La discriminación separa y dice no al trato con otros sectores de la sociedad, cualquiera sea la causa, mientras que el sentido de pertenencia dice sí a la integración y a la solidaridad. Por su misma naturaleza, origen y destino, una comunidad de creyentes cristianos, fiel a los principios del Reino de Dios, está impelida a situarse tanto en la perspectiva positiva como negativa del asunto. San Pablo declara: “Puesto que tenemos tales promesas (de ser el pueblo propio del Salvador y apartado para anunciar con la práctica las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable), limpiémonos de toda contaminación corporal y espiritual, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2-Co.7.1). Por eso mismo, en su enfoque negativo, plantea: “No se unan Ustedes con los incrédulos, pues así vendrían a formar una yunta desigual; no adquieran compromisos de asociación con ellos” (2-Co.6.14). Es más, el mismo apóstol manifiesta: “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.” (1-Co.5.9-13). El enfoque positivo es que “… siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.(Ef.4.15-16).
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