera humanamente de nuevo a la tierra, posiblemente no entendería este mundo nuestro en el que impera la violencia, el crimen y la destrucción. Un mundo envuelto en atentados y guerras fraticidas donde mueren miles de víctimas inocentes en maneras realmente monstruosas.
Una vez terminada la procesión y de regreso hacia el monasterio Modesto intenta poner un poco de orden en mi atribulada conciencia.
Es posible, comentaba mi viejo amigo, que si Jesús volviera a la tierra enviado de nuevo por el Padre, volveríamos a llevarlo al Gólgota por seguir relacionándose con los pobres, marginados y oprimidos intentando educarles para hacer de ellos hombres libres y responsables y de este modo apartarles de las ataduras que los hombres arrastramos.
Sin embargo no hemos de olvidar, continuaba Modesto, que Jesús resucita para salvarnos del pecado y para que descubramos el gran Amor del Padre que nos ofrece la Vida Eterna. Aunque es muy posible que el Hijo de Dios se sintiera más cómodo en otros lugares del mundo, donde misioneros, miembros de distintas organizaciones internacionales y tantas otras almas que dedican su vida a ayudar a los “dereheredados” del mundo, continuaran predicando su Evangelio.
Antes de nuestra despedida, Modesto, me recuerda en palabras del Cardenal Newman, que Jesús resucitó y también nosotros hemos de resucitar, al amor, al perdón y a la tolerancia.
Finalmente convinimos que sería hermoso preguntarnos como habríamos de resucitar para que Jesús no se sintiera triste y no tuviese la duda de haberle ofrecido al Padre… un mundo nuevo.